lunes, 19 de octubre de 2015

El Chapo Guzmán ha burlado en dos ocasiones el cerco militar

Un soldado vigila un retén a las afueras de Cosalá, Sinaloa. / R. SCHEMIDT (AFP)

El narcotraficante se subió a una avioneta tras huir del penal


Fuentes oficiales temen una alianza con el Cártel de Jalisco


El Chapo, herido en el rostro y una pierna

JAN MARTÍNEZ AHRENS México 19 OCT 2015 - 02:39 CEST

La leyenda se agiganta. Joaquín Guzmán Loera, El Chapo, el narcotraficante cuya fuga ha puesto en jaque al Estado mexicano, ha burlado ya dos veces el cerco de sus perseguidores. Primero fue a finales de julio en Los Mochis, Sinaloa, y hace ocho días, en un rancho de la Sierra Madre. En ambas ocasiones, según fuentes cercanas a la investigación, el hombre más buscado de América se ha librado en el último momento de caer en manos de los implacables comandos de la Marina. Y ahora, herido en las piernas y el rostro, ha vuelto a perderse en la inmensidad de las montañas del noroeste, su tierra natal. Por cuánto tiempo es un misterio. El presidente de la República, golpeado por su fuga, ha ordenado una gigantesca movilización. Miles de soldados, policías y agentes de inteligencia le pisan los talones. Hasta Estados Unidos se ha sumado a la cacería. El duelo es histórico; la persecución, implacable. Pero El Chapo, de momento, resiste.

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Nadie sabe con seguridad cómo ha logrado evadirse dos veces en menos de dos meses. Si hubo suerte, previsión o directamente un aviso es algo que, posiblemente, quedará enterrado para siempre. Ya 2014, en las semanas anteriores a su detención en un piso turístico de Mazatlán, también escapó en el último instante. Fue en una casa de seguridad de Culiacán. Una puerta de blindaje hidráulico le dio los minutos necesarios para huir por un pasadizo que desembocaba en las alcantarillas. Tras este episodio, del que también salió herido, decidió romper su círculo de seguridad, en la creencia de que estaba minado por los servicios de inteligencia, y buscar refugio de las montañas de Sinaloa. Antes de su partida, acudió a ver a su esposa y sus hijas gemelas. Esa visita fue su perdición.

AFP

Ahora, todas las sospechas le vuelven a situar en el denominado Triángulo de Oro, entre Sinaloa y Durango. A ese agreste reino narco han sido desplazadas las unidades de la élite de la Marina. Curtidas en la guerra contra el crimen organizado (100.000 muertos y 25.000 desaparecidos desde 2006), estas fuerzas son de las pocas que en México gozan de la confianza plena de Estados Unidos. El año pasado ya detuvieron a Guzmán Loera y ahora ha vuelto a recaer sobre ellos la responsabilidad de atraparle. Para cumplir su misión disponen de un gigantesco arsenal de inteligencia y medios militares, pero también de la presión del Gobierno mexicano, a quien la pasmosa fuga de El Chapo ha dejado en ridículo frente a su vecino del norte y a su propia ciudadanía.

La reconstrucción policial muestra que, tras su huida de la cárcel de máxima seguridad de El Altiplano por un túnel de 1.500 metros, El Chapo fue conducido en coche hasta Querétaro, en el centro del país. Y desde allí llevado en avioneta hasta las montañas de Sinaloa. En ese territorio se juega la principal partida. Mientras el Ejército ha desplegado controles en casi todas las arterias viarias, la Marina rastrea sin contemplaciones los pueblos perdidos en la Sierra Madre. El operativo, con apoyo de los servicios de inteligencia, ha dado algunos frutos. El piloto que llevó a El Chapo hasta Sinaloa ya ha sido detenido. Y los drones de Estados Unidos han intervenido llamadas clave del entorno del criminal. El cerco, con estos medios, se ha estrechado. Pero el líder del cártel de Sinaloa, libre en un territorio que conoce como la palma de su mano, está demostrando una enorme capacidad de evasión. Sus movimientos se han vuelto imprevisibles. Los saltos y huidas son continuos. Y a sus hombres no les tiembla el pulso a la hora de disparar. Poco les importa que sean tropas de Infantería o los comandos de la Marina. Antes de permitir la captura de su jefe, están dispuestos a matar y morir.

El hombre más buscado de América se ha librado en el último momento de caer en manos de los implacables comandos de la Marina

En esta coreografía, Guzmán Loera no actúa solo. Aparte del apoyo de una población que le rinde vasallaje, a su lado está su histórico socio, Ismael El Mayo Zambada, uno de los grandes capos del narco mexicano. De su mano, El Chapo habría organizado su fuga del presidio y hallado refugio en el corazón de la Sierra Madre. Junto a esta ayuda, algunas fuentes oficiales citadas por medios mexicanos señalan también una estratégica y reciente alianza con el Cártel Jalisco Nueva Generación, el terrible grupo que en mayo pasado derribó un helicóptero militar y estranguló a plena luz del día la ciudad de Guadalajara, la tercera del país. Este pacto, aparte de multiplicar la capacidad letal de ambas organizaciones, habría ampliado el campo de acción de El Chapo y, por ende, sus posibilidades de fuga. Una nueva dificultad para un objetivo que se ha vuelto una prueba de fuego para la credibilidad del Estado mexicano.

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