domingo, 23 de agosto de 2015

Todos ganan

El periodista Daniel Matamala reedita una versión actualizada del libro Goles y autogoles, la impropia relación entre el poder político y el fútbol, donde describe el vínculo de "aprovechamiento" mutuo entre políticos y dirigentes del fútbol. Este es un extracto del capítulo en el que repasa la relación de la presidenta Michelle Bachelet con la selección chilena, incluida la reciente Copa América.

La Copa América 2015 encontró a Michelle Bachelet en su peor crisis. Con su popularidad derrumbada por los escándalos Caval y SQM, el gobierno se aferró al salvavidas del fútbol con la decisión del desesperado.


Por Daniel Matamala (quepasa.cl)


Es el sueño político-futbolístico de muchos:Bachelet en La Moneda, Mayne-Nicholls en el nuevo Ministerio del Deporte (un cargo que ha estrenado meses antes su archirrival, Gabriel Ruiz-Tagle). ¿Y por qué no, de la mano de ambos, el regreso de Marcelo Bielsa a Juan Pinto Durán?

Es que el sello “MB” es imparable. En 2010, el ranking de valoración de marcas de la agencia The Lab Y&R mide las cuatro marcas más poderosas de Chile. Lidera Coca-Cola, segunda queda Michelle Bachelet, tercera Bomberos y cuarta Marcelo Bielsa.

La imaginación se desboca. En los días previos a las elecciones, corre el rumor de que Bielsa ha grabado un video de apoyo a Bachelet para su franja electoral. Pero la aparición del DT en la campaña nunca se concreta. Y tampoco llega el anuncio de Mayne-Nicholls como parte del gabinete. Es Natalia Riffo, lejana al mundo del fútbol, quien asume como ministra del Deporte.

Fue “una completa especulación, sin ninguna base”, dice Mayne-Nicholls. “Debido al cargo que ejercí en el fútbol tuve una muy buena relación con la Presidenta, pero nunca fui un personaje de su entorno ni de su confianza como para que se tuviera la percepción de que yo era número puesto en su futuro gabinete”.

Bachelet sería pragmática. Si Mayne-Nicholls pagó las consecuencias por no respetar su propia máxima (“la ANFP siempre debe ser oficialista”) durante el gobierno de Piñera, Bachelet sí recordaba muy bien el espejo de esa frase: que también a La Moneda le convenía siempre estar alineada con los dueños de la selección de fútbol. Aunque estos fueran los controladores de las SADP y Sergio Jadue, el hombre que había desplazado a Mayne-Nicholls.

Y como Harold mantenía un enfrentamiento abierto con Jadue, Bachelet no repetiría el grave error de Piñera al designar a Ruiz-Tagle. Esta vez no habría provocaciones contra la ANFP. Es más: Bachelet y Jadue construyen una excelente relación de mutua conveniencia. Cuando llega el Mundial de Brasil, ambos comparten vuelo desde São Paulo, donde Bachelet asiste invitada por la Presidenta brasileña, Dilma Rousseff, a la inauguración del Mundial, a Cuiabá.

Allí, la Presidenta es la invitada de honor de Jadue al debut de Chile frente a Australia. Se sientan juntos en la tribuna oficial, y tras el triunfo 3-1 de la Roja, las puertas del camarín chileno se abren para la Presidenta.

¿Por qué tantas gentilezas? Desde el entorno de Jadue se copia la explicación de Mayne-Nicholls: “El fútbol siempre va a ser oficialista”, explican. “No es un tema de preferencias políticas. Es natural, porque el fútbol depende del Estado, y hay una historia de larga data de relación entre la ANFP y La Moneda”. Claro: la cordialidad conviene a ambas partes, considerando los nuevos planes de construcción de estadios y los dos eventos en que está previsto que Jadue y Bachelet sean anfitriones en 2015: la Copa América y el Mundial Sub -17. Todo, con fondos fiscales.

¿Qué obtiene el gobierno a cambio de tanta generosidad?

Bachelet lo demuestra ese triunfal 13 de junio en Cuiabá. Las fotos en camarines se vuelven virales mientras #Presidentacabala se convierte en trending topic mundial en Twitter. Bachelet aparece junto a Arturo Vidal, Jorge Valdivia, Gary Medel y Claudio Bravo. Juntos y revueltos con Sergio Jadue, la ministra Natalia Riffo, el canciller Heraldo Muñoz y el embajador de Chile en Brasil, Jaime Gazmuri. Todos sonrientes, todos abrazados, todos con camisetas rojas. Como un equipo.

Y hay más: la Presidenta aparece en la caseta de televisión donde Aldo Schiappacasse y Claudio Palma lideran la transmisión en vivo del partido para Canal 13, con 28,5 puntos de rating.

“Estuvimos festejando, saltando con los goles, sufriendo en los momentos en que pudieron habernos metido goles”, cuenta Bachelet, vestida con una curiosa camiseta. Es la prenda de entrenamiento de la ANFP, que está marcada con la publicidad de los auspiciadores de la Selección.

Así, los siete patrocinadores de la Roja obtienen una regalía adicional, que no estaba en sus contratos por cerca de 4 millones de dólares. Que la Presidenta apareciera para todo Chile “auspiciada” por Banco de Chile, Entel, Samsung, Coca-Cola, Cerveza Cristal, Sodimac y Puma.

