miércoles, 1 de julio de 2015

El Gobierno de Colombia y las FARC se unen para desminar juntos

Búsqueda de minas en el departamento de Antioquia. / R. ARBOLEDA (AFP)

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El Gobierno colombiano y las FARC inician el proceso humanitario de erradicación de minas en una pequeña localidad


“El miedo ha sido nuestro compañero hace muchos años”

JAVIER LAFUENTE Bogotá


El explosivista de las FARC, un mando del frente 36, uno de los batallones más sanguinarios de la guerrilla, se aupó al árbol y señaló al suelo. La superficie que mostró estaba —está aún— sembrada de minas antipersona. Quien miraba atento las indicaciones del subversivo era un sargento del Ejército colombiano. En un momento dado, cuando el guerrillero hizo ademán de acercarse, el militar le paró: “No toque eso, le puede estallar. Deje que nosotros señalemos la zona peligrosa y ya volveremos para destruir las minas”.

Ese momento ha llegado. A partir de este miércoles, la historia que recuerda el general Rafael Colón, director del programa de eliminación de minas del Gobierno, se llevará la práctica. Colombia iniciará en El Orejón, una pequeña vereda del departamento de Antioquía, un proyecto piloto de desminado humanitario, producto de los acuerdos alcanzados en la mesa de negociaciones de La Habana, y que permitirá el trabajo conjunto del Ejército y las FARC. Como ocurrió durante la fase preliminar, cuando se produjo la primera toma de contacto, en la que también estuvo presente Pastor Alape, uno de los negociadores en Cuba y miembro del secretariado de las FARC, los guerrilleros tendrán que explicar la precisión con la que fabricaron las minas para provocar el mayor daño posible a los militares, que las desactivarán.

Unas 50 personas se desplazarán a El Orejón: 40 miembros del Ejército, tres delegados de las FARC, uno del Gobierno y otro de la organización no gubernamental Acción Popular Noruega, país garante de las negociaciones, que supervisará el proyecto. El desminado llega en el momento más crítico para el proceso de paz, con el apoyo público de la opinión pública por los suelos después de los últimos enfrentamientos. En el trabajo de campo, como en La Habana, la sensación parece ser otra, según se desprende de las palabras del general Colón: “La percepción es de respeto. Tenemos que estar en esa armonía. De ninguna manera hay una prevención, ni un choque, ni una animadversión. Todo lo contrario”.

Pese a que se ha insistido en destacar que El Orejón es un lugar donde hay más minas que personas, tampoco resulta complicado si se tiene en cuenta que se trata de una localidad donde viven 100 personas, unas 25 familias, un pequeño punto en la geografía del municipio del Briceño, de los más minados de Antioquía, con cerca de 80 veredas similares a la de El Orejón. “El reto es aumentar el impacto político que pueda tener un proyecto como este, tenemos que comenzar por algo para que se genere confianza y se pueda observar el espíritu del acuerdo, es una señal del desescalamiento del conflicto”, explica el general Colón. “Hay que llegar a acuerdos para que, con el concurso de las FARC, se puedan hacer planes piloto, limitados en tiempo y en espacio, que se puedan implementar en otros lugares”.

Colombia es el tercer país (tras Camboya y Afganistán) con más víctimas a causa de las minas del mundo, 11.140 desde 1990, cuando comenzó el registro oficial. En lo que va de año, 119 se han visto afectadas: 76 militares y 43 civiles, de los cuales siete son niños, un dato que preocupa sobremanera a las autoridades. Los departamentos de Antioquia y Meta son los que cuentan con mayor número de víctimas. El Estado, que se ha comprometido a limpiar el país de minas para 2021, asegura que está presente en 15 de los 102 municipios en los que ha detectado la presencia de estos artefactos.

La elección de El Orejón como lugar para desarrollar esta fase de aprendizaje no es baladí. “Tiene corredores que conectan con varias áreas del territorio, es un lugar de conflictividad reciente, hay cultivos de hoja de coca, no hay fuerte presencia institucional, ausencia de escuelas, profesores, agua… Es una población confinada por las minas”, explica Colón. Unos habitantes que, recuerda el general, recibieron con cierto temor al Ejército. “Estaban acostumbrados a las FARC, a permanecer en un status quo. La guerrilla ha sido quien dirigía las cosas. Cuando llegamos debieron pensar: ‘Aquí va a pasar algo’. A las pocas horas se les pasó, creo tienen esperanza en lo que les hemos dicho que vamos a cumplir”.

Fueron los vecinos de El Orejón los que llevaron a los militares a los lugares minados, para posterior confirmación de la guerrilla, algo que no siempre va a ocurrir: muchos subversivos que colocaron minas han podido morir y otros han sido trasladados; la geografía ha podido cambiar, las minas haberse desplazado... “Va a ser un proceso lento”, recalca Colón. Y costoso. Mientras que colocar una mina puede costar 5.000 pesos (algo menos de dos euros), desinstalarla asciende a 5.000 dólares (4.500 euros).

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