lunes, 24 de agosto de 2015

Un cartel de propaganda, en una calle de Pyongyang, la capital norcoreana. /DITA ALANGKARA (AP)

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El régimen ha endurecido los castigos, lo que reduce el número de evadidos, afirma un intermediario que los introduce en en el Sur


Corea del Sur endurece el tono en las conversaciones con el norte

MACARENA VIDAL LIY Seúl 24 AGO 2015 - 13:06 CEST


Un joven recluta, identificado solo como Kim, es uno de los últimos desertores que ha pasado de Corea del Norte a su vecino del sur. Y tras recorrer más de 200 kilómetros a pie desde su cuartel, lo ha hecho por la vía más espectacular y directa, también la menos frecuentada: la frontera común, salpicada de minas. Toda una proeza, dadas las dificultades cada vez mayores para que los desertores norcoreanos puedan salir de su país y llegar a su meca soñada, Corea del Sur. Según el Ministerio de Unificación en Seúl, solo 1.396 norcoreanos pidieron asilo en 2014, la cifra más baja en nueve años. Entre 2007 y 2011 ese número había llegado a situarse entre los 2.400 y los 2.900.

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Park Min-Soo, que llegó en 2009 a Seúl, asegura que esa disminución se debe al endurecimiento de las medidas de seguridad que ha impuesto el régimen. Park, que habla bajo seudónimo, sabe de lo que habla: es un broker, un intermediario que vive de facilitar que los disidentes de su país lleguen a la otra Corea.

La gran mayoría huye a través de la frontera con China, cruzando los ríos Tunmen o Yalu. Siempre en grupos de menos de seis personas, para llamar la atención lo menos posible. Es un trayecto peligroso: en verano hay que atravesar las aguas a nado. En invierno, cuando hiela, se puede cruzar a pie, pero es más fácil que los guardias norcoreanos puedan perseguirlos. Por eso, explica Park, el método más simple es sobornar a los soldados que guardan la frontera para que hagan la vista gorda. Preferentemente, mandos de mayor graduación: “Es más sencillo. Son más veteranos y están más preocupados por preparar su jubilación”. Pero desde la llegada al poder de Kim Jong-un esa posibilidad se ha hecho mucho más difícil.

Sobornos a 2.200 euros

“Cuando yo me marché (en 2009), el soborno podía costar entre 30.000 y 100.000 won coreanos (entre 24 y 80 euros). Ahora se paga como poco 2.500 dólares (2.219 euros), una cifra mucho más alta”, afirma el intermediario, de 37 años y que llegó a Seúl hace cinco, dejando atrás a sus padres. Por un lado, se han aumentado las rotaciones de los guardias, para evitar posibles confraternizaciones con los residentes locales. El régimen norcoreano se ha vuelto mucho más estricto a la hora de castigar a quienes ayuden en la huida, describe Park. No solo a los guardias, sino también a quienes actúen como intermediarios en el norte para organizar las fugas. Park asegura saber que varios de sus contactos en el norte han acabado en prisión.

Las penas de cárcel se han endurecido. Previamente, los desertores capturados, o quienes ayudaran al contacto con Corea del Sur, podían acabar cumpliendo largas condenas en un campo de reeducación, una prisión relativamente menos severa y que suele acoger a presos comunes. Ahora, denuncia Park, “inevitablemente” su destino es el campo de prisioneros políticos, “de donde es imposible escaparse. Y las cadenas son siempre perpetuas”.

Human Rights Watch ha descrito este último tipo de centro penitenciario como “caracterizado por abusos sistemáticos y a menudo unas condiciones letales, incluidas raciones escasas que llevan prácticamente a la inanición, apenas sin cuidados médicos, alojamiento o ropa adecuada y con maltratos habituales que incluyen abusos sexuales, torturas de los guardias o ejecuciones”.

Las amenazas hacen que cada vez sea más difícil encontrar colaboradores para las redes de fuga y organizar traslados, asegura Park. Aunque el intermediario reconoce que en la caída en las cifras de huidos también juega un papel el que la situación económica ya no es la de los tiempos de la hambruna de los años noventa. Los agricultores están autorizados a quedarse con el 60% de la producción acordada con el Gobierno y con el exceso, si lo hay. Sobre todo en las áreas fronterizas florece una muy incipiente economía privada, basada en el trueque y semitolerada por el régimen.

Pero, según él, el principal motivo es el endurecimiento de la persecución. Las órdenes de impedir el tránsito de los desertores, asegura, provienen directamente de Kim Jong-un y de su entorno. “Para él, los desertores somos escoria humana, traidores. Gente que ha difamado al régimen y lo ha puesto en entredicho ante la comunidad internacional”.

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