lunes, 14 de noviembre de 2016

Trump

Ricardo Lagos

La derrota del establishment político y las tareas de la izquierda

La rabia contra el establishment y con los ganadores acentuará la crisis que, en caso de no existir una alternativa, será miel sobre hojuelas para la derecha más recalcitrante. La izquierda tiene responsabilidad en empujar una democracia radical que rompa con este proceso de indiferenciación y que permita que la ciudadanía pueda identificarse y participar en la construcción de un proyecto político nuevo.

por MIGUEL CRISPI


El miedo se hizo carne. Politólogos, sociólogos y cientistas sociales venían advirtiendo sobre las consecuencias que podría acarrear ignorar la profunda crisis de la democracia liberal y el modelo económico que se estaba incubando. Esta crisis se encarnó en la victoria de Donal Trump. ¿Qué se puede aprender del absurdo de que Trump sea hoy el Presidente electo de EE.UU.?

La lectura más reiterada de los analistas es que la victoria de Trump es, al mismo tiempo, la derrota del establishment; para el caso de EE.UU., la derrota de Washington.

Desde el momento en que Trump entró en carrera por la nominación, su primer escollo no fue derrotar a sus contrincantes, sino diferenciarse del sentido común propio de cualquiera de los otros candidatos, tanto republicanos como demócratas (quizás Sanders se salía del libreto y también fue visto como una amenaza al sistema). No importó que el candidato fuera mitómano, misógino, racista y un depredador sexual. Lo que importó es que fue capaz de situarse fuera de esa política indiferenciada y conectar con aquellos ciudadanos indignados que no se sienten parte de los éxitos del progreso y la globalización, que no sienten que su futuro vaya a ser mucho mejor que el que tienen hoy, y que culpan a quienes han gobernado (el establishment) por todas las promesas incumplidas.

La desafección al modelo, a la promesa de bienestar de la sociedad de libre mercado es también, a mi juicio, el reproche a una política sin identidad, y que no escucha, no conecta, ni hace parte a la ciudadanía de su proyecto (suponiendo que lo tiene).

El sentido común al que Trump tomó por asalto, ese del cual Hillary Clinton era la mejor exponente, es el de la indiferenciación. Una política en donde las fronteras entre las ofertas de los jugadores son tan tenues, que terminan desapareciendo. Claramente, el votante más informado, el analista o quien se dedica a la política, podrá hacer los contrastes que hacen que el PSOE no sea igual al Partido Popular o a Ciudadanos, o que un Demócrata no sea igual a un Republicano o que la Nueva Mayoría no sea lo mismo que Chile Vamos. Sin embargo, la ciudadanía, esa que en nuestro país ya no vota, no ve esas distinciones.

Frente a este hecho se pueden tomar dos caminos, o hacemos el juicio de que la gente es ignorante, tonta o malagradecida respecto a todo el progreso que ha traído la modernidad (Peña, Lagos y Larraín son de esta última hipótesis) o comenzamos a creer que hay algo más profundo, enquistado en el funcionamiento de nuestro sistema político y económico, que ha hecho que la ciudadanía simplemente deje de creer.

La cuestión de la indiferenciación y la homogeneización de la política no es nueva, sin embargo, solo hoy, después de este remezón mundial, quizás se comience a observar como un problema de todos y no solo como el de aquellos que quedaron fuera del mapa. Es como si hubiésemos estado caminando en una cornisa en medio de la bruma y de pronto hubiera salido el sol, haciéndonos ver con total evidencia, que algo no está bien.

La izquierda clásica, anticapitalista y revolucionaria queda en el pasado y el presente es administrado en la indiferenciación. Esta indiferenciación ha terminado por ser el sentido común, que oculta un proceso de marginación de diversas identidades y sujetos, los que hoy están reaccionando con tremenda facilidad a las ofertas que puede poner sobre la mesa un Donald Trump, una Marine Le Pen o un Viktor Orban.

Chantal Mouffe (La paradoja democrática) ya advertía sobre los riesgos políticos que implica el proceso iniciado con la Tercera Vía de Blair. Lo que produce el efecto homogeneizante es que quienes “perdieron” aceptan jugar en una cancha que no es la suya y, peor aún, olvidan la pregunta sobre su propio proyecto político. La izquierda clásica, anticapitalista y revolucionaria queda en el pasado y el presente es administrado en la indiferenciación. Esta indiferenciación ha terminado por ser el sentido común, que oculta un proceso de marginación de diversas identidades y sujetos, los que hoy están reaccionando con tremenda facilidad a las ofertas que puede poner sobre la mesa un Donald Trump, una Marine Le Pen o un Viktor Orban.

