lunes, 2 de mayo de 2016

Amistades personales y raíces históricas, las bases de las relaciones entre los líderes mundiales

El presidente de Rusia, Vladímir Putin, junto al estadounidense, Barack Obama -REUTERS

El encuentro informal entre mandatarios celebrado el pasado lunes en la ciudad alemana Hannover reunió, por iniciativa de la canciller Merkel, al presidente estadounidense Barack Obama, al primer ministro británico Cameron y al italiano Renzi

Por SILVIA NIETO Madrid


El encuentro informal entre mandatarios celebrado el pasado lunes en la ciudad alemana Hannover reunió, por iniciativa de la canciller Angela Merkel, al presidente estadounidense Barack Obama, al primer ministro británico David Cameron y al italiano Matteo Renzi. Los gestos entre líderes,que con frecuencia miden la temperatura de sus relaciones, fueron analizados con detalle. Sobre todo los guiños que Obama brindó a Merkel, a quien aplaudió su posición en la crisis de los refugiados y llegó a calificar de su «socio más importante». Y eso por no mencionar sus declaraciones al diario «Bild», donde habló de ella como una «amiga» que le sirve de «fuente de inspiración».

El afecto mostrado por Obama hacia Merkel no solo supone un giro en la política exterior estadounidense, sino la prueba de que las filias y fobias de los mandatarios modifican las relaciones que entablan con sus homólogos. Cariño que no siempre es resultado de estrategias premeditadas, sino de simples afinidades propias. O de herencias históricas. Una combinación de ambas dibuja el mapa de las relaciones internacionales, donde los líderes políticos, que no son sus únicos actores, juegan un rol clave.

Las anécdotas históricas hablan por sí mismas. Ni siquiera durante la Guerra Fría, cuando la oposición entre capitalismo y comunismo marcó el ritmo de las relaciones internacionales, la política tuvo la última palabra. El factor humano también intervino. En su obra «La Guerra Fría», el historiador John Lewis Gaddis recuerda la simpatía que Nikita Kruschev, dirigente de la Unión Soviética entre 1956 y 1964, mostró a su manera por el senador estadounidense Hubert Humphrey: «Se detuvo para preguntar de dónde era su invitado. Cuando éste señaló Minneapolis en el mapa, Kruschev trazó un círculo con un gran lápiz azul y dijo: 'No olvidaré ordenar que los misiles dejen a salvo esa ciudad'».

El final de la Guerra Fría terminó con la lógica de amigos de Washington enfrentados a aliados de Moscú, aunque algunos investigadores ahora lo cuestionan. En marzo de 2014, el historiador ruso Dmitri Trenin sugirió en un artículo titulado «Bienvenido a la Segunda Guerra Fría», publicado en la revista «Foreign Policy» y fechado en octubre de 2014, que en realidadconflictos como el abierto en Ucrania permiten afirmar que la vieja confrontación regresa para quedarse. Y pese a los reproches que pueda tener su postura, lo cierto es que los leales al presidente Barack Obama no suelen coincidir con los del ruso Vladímir Putin.
Washington, un amigo histórico

La relación de Estados Unidos con los países que componen la Unión Europea ha estado marcada por los vaivenes históricos. Washington comparte con Bruselas una cultura basada en la democracia y el libre mercado, aunque los vínculos con los países europeos varían tanto como el propio mosaico que supone el continente. El encuentro entre Obama y la canciller alemana Angela Merkel se saldó con un intercambio de halagos mutuo, gesto que posee un significado que va más allá del simple agasajo. Como recordó Rosalía Sánchez, corresponsal en Berlín de ABC, la buena sintonía entre ambos líderes ensombrece la «relación especial» de Washington con Londres, asentada en la primera mitad del siglo XX.

«Cada vez que tengamos que decidir entre Europa y el mar abierto, siempre elegiremos el mar abierto. Cada vez que tenga que elegir entre usted y Roosevelt, siempre elegiré a Roosevelt», indicó el primer ministro británico Winston Churchill al general francés Charles de Gaulle días antes del Desembarco del Normandía, operación militar iniciada el 6 de junio de 1944, durante la Segunda Guerra Mundial. El madantario inglés mostró así su impaciencia ante la actitud del francés. Un enfado compartido por el presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt, que rechazaba al galo y «su gobierno provisional» para Francia.

