domingo, 14 de junio de 2015

El mayor experimento político de la tierra

Obama y Xi en una rueda de prensa en noviembre de 2014 en Pekín. / REUTERS

TRIBUNA INTERNACIONAL

Las perspectivas de guerra o paz en Asia y el Pacífico dependen del éxito interno de China

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TIMOTHY GARTON ASH 14 JUN 2015 - 00:00 CEST


Podrá conseguirlo Xi? Esta es hoy la pregunta política más importante del mundo. “Sí, puede”, me dicen algunos en Pekín. “No, no puede”, dicen otros. Los sabios saben que nadie lo sabe. En Washington existe un gran debate sobre si Estados Unidos debería cambiar su estrategia frente a China en vista de la mayor agresividad de Pekín desde que es presidente Xi Jinping, por ejemplo, con la presunta instalación de artillería en las islas artificiales que está construyendo sobre unos corales submarinos en el mar del Sur de China. Otro aspecto que preocupa a todo el mundo es si el país asiático podrá mantener su crecimiento económico cuando agote su reserva de mano de obra barata y evitar las trampas en las que han caído algunas economías de renta media. Sin embargo, el futuro de la política exterior y la economía de China, más aún que en otros países, depende de que su clase política tome las decisiones apropiadas.

A estas alturas ya está claro lo que pretende Xi. Está intentando conducir una economía y una sociedad complejas a través de unos tiempos difíciles imponiendo cambios desde arriba, bajo el control de un partido leninista, depurado, disciplinado y reforzado. Lo está haciendo en unas condiciones sin precedentes, tratando de combinar la mano invisible del mercado con la mano visible del partido-Estado. Una de sus inspiraciones es el Gran Timonel, Mao Zedong, pero otra es el reformista pragmático Deng Xiaoping.

Hasta ahora, la reanimación ha consistido sobre todo en asegurarse el control del Partido, el Estado, el Ejército y la sociedad civil, después de que el caso Bo Xilai revelara una crisis interna de poder en el Partido. No obstante, con su herencia comunista, es posible que el presidente crea sinceramente que los gobernantes autoritarios inteligentes y habilidosos son los mejores: la apuesta de Lenin, pero también, con otras variantes, de Platón y Confucio.

El experimento actual cambiará la vida de los miles de funcionarios depurados que han desaparecido en el tierno abrazo de los órganos competentes en el partido y el Estado. También resulta tremendamente incómodo para los chinos que creen en el debate libre y crítico, la iniciativa cívica independiente y las organizaciones no gubernamentales. En este sentido, he visto un notable contraste con mis visitas anteriores a Pekín. No solo por la dificultad cada vez mayor para entrar en Gmail, Gdocs y muchos otros sitios de Internet. Hablando en serio, percibo verdadero nerviosismo entre intelectuales que hace unos años hablaban sin reparos. Los límites de lo que se puede decir en público parecen cada vez más estrictos. Han detenido, acusado y encarcelado a activistas, abogados de derechos civiles y blogueros. Un nuevo proyecto de ley propone unas restricciones casiputinescas para las ONG. Otro amplía la definición de seguridad nacional para englobar la ideología y la cultura, con fórmulas como “llevar adelante la excepcional cultura de la nacionalidad china y defenderla contra la infiltración de la cultura nociva”.

Sí, es verdad, dicen los analistas convencidos de que “sí, Xi puede”. Y, si están fuera del sistema, suelen añadir que es de lo más lamentable. Pero fíjate, continúan, mira el programa de reformas que se está impulsando con el mismo empeño. No es fácil de resumir con el lenguaje político y económico habitual, porque la mezcla china es única. Para ellos, las complejas medidas para resolver un peligroso exceso de deuda pública, la introducción de los derechos de propiedad de tierras agrícolas y la modificación del sistema de inscripción de familias (hukou) pueden tener tanta importancia como las cosas que ocupan los titulares occidentales.

Xi dirige el país imponiendo cambios desde arriba, bajo el control de un partido depurado y reforzado

Si todo este proceso triunfa, el capitalismo democrático liberal de Occidente tendría un formidable competidor ideológico, de atractivo mundial, sobre todo en los países en vías de desarrollo. Lo bueno es que la competencia siempre obliga a ponerse las pilas. Es muy probable que la soberbia de Occidente en los primeros años de este siglo, tanto en política exterior, con la intervención para cambiar el régimen en Irak, como a la hora de consentir los excesos desmesurados del capitalismo financiero, se debiera en gran parte a la sensación de no tener rivales ideológicos serios.

Este no es el resultado que yo, liberal y demócrata, elegiría para mis amigos chinos. Pero lo que sí deseo es una China en la que haya una evolución, y no una revolución. Por muchos motivos; entre otros, que es lo que prefieren la mayoría de los chinos, pero sobre todo porque de ello dependen la guerra y la paz. A un régimen comunista en crisis le resultaría seguramente imposible resistir la tentación de utilizar la baza nacionalista y agresiva en su región, aprovechando decenios de adoctrinamiento, una interpretación selectiva del pasado reciente y un relato de 150 años de humillación nacional. Sería peligroso cualquier conflicto, no solo un enfrentamiento directo entre China y Estados Unidos. Por muy claras que dejara EE UU las líneas rojas, habría muchas posibilidades de cometer errores de cálculo.

Mi conclusión es que, si bien esta no es la vía de la evolución que muchos identificamos y agradecimos en China en la época de los Juegos Olímpicos de Pekín, todavía debemos confiar en que Xi logre “cruzar el río piedra a piedra”. Mi mayor preocupación nace no de una fe personal en la democracia liberal como plasmación de la libertad individual, aunque no sería sincero si dijera que eso no importa, sino de los análisis políticos que engendraron la democracia liberal.

A corto y medio plazo, sospecho que el autoritarismo inteligente de Xi mantendrá a su partido en el poder y hará que todo siga funcionando. El medio plazo pueden ser los dos periodos de cinco años que el presidente Xi puede estar como máximo en el cargo. Sigue teniendo muchos instrumentos de poder a su alcance, incluidos cierta popularidad personal y el orgullo nacional. Por eso me atrevo a decir (en voz baja) que, en este sentido estricto, sí es verdad que “Xi puede”. Ahora bien, más en general y a largo plazo…, la década de 2020 será tumultuosa.

Timothy Garton Ash es catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford. Su último libro es Los hechos son subversivos: Escritos políticos de una década sin nombre. @fromTGA

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

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