jueves, 3 de septiembre de 2015

Las “voces invisibles” del conflicto armado colombiano

Menores desplazados por la violencia en Bogotá. / ANASTASIA T.

Un estudio de Unicef recoge testimonios de violaciones a los derechos de los niños durante más de 50 años de conflicto armado

SALLY PALOMINO Bogotá 3 SEP 2015 - 02:33 CEST


Joaquín Canoles no volvió nunca más a la escuela después de que su tío fuera asesinado a palazos. Quienes se escondieron en el monte, como él, y lograron salvarse de la masacre que el 14 de octubre del año 2010 acabó con la vida de 15 campesinos, tuvieron que abandonar Macayepo, un lugar enterrado en el norte de Colombia. Ese día el salón de clases donde estudiaba cuarto de Primaria quedó vacío. Su pueblo, también. Las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), fueron las responsables.

“Mi tío salió al camino y lo cogieron. Él preguntó qué iban a hacer y le dijeron que lo iban a matar porque él era colaborador de la guerrilla. Le dieron golpes en la cabeza y lo mataron”. Su relato forma parte del libro El derecho a la verdad de las víctimas y la sociedad, un documento impulsado por Unicef con el apoyo de la Embajada de Suecia, que busca darle voz a los niños y jóvenes que han sido víctimas del conflicto colombiano, que dura ya más de 50 años y ha afectado a más de siete millones de personas.

“Yo no volví a estudiar. La escuela se cayó. La tumbó la soledad, todos nos fuimos y quedó eso, la soledad tumba casas”, cuenta ahora Canoles desde su condición de desplazado por la violencia.

Mario Gómez, abogado y autor del texto, repasó sentencias, leyes y consultó casos particulares para trazar un panorama sobre la importancia que deben tener en el proceso de paz que se negocia con las FARC desde hace casi tres años, los testimonios de las “voces invisibles”, como él llama a los niños y jóvenes, que representan más del 30% del total de las víctimas que ha dejado cincuenta años de violencia armada.

“Es una alerta para evitar la impunidad y lograr un proceso de perdón real”, dice Gómez, quien destaca, por ejemplo, que en su investigación encontró que en el país tan solo se han dado dos sentencias condenatorias por casos de menores que fueron perjudicados por minas antipersona. Una cifra mínima frente los más de 300 hechos en los que un menor resultó herido por este tipo de artefactos, entre 1985 y 2012, según el informe ¡Basta ya!, del Centro de Memoria Histórica.

Más de dos millones y medio de niños han sido desplazados a causa de la violencia

Entre los testimonios también está el de Fierleidis, una menor de 14 años, que cuenta cómo una noche las llamas acabaron con Machuca, su pueblo, ubicado en el departamento de Antioquia. Esa vez no fueron las AUC sino los guerrilleros del Ejército de Liberación Nacional (ELN), quienes los obligaron a huir. “Estaba durmiendo y sentí calor. Me levanté y le pregunté a mi mamá qué estaba pasando. Se levantó y nos dijo que corriéramos, nos sacó de la casa y nos fuimos al monte”. Al volver, cuenta en su relato, todo estaba quemado. Ocurrió en la madrugada del 18 de octubre de 1998. El ELN había dinamitado un oleoducto, que provocó un incendio en el que murieron de 84 personas y más de 40 casas quedaron destruidas. La mitad de las víctimas fueron menores de edad.

La verdad de los niños

Según el Centro de Memoria Histórica, más de dos millones y medio de niños han sido desplazados a causa de la violencia, 154 desaparecidos forzosamente y más de 150 asesinados en confrontaciones armadas en Colombia.

Para Gómez, es importante “destacar que los menores tienen mucho que contar, pues han sido víctimas de este conflicto y también tienen mucho que aportar para la construcción de paz”. Por eso, dice que ahora que en el país se habla de la creación de una Comisión de la verdad, como parte clave de la justicia transicional, para que todos los actores del conflicto reconozcan sus responsabilidades, es fundamental reflexionar sobre cuál será el papel de los menores en un proceso que garantice la no repetición.

En el texto, el autor repasa casos como el de Carmen, una niña reclutada a los 14 años por las FARC y obligada a cargas fusiles y limpiar los machetes de los comandantes, que creció y permaneció contra su voluntad en el grupo armado y fue obligada a abortar en dos ocasiones. “Me faltaba una semana para cumplir los ocho meses de embarazo. Como ya no se podía con sonda, me abrieron el estómago y me sacaron el niño. Era un niño. Antes de abrirme, me hicieron tomar unas pastillas para matarlo”, retoma Gómez una historia publicada en un diario nacional para retratar la crueldad de la guerra.

Roberto de Bernardi, representante de Unicef Colombia, quien acompañó al autor del libro durante la presentación reiteró la importancia de darle voz a los niños que desde cualquiera de las partes del conflicto ha sufrido las consecuencias. “Su verdad es tan válida como los adultos. Debemos oír también sus historias”.

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