viernes, 5 de junio de 2015

Macri, la dura lucha del voto casa por casa

Macri, (derecha, con su hija Antonia en brazos, de vista en Luján. / PRENSA PRO

ELECCIONES ARGENTINA 2015

El alcalde de Buenos Aires, ajeno a las presiones para alcanzar grandes pactos, llama a los timbres de los ciudadanos pidiendo su apoyo


CARLOS E. CUÉ Luján (Argentina) 5 JUN 2015 - 03:39 CEST


Mauricio Macri parece ajeno a la vorágine que le rodea. Argentina vive horas decisivas, en las que el candidato a las presidenciales y alcalde de Buenos Aires recibe enormes presiones para que acepte un gran pacto que una a toda la oposición. Pero él está a otra cosa. Es miércoles por la tarde y, en medio de esa tensión, Macri se sube a un helicóptero con su hija Antonia, de tres años, y se va a Luján, a 60 kilómetros de Buenos Aires, gobernada por un alcalde que se ha pasado a su partido, para charlar tranquilamente en el jardín de una casa de clase media, ajena al mundo de millonarios en el que Macri creció y vive, con una familia que le ha pedido por Facebook que vaya a su casa. Y después recorre el barrio llamando casa por casa, pidiendo el voto con una consigna. “¿Estamos para un cambio, no?”.

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Algunos le reciben bien, pero una señora le dice que no lo va a votar y le discute su línea política con dureza, incluso le acusa de que la marca de moda de su mujer, Awada, usa talleres clandestinos. Macri aguanta y desmiente la acusación. El candidato con más fuerza de la oposición argentina hace esto casi cada día, todas las tardes. Asesorado por el gurú ecuatoriano Jaime Durán Barba y el argentino Marcos Peña, su hombre de confianza, Macri va por libre. A su ritmo. Y cree mucho más en esto, en Facebook y en sus 450.000 voluntarios que en los grandes pactos políticos que le reclaman.

Algunos analistas incluso dudan de que Macri quiera ganar en 2015, dicen que piensa en consolidarse para intentarlo de verdad en 2019. Pero él sigue como si nada su recorrido casa a casa. Impertérrito. Los suyos, un equipo de casi 20 personas que le rodea, le lleva incluso a su perro para ofrecer más naturalidad y graba todo para mandarlo a las redes sociales y los medios, y recuerdan que hace unos meses nadie apostaba por su victoria. Y ahora es una posibilidad real aunque las encuestas sitúan aún por delante al oficialista Daniel Scioli.

Macri llega a la casa de la familia Valentino como si fuera un vecino más. Pide ir al baño urgentemente con su hija, que parece abrumada por las cámaras. Otros días va a estas citas con su mujer. La familia en Argentina hace campaña al completo. Las mujeres de los candidatos son personajes centrales. Casi todas son guapas, ricas, famosas. Vanessa, la madre de la familia Valentino, que tiene dos niños de 8 y 6 años, tiene ganas de contarle a Macri cómo está su barrio. De pedirle que acabe con la inseguridad. Y de criticarle los planes sociales del kirchnerismo. “No me gusta que a uno le den plata por no hacer nada. Mi marido se levanta a las 4 de la mañana”, se queja. Macri, que sabe que mucha gente tiene miedo de los recortes que puedan llegar con él, responde con cautela. “El plan tiene que ser una transición, no puede ser algo permanente que arruine la cultura del trabajo”.


Cambio o continuidad


Se habla de los hijos, de la educación, de robos, del barrio, de obras públicas para sanear el río, de cloacas. De política real. Macri no se moja mucho pero va al punto clave de la campaña. Cambio o continuidad. Sabe que muchos temen que llegue él y acabe con la protección social que amplió el kirchnerismo. Y lo desmiente. “Muchos estamos diciendo que merecemos más. Algunos piensan: ¿y si pierdo lo que tengo? No hay que tener miedo al cambio, tenemos que construir un país mejor, donde no exista violencia. Nos merecemos más”.

En esta casa Macri no va a ciegas. La familia ha sido escogida. Pero el candidato sí se arriesga cuando empieza a tocar timbres al azar con su hija Antonia de la mano. En un país en que los políticos asumen muy pocos riesgos, sin debates electorales, la actitud del alcalde de Buenos Aires sorprende. Es una campaña al estilo de EE UU. Todo va bien, las señoras se hacen fotos con él, va arañando algunos votos de personas que tenían dudas. Los coches le pitan para animarle.Algunos kirchneristas confesos simplemente se alejan discretos. Hasta que llegan a la casa de Silvia Malpassi, de 52 años. Discuten durante un buen rato de política, de las obras públicas que son necesarias. “El río es un asco”, dice. Macri culpa a los peronistas que gobiernan la provincia hace 30 años. Y entonces ella le corta seca pero con una sonrisa. “Te comento que no te voy a votar, no me gustan sus políticas, yo soy radical de la época de Alfonsín”.

“No entiendo, si querés cambiar cosas que llevan haciendo mal 30 años los peronistas, deberías querer un cambio”, insiste él. Malpassi se va endureciendo. “Además deberías ver el tema de las empresas de tu mujer que trabajan con talleres ilegales”. Macri aguanta. “Es una denuncia de Gustavo Vera [un concejal de Buenos Aires amigo del Papa Francisco] pero no es verdad”. “Perdón, soy un poco punzante”, se ríe ella. Macri se despide y busca una casa más amable. La campaña es dura, pero el candidato parece inasequible al desaliento. Cada día hasta el 25 de octubre hará esto para buscar votos.

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