jueves, 13 de agosto de 2015

La solución de Australia, la pesadilla de los refugiados

Dibujo de un niño en un centro para demandantes de asilo en Australia.

El país incumple los acuerdos internacionales y encierra en centros fuera de su territorio a demandantes de asilo que llegan en barco

LAURA M. LOMBRAÑA Sidney


Australia es el único país del mundo que encierra a inmigrantes irregulares y refugiados en centros de detención fuera de sus fronteras. Su primer ministro, Tony Abbott, proclama triunfal que la solución es un éxito y que su Gobierno ha conseguido “parar los barcos”. Pero para miles de prisioneros, incluidos niños y enfermos, la llamada Solución del Pacífico es una auténtica pesadilla.

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Cuando DC llegó en barco a la isla australiana de Christmas, las autoridades fronterizas lo encerraron en un centro de detención rodeado de jungla. El pabellón donde lo alojaron era una construcción tan precaria que ni siquiera aislaba a los prisioneros de insectos, ratas y temibles cangrejos rojos capaces de amputar un dedo con un solo chasquido de sus pinzas. Era julio de 2013, DC tenía 17 años y había huido de Pakistán tras ser secuestrado y torturado por los talibanes.

Cinco meses más tarde, incapaz de lidiar con el encierro y con el recuerdo de su amigo asesinado por los radicales, intentó matarse. El personal de seguridad de la isla se lo impidió, pero DC no cejó en su empeño y lo intentó 49 veces más. En febrero de 2014 le diagnosticaron un trastorno por estrés postraumático y fue trasladado a un hospital psiquiátrico en Melbourne.

El informe de su psiquiatra, el doctor Peter Young, era claro: “Sus síntomas se han exacerbado por el ambiente en el centro de detención y mejoraron cuando se le trasladó a un ambiente terapéutico. Pero su enfermedad volverá a aparecer rápidamente si vuelve ser confinado en detención”.

Pocas semanas después, DC volvía al centro de detención de la isla de Christmas. El ministro de Inmigración, Peter Dutton, la única persona en Australia que puede mejorar las condiciones de detención de DC, no se ha pronunciado sobre el caso.

Esta historia, recogida en un exhaustivo informe de la Comisión de Derechos Humanos australiana, es una de las pocas que ha atravesado el alambre de espino y el silencio mediático que rodean los centros de detención que el Gobierno austral ha instalado en varios puntos del Pacífico: Christmas, la república de Nauru y la isla de Manus, bajo la jurisdicción de Papúa Nueva Guinea.

“Es un sistema brutal, insostenible e ilegal de acuerdo con la legislación internacional,” asegura el director del Consejo de Refugiados de Australia, Paul Power. "Lo único que el Gobierno dice es que han parado los barcos y las muertes en el mar. Pero los barcos siguen viniendo. Lo único que pasa es que el Ejército los intercepta antes de que lleguen a aguas territoriales australianas y los remolca a Vietnam, Indonesia y Sri Lanka”. denuncia.

El Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados, António Guterres, declaró en diciembre de 2014 que cerrar las fronteras no es una solución: “Quienes creen que la solución fácil es cerrar las puertas deberían olvidarse de ello. Cuando la puerta esté cerrada, la gente abrirá una ventana. Si la ventana está cerrada, la gente excavará un túnel. Si hay la necesidad de sobrevivir, la necesidad de protección, la gente se moverá. No importa qué obstáculos haya en medio. Estos obstáculos solo harán su periplo más dramático”.

Campaña de disuasión dirigida a quienes quieren intentar llegar a Australia por mar. “De ninguna manera. Australia no va a ser tu casa”. /GOBIERNO AUSTRALIANO, SERVICIO DE ADUANAS Y PROTECCIÓN FRONTERIZA

Al abogado y activista iraní Mohsen Soltani, el camino hasta conseguir el estatus de refugiado en Australia le costó la poca salud que le quedaba tras años de persecución por parte del régimen chií. Cuando llegó a Australia, en 1998, tenía 28 años y unos rasgos tan aniñados que la gente a menudo creía que era un adolescente. Cuando salió del centro de detención cuatro años después, aparentaba más de 50, sufría trastorno por estrés postraumático y una depresión de la que, asegura, nunca se ha recuperado.

“Me destrozaron la vida”, declara ahora. Ni siquiera la presencia de su hija de tres años, que colorea un cuaderno a su lado, evita que eleve la voz y grite de indignación al recordar su encierro.

"No nos lo podíamos creer. Veníamos de sitios como Irán, Afganistán o Pakistán. Países donde hay guerra, donde se tortura y se mata. Pero creíamos que Australia era un país del primer mundo, un país civilizado”, relata. Sin información sobre cuándo terminaría su encierro, Soltani y sus compañeros sucumbieron a la desesperación y organizaron una revuelta en el centro de detención: “Nos encerraron en la cárcel durante seis meses. ¡Yo estaba contentísimo! Por primera vez nos trataban como a humanos y no como animales".