De Gaulle tomó nota. El futuro presidente de la República francesa siempre mostró un antiamericanismo combinado con sus recelos frente a Londres: hasta en dos ocasiones, en 1963 y 1967, vetó la entrada de Reino Unido a la entonces llamada Comunidad Europea. Diferente fue su trato con Bonn. La construcción de las instituciones europeas permitió que los dos enemigos tradicionales, enfrentados durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial, se diesen literalmente la mano. En enero de 1963, la firma del Tratado del Elíseo entre De Gaulle y el canciller de la República Federal de Alemania, Konrad Adenauer, asentó la base de una colaboración que todavía continúa, ahora encarnada por François Hollande y Angela Merkel.

Los lazos entre estadounidenses y alemanes fueron de otro tipo. Washington se involucró tanto en la Primera como en la Segunda Guerra Mundial del lado de los aliados, con Berlín como enemigo a batir. La Guerra Fría cambió las cosas, con una Alemania dividida en dos. El discurso del presidente Kennedy en junio de 1963 y el de Reagan en junio de 1987, cuando ambos mandatarios criticaron el Muro de Berlín y pidieron su desaparición, marcaron hitos simbólicos en la amistad con la República Federal de Alemania, la mitad occidental, democrática y practicante del libre mercado. Los piropos de Obama a Merkel, junto a la apuesta del actual mandatario estadounidense por la permanencia de Reino Unido en la Unión Europea, simbolizan un paso adelante por parte de la Casa Blanca. Su apuesta ya no se centra tanto en Londres, sino en Bruselas.


Putin, amigos variopintos


Una mezcla de afinidades personales y puro pragmatismo ha definido la política exterior de Moscú durante estos años. Putin alcanzó la presidencia de Rusia en diciembre de 1999, y desde entonces entabló un rosario de amistades de lo más variado: partidos de extrema derecha europeos, popes de la nueva izquierda latinoamericana o el controvertido Silvio Berlusconi, ex primer ministro italiano, se encuentran entre sus aliados.

«Putin se mueve por sus intereses, que más que intereses positivos son negativos, ya que están de acuerdo en lo que no les gusta», recuerda Nicolás de Pedro, investigador del laboratorio de ideas CIDOB. Un «sustrato común» que muchas veces brota de su rechazo a las políticas de Estados Unidos. El factor ideológico ocupa un segundo plano, lejos de su protagonismo durante la Guerra Fría. «Rusia Unida es un partido del presidente Putin y su ideología es el poder, aunque se presenta como una formación conservadora con la idea de la defensa de los valores tradicionales rusos», añade el especialista.

Putin y su proximidad con partidos de extrema derecha como el húngaro Jobbik o el búlgaro Ataka se alimenta precisamente de «la perspectiva de la agenda ultraconservadora, con una Europa decadente sin valores y que encuentran una fuente de inspiración en Putin», sostiene De Pedro. Una cercanía curiosa, dado que tanto Hungría como Bulgaria formaron parte de las denominadas «democracias populares», dictaduras comunistas que gravitaron en torno a Moscú durante la Guerra Fría. Ese periodo, firmemente rechazado por las citadas formaciones, no goza del mismo desdén por parte de Putin. El mandatario ha utilizado el pasado soviético como un argumento más de su discurso nacionalista, recordando su carácer de superpotencia militar e industrial y omitiendo la ausencia de libertades u otros aspectos más polémicos.

El coqueteo con la extrema derecha no ha sido óbice para el acercamiento ruso a la izquierda latinoamericana. Putin siempre mantuvo buenas relaciones con el presidente venezolano Hugo Chávez, a quien llegó a calificar de «amigo íntimo de Rusia», o con la argentina Cristina Kirchner. Los vínculos se basaron de nuevo en la «confrontación con Estados Unidos», aunque no solo el interés ha establecido las amistades del mandatario. En el caso de Silvio Berlusconi, fue «la simpatía y la amistad» y la «afinidad personal entre ellos», como recuerda De Pedro.

El mundo ha cambiado tras la caída del Muro de Berlín y la desaparición de la Unión Soviética. Los esquemas de alianzas ya no funcionan por un criterio ideológico. Pero ciertos vicios de la confrontación de entonces, aliñados con las simpatías humanas que los líderes manifiestan, prosiguen.

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