La salida se produciría tres meses después de haber sido condenado a cuatro años de prisión por fraude fiscal
PABLO ORDAZ Roma 27 NOV 2013 - 13:03 CET
Dicen que no duerme desde hace días, que altera los momentos de depresión profunda con otros de una euforia desproporcionada que lo lleva a exclamar: "!Juro que regresaré al palacio Chigi! [la sede del Gobierno]". El siempre teatral Silvio Berlusconi está perdiendo el oremus. Y, pensándolo bien, no es de extrañar. Hoy, miércoles 27 de noviembre de 2013, puede pasar a la historia de Italia como el día en que el Senado de la República expulsó, después de dos décadas de presencia ininterrumpida en el Parlamento, a aquel político y magnate conocido por Il Cavaliere, un título honorífico que --las desgracias nunca llegan solas-- también puede perder. Pero, sobre todo, más que el escaño o el sobrenombre, lo que Berlusconi teme de veras perder es la inmunidad. Ese blindaje tan eficaz contra los procesos de todo tipo que han salpicado y siguen salpicando su carrera política y que a punto están de convertirse en su tumba.
Porque, si ni la autoridad ni el tiempo lo impiden, los 321 senadores de la República se sentarán a las cinco de esta tarde en el palacio Madama para votar la expulsión de Berlusconi. Lo harán en virtud de la llamada ley Severino, un paquete de medidas contra la corrupción en la política aprobado durante el Gobierno técnico de Mario Monti. Según la ley, resultan ilegibles o, como en este caso, indignos de mantener el escaño todos los políticos condenados a más de dos años de prisión en sentencia firme. Y Berlusconi entra en este supuesto porque, el pasado mes de agosto, el Tribunal Supremo lo condenó a cuatro años de prisión (de los que solo tendrá que descontar uno gracias a una amnistía) por fraude fiscal en el llamado caso Mediaset.
Para más inri, este día D y esta hora H tanto tiempo temidos por Berlusconi --y tanto tiempo soñados por la oposición-- le llega en un momento de debilidad extrema. No tanto porque tenga 77 años o porque su médico personal haya tenido que subir al estrado recientemente para evitarle un desmayo, sino porque el centroderecha que tanto empeño --y tanto dinero-- le ha costado mantener unido se ha resquebrajado finalmente. La traición de su delfín Angelino Alfano, que ha fundado el Nuevo Centroderecha llevándose consigo a un buen número de diputados y senadores, ha terminado por darle la puntilla. Il Cavaliere ya no tiene siquiera la capacidad de la amenaza, sobre la que --a falta de los votos suficientes para gobernar-- ha basado su estrategia en los últimos tiempos. Su anuncio oficial de que ya no colaborará con el Gobierno de coalición --¿cuándo lo hizo?-- ya no implica ningún peligro para el socialdemócrata Enrico Letta. Berlusconi no podrá para hacer caer al actual Ejecutivo como sí hizo caer al Gobierno de Mario Monti. Por no tener --él que tanto tuvo-- no tiene ni la influencia para que el presidente de la República, Giorgio Napolitano, le conceda la gracia del indulto sin siquiera pedirla.
A Il Cavaliere solo le queda la calle. Y a ella apelará durante el día de hoy. Se espera que decenas de autobuses cargados de fieles --"el ejército de Silvio"-- lleguen durante la jornada a Roma para protestar por la expulsión del senador Berlusconi, que atrincherado en el lujo del palacio Grazioli a ratos llora y a ratos grita: "¡Juro que regresaré al palacio Chigi!".
Porque, si ni la autoridad ni el tiempo lo impiden, los 321 senadores de la República se sentarán a las cinco de esta tarde en el palacio Madama para votar la expulsión de Berlusconi. Lo harán en virtud de la llamada ley Severino, un paquete de medidas contra la corrupción en la política aprobado durante el Gobierno técnico de Mario Monti. Según la ley, resultan ilegibles o, como en este caso, indignos de mantener el escaño todos los políticos condenados a más de dos años de prisión en sentencia firme. Y Berlusconi entra en este supuesto porque, el pasado mes de agosto, el Tribunal Supremo lo condenó a cuatro años de prisión (de los que solo tendrá que descontar uno gracias a una amnistía) por fraude fiscal en el llamado caso Mediaset.
Para más inri, este día D y esta hora H tanto tiempo temidos por Berlusconi --y tanto tiempo soñados por la oposición-- le llega en un momento de debilidad extrema. No tanto porque tenga 77 años o porque su médico personal haya tenido que subir al estrado recientemente para evitarle un desmayo, sino porque el centroderecha que tanto empeño --y tanto dinero-- le ha costado mantener unido se ha resquebrajado finalmente. La traición de su delfín Angelino Alfano, que ha fundado el Nuevo Centroderecha llevándose consigo a un buen número de diputados y senadores, ha terminado por darle la puntilla. Il Cavaliere ya no tiene siquiera la capacidad de la amenaza, sobre la que --a falta de los votos suficientes para gobernar-- ha basado su estrategia en los últimos tiempos. Su anuncio oficial de que ya no colaborará con el Gobierno de coalición --¿cuándo lo hizo?-- ya no implica ningún peligro para el socialdemócrata Enrico Letta. Berlusconi no podrá para hacer caer al actual Ejecutivo como sí hizo caer al Gobierno de Mario Monti. Por no tener --él que tanto tuvo-- no tiene ni la influencia para que el presidente de la República, Giorgio Napolitano, le conceda la gracia del indulto sin siquiera pedirla.
A Il Cavaliere solo le queda la calle. Y a ella apelará durante el día de hoy. Se espera que decenas de autobuses cargados de fieles --"el ejército de Silvio"-- lleguen durante la jornada a Roma para protestar por la expulsión del senador Berlusconi, que atrincherado en el lujo del palacio Grazioli a ratos llora y a ratos grita: "¡Juro que regresaré al palacio Chigi!".

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