lunes, 18 de abril de 2016

Los mejores mercados de Santiago de Chile

Puesto de frutas en el mercado de La Vega, en Santiago de Chile. / MATT MAWSON/CORBIS

De la gran lonja de pescado del país a las antiguallas del rastro Bio Bio, las plazas comerciales más sorprendentes de la ciudad

Consulta la guía 'El Viajero' de Santiago de Chile


Por ALFONSO F. RECA

Hay que reconocerlo, a los santiaguinos les gustan los grandes centros comerciales. Los hay prácticamente en cada barrio y albergan exactamente lo mismo que puede albergar cualquier mall alrededor del mundo: muchas tiendas con ropa parecida y establecimientos de comida rápida. Quizá alguno se diferencia por tener salas de cine, pero por lo demás tienden a ser una copia unos de otros. Una moda de importación estadounidense que amenaza con borrar del mapa mercados tradicionales y llenos de personalidad donde comprar, vender o simplemente pasear en un ambiente puramente chileno y rebosante de autenticidad. Proponemos un recorrido por las ferias de toda la vida que todavía se pueden encontrar en Santiago de Chile.

La Vega

Uno de los mercados de frutas y verduras más grandes del continente sudamericano responde a un espacio de aparente caos donde se mantiene un perfecto orden durante los 365 días del año. Cada mañana, desde muy temprano, en este laberinto de más de 6.000 metros cuadrados con olor a tomate y albahaca es posible encontrar los mejores (y más baratos) productos de la huerta chilena; desde decenas de variedades de patatas a brillantes y sabrosas paltas (aguacates), pasando por una inagotable colección de ajíes o las sandías más grandes nunca vistas. Prácticamente cualquier cosa que se coma se puede encontrar en esta interminable sucesión de puestos –y en sus alrededores– que comenzaron a instalarse en esta zona ya en el siglo XVIII. Aquí el que no vende, compra, y quien no hace ninguna de las dos cosas se ofrece a pujar por tu encargo a cambio de unas monedas.

Mercado Central

Turistas y locales en el Mercado Central, en Santiago de Chile. / MARCELO HERNANDEZ/GETTY

Situado frente a La Vega, pero al otro lado del río Mapocho, esta plaza especializada en pescado y marisco es muy conocida por propios y extraños: concentra la venta de productos del mar a particulares en un país con más de 7.000 kilómetros de costa. Tal es la variedad que ofrecen sus tenderos que prácticamente se ha convertido en un reclamo turístico más de la ciudad. No en vano, es el único mercado donde se pueden ver, tocar e incluso probar todo tipo de mariscos endémicos chilenos, como piures, locos, picorocos o jaibas. Las almejas son talla XXL, al igual que los mejillones. Congrios, corvinas, lenguados, merluzas, pejerreyes, róbalos y atunes lucen vistosos en busca de compradores mientras que los restaurantes del propio recinto ofrecen cartas repletas de producto fresco a precios más que razonables. Conviene buscar los restaurantes más pequeños y escondidos, ya que los demás están atiborrados de turistas. No es para menos: hace unos años la revista National Geographic incluyó el Central entre los cinco mejores mercados del mundo.

El Persa Bio Bio

Puestos del mercado Persa Bio Bio, en Santiago de Chile. / A. F. RECA

Aunque con el tiempo ha ido perdiendo parte de su esencia, el Bio Bio es la madre de todos los rastros. No es una calle, ni dos… es un barrio entero. Una zona de la ciudad donde cada manzana cobija cientos de puestos y tiendas donde es posible encontrar (verdaderamente) todo lo que se te ocurra. Algunos de estos viejos galpones se dedican exclusivamente al textil (y sus protocolarias falsificaciones), otros a mobiliario, a electrónica… Los más interesantes son los que están llenos hasta la bandera de antigüedades. Entrar en una de estas naves es como retroceder varias décadas en el tiempo. De hecho, muchos son los productores de cine que bucean en el Bio Bio en busca de antiguallas para decorados y ambientaciones de películas de época. Un mundo paralelo repleto hasta el exceso de tesoros cogiendo polvo y esperando ser rescatados donde, eso sí, conviene que el viajero vigile sus artículos de valor, como carteras y teléfonos.

Los Dominicos

Artesanía en el mercado de Los Dominicos, en Santiago de Chile. / WOLFGANG KAEHLER/GETTY

Cualquiera que conozca Santiago confirmará que sabor colonial le queda muy poco a la ciudad, excepto una honrosa excepción: el pueblo de artesanos de Los Dominicos. En la falda de los Andes y en un contexto absolutamente alejado del bullicio de la ciudad, se ubica esta antigua misión que todavía conserva su encanto, pero cuya finalidad ha dado un importante giro hasta convertirse en un refugio de artesanos y artistas. Pequeñas tiendas –más de un centenar– donde es posible encontrar talleres de greda, cobre, lana o madera con los productos autóctonos más originales de la ciudad. Idóneo para un paseo tranquilo de domingo, los precios, eso sí, no son aptos para todos los bolsillos. Para encontrar artículos igualmente originales a precios más populares, provenientes de todos los rincones de Chile, lo mejor es dirigirse al centro de artesanía Santa Lucía, junto al cerro del mismo nombre.

BARRIO ITALIA

Con permiso de Lastarria, el Barrio Italia es el lugar de moda en la capital chilena, pese a que ni es barrio ni nada tiene que ver con dicho país europeo. En realidad hablamos de la calle Italia y algunas de sus vías circundantes, una zona que en los últimos años ha vivido un renacer gracias a restauradores, diseñadores y foodies (comidistas o amantes de la comida). Su presencia ha transformado las antiguas casonas de esta avenida en galerías repletas de vida que conjugan tiendas de diseño (tanto de ropa como de muebles y decoración) con románticos cafés escondidos en patios interiores y pequeños restaurantes con un toque de cocina de autor. Una zona sorprendente y en auge que merece un paseo en busca de regalos llenos de originalidad. La quintaesencia de laboutique de barrio.

Calles temáticas

En el centro de Santiago aún sobreviven calles igualmente curiosas en las que la actividad comercial está especializada en un producto concreto. Lejos de considerar a la competencia como un enemigo, estos comercios mantienen al gremio como eje de su oferta coral. No son muchas pero sí resultan curiosas por la monotemática concentración de productos que exhiben sus comerciantes. Por ejemplo, los amantes de las bicicletas tienen en la avenida San Diego una especie de cuartel general donde es posible adquirir cualquier cosa relacionada con el mundo de las dos ruedas. Algo parecido ocurre con las zapaterías en la céntrica avenida Estado o con las ópticas en Mac Iver. Todos los santiaguinos saben que si quieren comprar una lámpara tienen que vitrinear en la calle Merced. Incluso, si nos podemos técnicos, podemos rebuscar repuestos de electrodomésticos en el peatonal paseo Tenderini, pero eso ya es otra historia.

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