sábado, 22 de octubre de 2016

Monarquías de Asia

Hassanal Bolkiah tiene un patrimonio personal de 20.000 millones de dólares, según la revista Forbes

Del índice de la felicidad a los petrodólares

Bután, Brunei o Japón, entre las casas reales del continente


La reciente muerte a los 88 años de Bhumibol Adulyadej, rey superviviente a 19 constituciones y a una decena de golpes de Estado en Tailandia, vuelve a recordar el peso capital de ciertos tronos en el continente asiático.

Al margen de las monarquías de Jordania y los países del golfo Pérsico (Bahréin, Kuwait, Omán, Qatar, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos), he aquí el estado actual de las casas reales de Asia.

Bután: el índice de la felicidad

En el trono de Bután desde la reunificación en 1907, la dinastía de los Wangchuck gobierna esta nación de la cordillera del Himalaya bajo el honor (autoimpuesto) de ser el país más feliz del mundo.

En 1972, el cuarto rey de Bután, Jigme Singye Wangchuck, introdujo el índice de felicidad nacional bruta (GNH, por sus siglas en inglés), donde el desarrollo de un país debe conceder igual importancia a los aspectos no económicos de bienestar.

Con ello, el índice se sustenta en cuatro pilares: la buena gobernanza, el desarrollo socio-económico sostenible, la preservación cultural y la conservación del medio ambiente.

Ya en 2006, Jigme Singye abdicaría para ceder el trono a su hijo Khesar, quinto Druk Gyalpo (rey dragón). Dos años después, Bután aprobaría su primera Constitución plenamente democrática.

Brunei: el poder de los petródolares

Con una de las rentas per capita mayores del mundo (79.508 dólares, según el FMI), Brunei camina bajo el halo de seguridad que conceden las reservas de gas y el petróleo.

A pesar de que el sultanato se remonta al siglo XIV, desde la independencia de Gran Bretaña en 1984 Brunei solo ha contado con un monarca: Hassanal Bolkiah.

Y no le parece ir mal. Según la publicación Forbes, su reinado es uno de los más fructíferos en el terreno económico, con una fortuna personal cuantificada en los 20.000 millones de dólares. Sin embargo, la salud de sus arcas no ha impedido sangrantes polémicas entre miembros de la familia real.

Éste es el caso de las disputas abiertas entre Hassanal y su hermano, el príncipe Jefri Bolkiah. Entre 1986 y 1997 Jefri fue ministro de Financias, un cargo que posibilitó su control sobre las reservas de petróleo y gas del país. Más aún, ante su cargo paralelo como presidente de la Agencia de Investimento de Brunei.

Los números, eso sí, comenzaron a no cuadrar, con millones de dólares fluyendo desde cuentas de la agencia. Desde entonces, el Gobierno reclama al príncipe la cantidad dilapidada.

Camboya: El legado de Sihanouk

En Camboya, el actual reinado corresponde a Norodom Sihamoni, antiguo embajador en la UNESCO y quien asumió el trono en 2004. Su padre, Norodom Sihanouk, fue una de las figuras más determinantes de Asia en el pasado siglo. «Sihanouk es Camboya», llegó a decir su biógrafo oficial, Julio Jeldres.

Malasia: La monarquía rotatoria

El caso de Malasia es singular. En este país la monarquía no es hereditaria, sino rotatoria. El Yang di-Pertuan Agong es elegido cada cinco años entre nueve gobernantes de otros tantos estados.

Su orden se establece por antigüedad de cada uno de los monarcas o sultanes en estos reinos. Por ejemplo, el actual jefe de Estado, Abdul Halim, pertenece a Kedah. Con ello, el próximo gobernante será Muhammad V, de la región de Kelantan, quien recogerá el cetro el próximo diciembre (Halim ya desempeñó el cargo de Yang di-Pertuan Agong en otra ocasión, entre 1970 y 1975),

Aunque el papel del monarca es en gran medida ceremonial (el poder administrativo se encuentra depositado en el primer ministro y el Parlamento), la institución es reverenciada. Además de ser la máxima autoridad (aunque de forma simbólica) del Islam en el país.

Japón: pasos de futuro

El pasado agosto, en un mensaje a la nación, el emperador de Japón, Akihito, reconocía que «cuando considero que mi estado físico está deteriorándose gradualmente, me preocupa que me resulte difícil seguir adelante con mis obligaciones como símbolo del Estado». El discurso rehuyó, no obstante, palabras como «abdicar» o «retiro», para evitar un choque frontal entre sus funciones y la propia Constitución.

La declaración, eso sí, busca sembrar el camino ante una posible regencia futura de su hijo, el príncipe heredero Naruhito, que tiene ya 56 años.

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