Como rezaba el lema de la ANFP, “Todos Ganan”. La Presidenta sube a sus máximos niveles de popularidad en su segundo mandato. En junio de 2014, el mes del Mundial, el apoyo a Bachelet aumenta al 58% , según la encuesta Adimark, una cifra que en ningún otro mes, ni antes ni después, ha logrado la Presidenta, desde el inicio de su mandato en marzo de 2014, hasta el cierre de este libro, en julio de 2015.

TODO ES CANCHA


“Chile no tolera irresponsabilidades”. El tono de la Presidenta es rotundo, enfático. Es septiembre de 2014 y, justo antes de las Fiestas Patrias, promulga la “Ley Emilia”, un proyecto que establece duras penas para quienes provoquen accidentes graves conduciendo en estado de ebriedad. 
Es una ley fundamental para Bachelet, que ha forzado al Congreso a tramitarla, casi sin discusión, y despacharla en menos de tres meses. El gobierno destaca la nueva norma como parte de una “campaña nacional contra el alcohol en la conducción”, gracias a la cual “Chile seguirá avanzando en el cambio cultural, fomentando el manejo responsable”.

Nueve meses después, la misma Presidenta posa sonriente junto a un joven. Él acaba de ser formalizado por el delito de conducción en estado de ebriedad. Manejando a gran velocidad su automóvil marca Ferrari en la carretera tras una noche en el casino, ha causado un accidente y la alcoholemia ha dado un resultado de 1,2 gramos de alcohol por litro de sangre, cuatro veces el nivel prohibido por la ley. Pero la Presidenta que “no tolera irresponsabilidades” sonríe para la foto junto al infractor. La acompaña el presidente del Senado, Patricio Walker. El mismo senador que meses antes advertía que “la mano ahora viene dura. Si alguien va a conducir, no beba; si alguien bebió, no conduzca”, ahora sube orgulloso a Twitter su foto junto al ciudadano que hizo precisamente eso.

Rodeado por las dos máximas autoridades del Estado de Chile, sonríe también Arturo Vidal. Los tragos en el casino, el Ferrari chocado, sus insultos y su golpe en el pecho contra el carabinero que lo detuvo, nada de eso importa ahora. Chile acaba de golear a Bolivia por 5 a 0, y sigue en carrera por el sueño de ser campeones. Mientras la Justicia tramita su caso, los líderes de los poderes Ejecutivo y Legislativo bajan presurosos a camarines para obtener una foto junto a él.

La Copa América 2015 encontró a Michelle Bachelet en su peor crisis. Con su popularidad derrumbada por los escándalos Caval y SQM, el gobierno se aferró al salvavidas del fútbol con la decisión del desesperado.

No hubo sutilezas: pese a las acusaciones contra el presidente de la ANFP, Sergio Jadue, por los sobornos en la Conmebol, Bachelet se apersonó en la tribuna oficial del Estadio Nacional en todos los partidos de Chile, con apenas una prevención: una “barrera sanitaria” entre ella y Jadue, para evitar que las imágenes de televisión los mostraran juntos. Fue la ministra del Deporte, Natalia Riffo, o el presidente del Senado, Patricio Walker, quien cumplió esa función.

Claro que nadie contaba con la agilidad de Jadue, capaz de bajar un escalón de un salto y volver a subirlo de inmediato para superar la valla humana y ser el primero en abrazar a Bachelet en cada gol.

Importaba cada vez menos: el respeto por las apariencias se fue perdiendo con cada gol de Chile, a medida que la Roja avanzaba, que el país se enfervorizaba y que los sucesivos escándalos se iban dejando en el olvido: las coimas en la Conmebol, el choque de Vidal y el dedo de Jara eran anécdotas irrelevantes ante la posibilidad de un campeonato inédito.

Por eso Bachelet no duda. Además de ir a la tribuna, tras cada partido, baja al camarín y emerge de él con las selfies junto a los futbolistas, más o menos vestidos. El protocolo es lo de menos; lo importante es que la Presidenta y los ídolos nacionales aparezcan juntos en la misma imagen.

En este campo, Bachelet se mueve como nadie. La campaña por redes sociales que promueve una pifia en su contra durante la apertura de la Copa es un fracaso. No hay discurso inaugural ni mención por altoparlantes de su presencia en el estadio. Bachelet sí da entrevistas a los canales que transmiten la Copa, y TVN muestra largamente su imagen en pantalla al momento de celebrar los goles.

Y cuando los hinchas protestan ante ella, hay respuestas espontáneas. A quienes alegan por la delincuencia, les cuenta que también su familia fue víctima. “El viernes le robaron el celular a mi hija, imagínese”, contesta. Y a quienes le gritan ¡Renuncie, renuncie!, los corta con un tacle deslizante: “¡Cállense, lesos!”.

El anhelado respiro llega. Tras el épico triunfo sobre Uruguay en cuartos de final, la encuesta Plaza Pública-Cadem muestra un alza de cinco puntos en la aprobación a la Mandataria, que sube del 23 al 28%.

Y la apoteosis ocurre el 4 de julio. Chile derrota a Argentina por penales, y logra la primera Copa América de su historia. Más de un millón de personas se lanzan a las calles a festejar, y más de 100 mil se congregan en los alrededores de La Moneda.

Sí, porque tras el triunfo, en un bus descapotado, los 23 héroes se trasladan al palacio de gobierno para ofrecerle la Copa a la Presidenta.

No hay ceremonial. La “tía” es una más del grupo y los futbolistas la invitan a participar, bailando y cantando en la fiesta. “¡Chile campeón, Chile campeón”, es el cántico que los une entre chayas y cotillón.

Al menos por una noche, las risas han vuelto a La Moneda.

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