miércoles, 19 de agosto de 2015

Sobrevivir en las faldas del volcán

Vista del volcán Cotopaxi este martes 18 de agosto. / JOSÉ JÁCOME (EFE)

VOLCÁN COTOPAXI »

Más de 300.000 ecuatorianos, amenazados ante una posible erupción del Cotopaxi


SORAYA CONSTANTE Mulaló 19 AGO 2015 - 02:30 CEST


La alerta amarilla por la actividad volcánica del nevado Cotopaxi se mantenía este martes en las provincias de Cotopaxi y Pichincha y creó un cráter de inquietud entre las 300.000 personas que viven al pie de sus faldas, a unos 50 kilómetros de Quito, la capital ecuatoriana. Estas zonas, el cantón Latacunga (Cotopaxi) y el Valle de los Chillos (Pichincha), serían las más afectadas porque están bañadas por ríos que nacen del volcán, uno de los más activos del país con 5.897 metros, y, en caso de erupción arrastrarían los lahares, formados tras el deshielo de los glaciares y el material volcánico. Corren hasta 70 kilómetros por hora y su capacidad de destrucción es alta.

Habilitados 125 albergues en Latacunga

El Cutuchi y el Aláquez, los dos ríos que pasan por la ciudad de Latacunga —que, con 75.000 habitantes, es la más grande cerca del volcán—, vecina a Mulaló, podrían resultar peligrosos en caso de erupción, ya que la lava podría circular por sus cauces. Junto a los ríos habitan unas 45.000 personas, según el alcalde, Patricio Sánchez, por lo que las autoridades han habilitado 125 albergues.

Además, se han marcado los lugares considerados como seguros y se han suspendido temporalmente las fiestas locales de la Mama Negra.

La última información del Ministerio Coordinador de la Seguridad, que por decreto presidencial es el único organismo autorizado para emitir boletines, una decisión del presidente Rafael Correa que ha sido muy criticada, señalaba que hubo varias emisiones de vapor y cenizas, pero no superaron los 700 metros sobre el cráter. Además, informó de que la actividad interna del volcán seguía estable, por lo que se pidió calma a la población. Los mensajes llegan a las zonas de riesgo, pero no parecen suficientes. “La gente está con miedo, con temor, se ve en el comportamiento de los que van saliendo”, decía Mario Rocha, presidente del gobierno parroquial de Mulaló. En esta parroquia, a 17 kilómetros en línea recta desde el volcán, donde viven 14.000 personas, se dice que el único sitio seguro es una iglesia que se construyó en 1826 y que sobrevivió a la última gran erupción en 1877. Aunque solo sea porque es un sitio de fe está en la mente de los parroquianos. Los lugareños han vuelto a mirar las enormes piedras que rodean los caseríos y que fueron expulsadas por el coloso. Una fue bautizada como la Chilintosa o piedra chillona, de ocho metros de alto y 15 metros de diámetro. En una de sus caras está pintada la Virgen de la Merced, que alguien bautizó como la virgen del volcán. Se ha convertido en un atractivo turístico.

En la memoria de los parroquianos está la destrucción del siglo pasado, cuando los flujos de lava arrasaron todo y luego hubo una penumbra que duró nueve días. Hoy el peligro es más grande porque hay más habitantes y más ocupación. En Mulaló hay 28 haciendas, 16 florícolas, y cinco empresas forestales que estos días siguen su rutina con recelo del volcán, y que también piensan en un escenario de futuro en el que si todo desaparece no habría sitio para trabajar.

Los más asustados son los empleados de las madereras que tienen que ir hasta casi las faldas del volcán para conseguir madera, los bosques más alejados ya han sido talados. Uno de los problemas graves es evacuar el ganado que habita la zona. Cada vecino tiene algunas vacas, borregos, y chanchos (cerdos) para su sustento y si no se han marchado es por sus animales.

Rocha calcula que hay un total de 5.000 cabezas de ganado. “La gente me presiona, quiere saber a dónde ir con su ganado”, dice el presidente de la parroquia. Las brigadas de información se han centrado en indicar qué se debe llevar en la mochila durante la evacuación, pero nada más, aseguran los lugareños. “El sábado que hubo un rumor, cogí a mis hijos, a uno de los perros que asomó, y me fui a una parte alta, pero fue por instinto”, asegura Patricio Alvear que tiene una camioneta de alquiler y se siente afortunado porque al menos podrá marcharse cuando llegue la hora.

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