viernes, 7 de agosto de 2015

Donald Trump exprime su luna de miel

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El magnate es el protagonista en los bastidores del debate republicano en Cleveland

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JOAN FAUS Cleveland 7 AGO 2015 - 12:59 CEST


Donald Trump exhibe una robusta sensación de seguridad. Es una celebridad en Estados Unidos, al margen del impacto de su liderazgo actual en las encuestas de los candidatos republicanos a las elecciones presidenciales de 2016. Él es muy consciente de ello. Habla y anda con aplomo, como si le diera igual todo lo que ocurre a su alrededor. Las cámaras le buscan y a él le encanta. Tras el primer debate televisivo de los republicanos, la noche del jueves en Cleveland (Ohio), el magnate inmobiliario atendió a los medios de comunicación. Teóricamente debían hacerlo todos los candidatos, pero Trump fue el único de los favoritos que se acercó a hablar con la prensa, a la que suele criticar sin tapujos.

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Fueron pocos minutos, pero la escena fue caótica. Trump, de 69 años, y su comitiva irrumpieron en una zona habilitada justo detrás del escenario del debate, en el pabellón del equipo de baloncesto de Cleveland. Al verle, una nube de un centenar de reporteros, camarógrafos y fotógrafos empezaron a correr hacia él, con nervios similares a los de esos seguidores que persiguen a una estrella musical. Le rodearon, muchos subidos en escaleras para poder grabarle, y Trump les despachó en pocos minutos. Mostraba una calma asombrosa ante el caos que reinaba a su alrededor. Por si había dudas de que estaba allí, un voluntario aguantaba estoicamente un cartel rojo con su apellido que se elevaba entre el mar de cabezas. Había los mismos carteles listos para los otros candidatos.

El aspirante a la nominación republicana habló hasta que decidió que ya había tenido suficiente. Con la ayuda de parte de su comitiva, se abrió paso lentamente entre la marabunta de periodistas. Algunas cámaras cayeron al suelo, hubo gritos, pero Trump apenas se inmutó. Parecía sentirse en casa. Avanzó impasible hasta una salida. Repartió algunas sonrisas y saludos, y se esfumó por una de las escaleras en las gradas del pabellón.

Con su marcha, se evaporó la nube de cámaras. A los pocos minutos, el gobernador de Ohio, John Kasich, se acercó a la zona, pero apenas le rodearon una decena de periodistas. A Kasich parecía no importarle lo más mínimo, al fin y al cabo había entrado por los pelos al debate de los 10 mejor situados en las encuestas. Los siete descartados participaron en un debate previo, cuatro horas antes del principal. La mayoría no ocultaban sus caras largas de frustración o sonrisas forzadas al atender posteriormente a los medios.

Cerca de 500 periodistas siguieron las dos horas de debate en Cleveland a través de pantallas de televisión en una zona habilitada detrás del escenario. Es un ritual que se repite en cada ciclo electoral en Estados Unidos. Se inició en 1948 con el primer debate -solo con sonido- de candidatos de un mismo partido -el Republicano- a las elecciones presidenciales. Y cambió para siempre a partir de 1960 con el primer debate presidencial televisado entre el demócrata John F. Kennedy, que ganó las elecciones, y el republicano Richard Nixon.

En el debate de Cleveland, los internautas podían mandar preguntas a través de Facebook. La cobertura en directo de los medios a través de Internet fue frenética. La realidad, sin embargo, es que el paso del tiempo y los avances tecnológicos apenas han trastocado la esencia de la política estadounidense. Lo evidencia un clásico del periodismo electoral, el libro The Boys on the Bus (Los Chicos en el Autobús). En él, el reportero de la revista Rolling Stone Timothy Crouse narra el día a día de su cobertura de las elecciones presidenciales de 1972, desde el proceso de primarias de los dos partidos hasta las campañas de los dos candidatos a los comicios, en que el republicano Richard Nixon fue reelegido tras imponerse al demócrata George McGovern.

En el libro, Crouse relata la competencia entre los periodistas, su complicidad con el equipo de prensa del candidato con el que pasan centenares de horas o las dudas sobre aspectos de su cobertura informativa. “Gastamos mucha tinta en ese tipo y podría apostar a que en la noche que consiguió la nominación no habíamos contado a nadie en Estados Unidos de quién diablos estábamos hablando, qué tipo de hombre era”, escribe Crouse, citando a un periodista, sobre McGovern.

En Cleveland, se oyeron la noche del jueves opiniones similares sobre si está dando demasiado importancia mediática a la luna de miel de Trump en las encuestas. También se escucharon quejas sobre la falta de sueño de la comitiva de periodistas que sigue todos los pasos de un candidato y otras escenas parecidas a las descritas por Crouse hace 43 años.

Los periodistas acreditados al debate disponían de mesas con comida y refrescos junto a la zona de prensa, a escasos metros del lugar en que Trump hizo declaraciones. El plato principal para cenar era un buffet con burritos y nachos mexicanos. No dejaba de resultar irónico que se sirviera comida mexicana en un debate marcado por el liderazgo de Trump en los sondeos, impulsado por sus comentarios xenófobos contra los inmigrantes que entran desde México a EE UU. “Estoy convencida de que es una coincidencia”, esgrimió sobre el menú una trabajadora del servicio de catering.

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