El escenario es complejo y la intelectualidad de izquierda y progresista se rebana los sesos preguntándose por la alternativa al neoliberalismo. La historia que se cuenta, en resumidas cuentas, es la siguiente:

Se acaba la Guerra Fría, se cae el muro, pierde el comunismo como principal fuente interpretativa del proyecto de la izquierda socialista y gana el capitalismo. Se construye un gran consenso donde lo que correspondía era humanizar al mercado y asumir que, en verdad, las diferencias entre la derecha y la izquierda no eran tan reales, y que podíamos convivir de manera civilizada aceptando las reglas del mercado. De aquí en adelante, la izquierda se ocupará fundamentalmente del control y la regulación del mercado mediante el uso del Estado, la derecha defenderá el libre mercado y buscará evitar por todos los medios la intromisión del Estado en aquellos asuntos en donde nada tiene que hacer. Si el fin de la historia de Fukuyama fue polémico en su momento, la no alternativa al neoliberalismo y la victoria de la no política causan escalofríos, cuando sus resultados tienen nombre y apellido y han logrado apoderarse del sillón más poderoso del planeta.

La victoria de Trump es un triunfo de la sociedad neoliberal y el fracaso de la promesa de inclusión y democracia. La sociedad de mercado en la que vivimos terminó en bonanza obscena para unos pocos e incertidumbre para la mayoría. La creciente desigualdad global aparece como una realidad desgarradora. Por otra parte, el mismo neoliberalismo relegó a la política a un espacio limitado de acción, la metió en una jaula que ya no es de hierro (la burocracia de Max Weber) sino una mucho más peligrosa, una jaula de criptonita o quizás qué material súper poderoso. Atrapada en esta jaula, la política no puede cumplir su rol porque el mercado pone las reglas. A la vez, las reglas del mercado las ponen poderes sobre los cuales nadie tiene control.

¿Qué le cabe a la izquierda en todo esto? Una primera reflexión es que la búsqueda de una sociedad igualitaria y radicalmente democrática no se encontrará en primer lugar en las urnas, sino precisamente en la disputa por la hegemonía. Puede que la izquierda se encuentre con éxitos electorales, pero no será capaz de sostenerlos como proyecto si el país piensa en el código Trump. No habrá forma, en las condiciones sociales y culturales actuales, de invitar a la ciudadanía a aportar a algo nuevo ante tanta desconfianza y tanta rabia.

El trabajo debe volver a la base. Hoy tenemos la tarea impostergable de debatir respecto a la noción de pueblo y de las distintas identidades que lo componen y comprender que el pueblo no es una agregación de demandas, sino un proceso en continua construcción, es decir, un campo en disputa. Si no se realiza este proceso reflexivo de una manera seria, y comenzamos a construir trincheras desde la sociedad civil donde se defiendan los valores de una sociedad más humana, el proyecto de la izquierda sucumbirá del mismo modo como lo hace hoy la socialdemocracia frente al populismo de derecha, el racismo, la discriminación, la homofobia y el machismo.

Como señala Žižek, vivimos un momento de tal incertidumbre, que esta se convierte en algo esperanzador. “La esperanza simplemente significa un momento abierto en el que no sabes quién está en el poder y entonces el régimen se derrumba”. El problema está en saber qué es lo que viene después de este momento de confusión e incertidumbre.

Este 2016 dio cuenta de que era posible que después de la confusión viniera Trump en EE.UU., Brexit en Reino Unido y Colombia en el No al acuerdo de Paz. Quién sabe qué puede venir después. Como se puede ver, hay quienes están haciendo el trabajo y arrastrando al planeta hacia un espacio menos humano y fraterno, uno del tipo Hobbes, el de la guerra de todo hombre contra todo hombre.

La rabia contra el establishment y con los ganadores acentuará la crisis que, en caso de no existir una alternativa, será miel sobre hojuelas para la derecha más recalcitrante. La izquierda tiene responsabilidad en empujar una democracia radical que rompa con este proceso de indiferenciación, y permita que la ciudadanía pueda identificarse y participar en la construcción de un proyecto político nuevo.

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