En los años previos a la llegada de Soltani, Australia había pasado de ser uno de los países más amigables con los refugiados a uno de los más restrictivos. En 1976, el país abrió las puertas a más de 124.000 refugiados de la guerra del Vietnam y una década más tarde hizo lo mismo con más de 147.500 libaneses cuando la guerra civil arrasó su país. Como Estados Unidos y Canadá, Australia es un país joven, de grandes dimensiones y relativamente poco poblado que busca aumentar su población y su crecimiento económico a través de la inmigración.

Pero el flujo de refugiados provocó una ola de rechazo político y social contra los recién llegados. En 1992, el Gobierno decidió detener a toda persona que llegara a Australia sin un visado valido, incluidos los solicitantes de asilo, cuyo estatus estaría blindado por la Convención de Refugiados. Una década después, puso en marcha la Solución del Pacífico.

Protesta de niños contra su encierro en el centro de detención de la isla de Nauru. Fotografía cedida a El País por el Asylum Seeker Resources Centre. / ANÓNIMO

Desde entonces, la actitud del Gobierno y la sociedad hacia quienes llegan en barco a sus costas se radicaliza año a año. Los periódicos describen a menudo la llegada de refugiados como “mareas humanas” o “armadas de barcos”. Epítetos como “Mandadlos fuera de aquí” o “Volved a vuestros barcos” han figurado recientemente en las portadas de los tabloides australianos. El pasado mes de junio, se supo que la Marina pagó a la tripulación de al menos un barco que transportaba a indocumentados y que trataba de alcanzar las aguas territoriales australianas para que dieran la vuelta y pusieran rumbo a otros países como Indonesia, que investiga ahora el caso.

Estudiosos y defensores de los derechos humanos tildan la reacción de paranoica y desmesurada. Según el Departamento de Inmigración, entre 2013 y 2014 llegaron a Australia 6.500 refugiados. Alrededor del 90% lo hicieron en avión, y solo una minoría intentó la arriesgada travesía de 500 kilómetros desde Indonesia hasta la isla de Christmas. El total de refugiados representa un 3.1% de las 203.768 personas que llegaron a Australia durante ese año a través de distintos programas migratorios. La cifra mengua todavía más comparada con las miles de personas que han intentado alcanzar la costa italiana solo en el último mes y las dos mil que han muerto ahogadas en lo que va de año.

“Históricamente, Australia se ha mostrado suspicaz a la llegada de inmigrantes no europeos y el país está obsesionado con controlar la inmigración”, aclara Power, que lamenta que las autoridades hayan convertido la inmigración en una cuestión “policial y militar”. Desde la llegada de Abbott al poder en 2013, el Departamento de Inmigración ha pasado a llamarse Departamento de Inmigración y de Protección de Fronteras. La Solución del Pacífico es, oficialmente, una operación militar.

Dibujo de un niño en uno de los centros de detención para demandantes de asilo del gobierno australiano. Este dibujo forma parte del informe 'Los niños olvidados que la Comisión de Derechos Humanos de Australia elaboró en 2014'. / ANÓNIMO

Abbott ganó las elecciones con la promesa de “parar los barcos” y el compromiso de que “ningún refugiado que llegue en barco podrá instalarse en Australia”. Antes, los campos de refugiados del Pacífico eran lugares donde los solicitantes de asilo esperaban a que las autoridades les concedieran el estatus. Con el nuevo Gobierno, su única salida es conseguir el estatus de refugiado en países como Nauru, Papúa Nueva Guinea o Camboya.

Soltani asegura que no entiende la situación: “El Gobierno gasta una fortuna en impuestos para mantener esos centros en el Pacífico donde básicamente castigan a gente que ha venido aquí a pedir ayuda. Si no quieren atender a los refugiados, que no sean hipócritas, que retiren su apoyo a la Convención de la ONU”.

A principios de 2015 había 3.084 personas en centros de detención en Australia y 2.151 en las islas del Pacífico, incluidos 983 menores. La Comisión de Derechos Humanos entrevistó a 1.129 detenidos para su informe sobre menores en detención y concluyó que “la detención prolongada de niños es una clara violación del derecho internacional humanitario”. El documento de más de trescientas páginas expone las penosas condiciones en los centros del Pacífico.

Los solicitantes de asilo viven en tiendas de campaña, vigilados por personal de seguridad fuertemente armado. Alrededor de un 30% de los adultos sufre trastornos psicológicos como consecuencia del encierro o de experiencias previas en sus países de origen. Además, son comunes los intentos de suicido, las palizas y los abusos sexuales entre los encerrados y por parte de los vigilantes.

Power admite que lidiar con la llegada de inmigrantes ilegales y refugiados no es fácil, pero “si no hacemos nada, la gente seguirá intentándolo”. El Consejo de Refugiados propone que los países que aumenten la cuota de refugiados que aceptan cada año. “Todos los países tienen que hacer un poco más. Los países de la UE no pueden intentar resolver el problema cada uno por su cuenta. Pero países que están creciendo y necesitan trabajadores como los del Golfo, Malasia o Tailandia también deberían formar parte del debate”.

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