miércoles, 23 de septiembre de 2015

Otra vez La Haya

Chile, más que prudente, ha sido tímido a la hora de activar sus mecanismos diplomáticos y políticos con dureza, dejando claro el mensaje de que la soberanía no es objeto de negocios en tribunales internacionales y que los juicios son controversias sin retorno cuando uno gana y otro pierde.

por EL MOSTRADOR - 23 septiembre 2015


Por segunda vez en menos de dos años enfrentamos una resolución de la Corte Internacional de Justicia de La Haya a raíz de una demanda de nuestros vecinos. ¿Lo estamos haciendo mal o derechamente enfrentamos un escenario de diplomacia agresiva? La recurrencia a un tribunal internacional alegando derechos conculcados o no reconocidos no es un acto pacífico. Alguien que desea arreglar algo lo hace dialogando bilateralmente y no haciendo un juicio ni mandando recados a través de terceros estados.

Menos, inmiscuirse en asuntos internos a través problemas territoriales de los pueblos aborígenes de Chile.

Lo curioso es que la controversia con Bolivia es un problema trilateral y no bi. Y que las demandas ante La Haya, por distintas razones, empezaron por Perú. Y en la sapiencia infinita de la Corte Internacional de Justicia de La Haya, le pusieron un tapón a la demanda boliviana con la línea quebrada de límite marítimo actual con aquel país. Una mala situación, que todavía puede ser peor.

Lo anterior por cierto, dando por sentado que Chile tiene razón, que su postura se afirma en un statu quo de más de 80 años, en tratados internacionales vigentes y en la buena fe de que no existían asuntos pendientes.

También, basado en la convicción de haber hecho bien la tarea y haber apoyado su posición no solo en la acción diplomática reactiva sino también en la anticipatoria, así como en el uso de sus instrumentos a lo largo y ancho de su soberanía, incluidas sus leyes migratorias y la integración de todo el territorio. ¿Lo hemos hecho? ¿O nos ha dominado la inercia y una cierta modorra para integrar los componentes institucionales y políticos del poder nacional?

La percepción de que se ha instalado un nuevo juego geopolítico del Cono Sur, en el cual el papel desestabilizador lo cumple Bolivia, con –al menos– la complacencia de Perú, y la mirada expectante de Argentina y Brasil, es demasiado fuerte para no tener, como mínimo, la sensación de incertidumbre.

Si por razones de Seguridad Nacional el país decide aplicar el principio de que soberanía significa incluso la capacidad de autolimitarse por voluntad propia, y entrega un corredor a Bolivia, ello no es alcanzable a través de un juicio sino de un diálogo voluntario. Por tanto, debiera quedar claro que la poco amistosa actitud boliviana de demandarnos en La Haya tiene un mar de distancia con una solución pacífica.

Los países que viven golpeados por su naturaleza, como Chile, desarrollan un sentido de alerta frente al entorno, que es lo que les permite la supervivencia y la reproducción sana. Y cuando esa alerta no proviene de las acciones que desarrolla su Gobierno o sus instituciones, siempre hay miradas atentas en la sociedad para activar la visión de los riesgos.

La sensación de estar solos en este nuevo juego geopolítico es demasiado evidente. El norte tiene petróleo y gas, tiene temas de integración nacional en Bolivia, de gobernabilidad ante la influencia del narcotráfico en regiones de Perú, y la necesidad no satisfecha de energía para Brasil y Argentina, además del narcotráfico en la agenda de Estados Unidos.

Que quede claro que el poder militar es un componente esencial y permanente del Poder Nacional, y que en cada problema donde se ventilan temas de soberanía, está expuesto dicho poder. Este existe, al lado de la diplomacia y de los otros mecanismos de la política, como última ratio de la voluntad del Estado. Eso se sabe y reconoce como tal en la comunidad internacional.

Pero no siendo el único componente, tampoco es ciego o irracional, sino parte de un dispositivo más amplio que ojalá jamás se use. Pero está ahí y resulta inútil obviarlo o actuar como si no existiera.

Sería una lamentable distorsión dar la apariencia de que Chile está cómodamente asentado en el statu quo, pensando solo en su poder militar, y que ha desechado o hecho mal la tarea de utilizar todo el resto del arsenal jurídico y diplomático que tiene para enfrentar su tema vecinal en el norte del país. Eso no es solo ir a La Haya sino también desplegarse con energía en todos los campos posibles.

Chile, más que prudente, ha sido tímido a la hora de activar sus mecanismos diplomáticos y políticos con dureza, dejando claro el mensaje de que la soberanía no es objeto de negocios en tribunales internacionales y que los juicios son controversias sin retorno cuando uno gana y otro pierde.

Si por razones de Seguridad Nacional el país decide aplicar el principio de que soberanía significa incluso la capacidad de autolimitarse por voluntad propia, y entrega un corredor a Bolivia, ello no es alcanzable a través de un juicio sino de un diálogo voluntario. Por tanto, debiera quedar claro que la poco amistosa actitud boliviana de demandarnos en La Haya tiene un mar de distancia con una solución pacífica.

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