jueves, 27 de agosto de 2015

Colombia edifica su gran museo de la memoria

Exposición de propuestas del diseño del Museo de la Memoria. / CÉSAR ROMERO

Bogotá será la sede de un espacio de 10.000 metros cuadrados que busca dignificar a las víctimas del largo conflicto colombiano

ELIZABETH REYES L. Bogotá 27 AGO 2015 - 04:45 CEST


Que un país diseñe y construya un museo de la memoria sin que el conflicto armado que sufre haya llegado a su fin, como lo hace Colombia sobre la guerra con las FARC, es algo poco común en el mundo. Quienes están al frente de ese reto reconocen la difícil tarea. No bastan las lecciones de Chile, Perú y Argentina, las de Centroamérica y Alemania. “En medio del conflicto hay miedo, voces silenciadas, una altísima polarización, disputas sobre cómo se cuenta el pasado y un afán de los actores armados de eximirse de responsabilidad”, asegura Marta Nubia Bello, quien lidera el proyecto de este museo en Bogotá sobre una guerra que aún no ha cesado y sobre la que desde hace casi tres años se desarrolla un proceso de negociaciones en La Habana para alcanzar la paz.

Esta trabajadora social encabezó el informe más reciente sobre el conflicto armado, el Basta ya que cifró en 220.000 los muertos de una guerra que ya completa 50 años, y desde 2012 está a cargo de la construcción del Museo Nacional de la Memoria, que no solo busca dignificar a siete millones de víctimas sino que intentará explicar por qué ha pasado lo que ha pasado.

Los historiadores no han logrado ponerse de acuerdo en la fecha de origen de la guerra

La guerra en Colombia es compleja de explicar. Los historiadores no han logrado ponerse de acuerdo en la fecha de su origen. Se suma, dice Bello, que no hay consensos en si el conflicto es eminentemente económico, si es agrario, si es de exclusión política, ni sobre la incidencia del narcotráfico. Sin embargo, hay cosas irrefutables. “Nadie podrá negar que no hay una relación entre la guerra y el conflicto agrario. Ni que el narcotráfico ha sido el combustible del conflicto, aunque no lo podemos narcotizar. Ni que en este país hay un déficit democrático y exclusiones”, agrega. Por eso, el museo buscará que el visitante salga con más preguntas que respuestas, pero sobre todo, que se indigne y se lleve la idea de que hay que parar la guerra.

Las palabras de Bello dejan ver lo arduo que ha sido pensar cómo será este museo que se empezará a construir en Bogotá a mediados del próximo año. La semana pasada se eligió, entre 72 propuestas que participaron en un concurso internacional, el diseño de una firma de arquitectos colombiano-española. Se espera que el museo abra sus puertas en 2018 y que mientras se seguirá trabajando en el guión.

Es ahí donde está el otro gran reto, porque ese guión no será el definitivo, mucho menos si se crea una Comisión de la Verdad tras la esperada firma de la paz con las FARC. El informe que produzca esa Comisión arrojaría luces más claras sobre las causas del conflicto y sus responsables, que tal vez obliguen a replantearlo. Lo que sí está claro es que el museo se centrará en cinco temas: lo que pasó, por qué pasó, los costos, la resistencia de las víctimas y sus iniciativas de paz y las violencias del presente que nada tienen que ver con los actores armados. No será un museo solo de exhibiciones, sino más bien una casa de la cultura con un archivo sobre conflicto armado y derechos humanos y un espacio para el duelo donde se pueda rendir tributo o dejar mensajes.

La controversia


La construcción del Museo Nacional de la Memoria es un mandato de la Ley de Víctimas que está vigente desde 2011 y se hará para reparar a los afectados por el conflicto. Su diseño está en manos del Centro Nacional de Memoria Histórica, un organismo estatal que ha venido reconociendo las propias iniciativas de memoria de aquellos que viven en las regiones más apartadas del país. Por eso, gran parte de ese diseño se ha hecho de la mano de las víctimas, algo que tampoco ha sido fácil porque muchas nunca han visitado un museo, otras no lo sienten como una prioridad y otras más no comparten la idea de que esté en Bogotá.

Aun así, Bello defiende la idea de que esas voces se escuchen en la capital y que el museo nacional visibilice a los de las regiones, como si se tratara de una red. “La experiencia mundial nos muestra que los museos generan controversia profundas y tenemos que prepararnos para eso”, concluye.

La voz de los victimarios

Otro de los dilemas al que se ha enfrentado el equipo del museo es si dará voz a los responsables de la guerra. La conclusión es que sí. Sus testimonios importan en la medida en que en muchos casos han ayudado a entender la lógica del conflicto armado. Pero más allá de eso, dice la directora, esas voces estarán presentes no para hacer eco a un discurso que justifique la violencia, sino para cuestionarlas y si se quiere, sancionarlas moralmente.

La selección se hará siguiendo un estricto criterio curatorial que se basa en la pluralidad aunque con restricciones. "Todas las voces, mientras no falseen hechos históricos, como negar que ocurrió una masacre. Todas las voces, mientras no contribuyan a la estigmatización, a la discriminación y a revictimizar a los afectados", explica Bello. También deja claro que el museo no tendrá "un muro de culpables", entre otras cosas, porque no puede convertirse en un espacio que atice la polarización que vive el país.

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