martes, 13 de septiembre de 2016

PABLO ESCOBAR 1949 - 1993

MATAR A ESCOBAR

Por El PAÍS

Una bala silba, penetra el centro de la oreja derecha y sale despedida en una exhalación por la oreja izquierda. Entremedias, se lleva por delante 3.500 civiles muertos, tres candidatos a presidente, 1.000 policías asesinados y ciento siete bombas. El horror desatado por la ambición de un solo hombre. Un solo hombre que cae, ya sin vida, descalzo, desaliñado, un polo azul y unos pantalones demasiado largos por vestimenta, el pelo aplastado en rizos de sangre y la barba desastrada y espesa de quien vive en cautiverio, como un animal.15.40. Dos de diciembre de 1993. Medellín, barrio de los Olivos, sobre las tejas del inmueble #45-D-94 de la Calle 79a.

Pablo Emilio Escobar Gaviria ha muerto.

Pero, ¿quién fue el asesino de Escobar? ¿Fue el mayor Hugo Aguilar, el que le gritó a la radio de la policía: “¡Viva Colombia! ¡Acabamos de matar a Pablo Escobar!”, el que constaría en los informes oficiales como autor del tiro fatal? ¿Fue el hermano de Diego Fernando Murillo, uno de los PEPES que supuestamente se apostaba en el tejado a la espalda del capo? ¿O fue el propio Pablo Escobar, como defiende su hijo Juan Pablo Escobar ahora Sebastián Marroquín, el que se dio el tiro de gracia en la sien para caer por su propia mano? El cuerpo sin vida de Pablo Escobar yace en el techo de la casa rodeado de miembros de la policía colombiana y de las fuerzas de seguridad.

Ni en la muerte pudo Escobar dejar en paz su leyenda. La del padre de familia. El amante de mil y una mujeres. El terrorista capaz de volar un avión para matar a uno de sus enemigos. El candidato a presidente de Colombia. El propietario de la segunda población de hipópotamos del mundo. El hombre que cambió la constitución de su país para evitar ser extraditado. Y, sin embargo, Escobar murió. Por una cadena de errores que empezaron mucho antes de ese día en el que despertó a las doce del mediodía, resacoso y con el vientre dolorido por los excesos del día anterior, el de su 44 cumpleaños.

LA HUIDA DE LA CATEDRAL

El 21 de julio de 1992, Pablo Escobar se ponía la soga al cuello. Lo hacía a lo grande, como todo en su vida de excesos. Cuatro funcionarios secuestrados por nueve de sus hombres. Un asalto del ejército. Una fuga de la cárcel en la que vivía a cuerpo de rey y que pagó de su bolsillo. Y el asesinato, por su propia mano, de cuatro lugartenientes de su organización, el cartel de Medellín, el mismo día que consiguió fugarse.

Por aquel entonces, Bruce Bagley (Oakland, Estados Unidos, 1946) se recorría Colombia entrevistando a los PEPES, los paramilitares que se habían autodenominado Perseguidos por Pablo Escobar, para un programa de 60 minutos dirigido por el legendario periodista afroamericano de la CBS Ed Bradley. Ahora, desde la comodidad de su despacho en la Universidad de Miami, en la que ejerce como profesor y director del Departamento de Estudios Internacionales desde hace una década, Bradley es tajante al valorar la fuga de Escobar y sus consecuencias para el capo: “Se condenó, porque el gobierno colombiano ya no podía permitir esto. Era demasiado incluso para él”.

La fuga de Escobar es la gota que colma un vaso que el capo había venido llenado durante el último lustro de los años 80. Sebastián Marroquín, el hijo de Pablo Escobar, contaba en el documental Pecados de mi padre (Nicolás Entel, 2009) cómo su progenitor “enloqueció” al ver frustradas sus aspiraciones de ser presidente de Colombia. Esta decepción fue la espoleta que activó una explosión de violencia por su parte cuyo primer episodio crucial fue la muerte de Rodrigo Lara Bonilla, ministro de justicia, el 30 de abril de 1984.

Para Alexander Montoya Prada (Cajamarca, Colombia, 1972), director del Centro de Investigaciones Sociales, Jurídicas y Políticas (CISJUP) de la Universidad de Cauca y experto en la materia, es este homicidio el que marca el primer capítulo que cierra la fuga de la Catedral: “Generó atentados, ataques sicariales contra funcionarios de la rama judicial, periodistas, policías y civiles, como parte de la estrategia de Escobar de presión a los gobiernos de Belisario Betancur (1982-1986), Virgilio Barco (1986-1990) y Cesar Gaviria (1990-1994), para no ser capturado y extraditado a Estados Unidos. Así se generalizó el terror en la población, el miedo y la zozobra permanente”, valora el académico. Escobar martilleaba así los primeros clavos en su tumba al ponerse en contra un sinfín de enemigos.

NI UN AMIGO EN EL HORIZONTE

Repasar la lista de amigos de Escobar es mucho más sencillo que repasar su lista de enemigos. En el último año y medio de su vida, tras la fuga de la Catedral, los grupos sociales y paramilitares que querían matar al capo eran incontables. Y optaron por una alianza en común para acabar con el Rey de la cocaína.

“Escobar supo poner en contra al Gobierno golombiano, la DEA [agencia gubernamental estadounidense para el control de drogas], el cartel de Cali y los PEPES [grupo paramilitar financiado por exsocios del propio Escobar pertenencientes al cartel de Medellín]. Todos ellos colaboraron entre sí con información y espionaje para cazar a Pablo. No tenía muchos amigos, desde luego [ríe]”, explica Bagley. Sus rivales en el negocio, los caleños hermanos Orejuela líderes del cartel de Cali, fueron especialmente generosos con la cesión de todo su poder e influencia al servicio de la caza y captura del narcotraficante fugado: “Brindaron información y recursos logísticos, además de realizar operativos para atacar a Escobar, sus abogados, socios y redes, incluyendo atentados contra el capo y su familia, asesinatos y actos de terrorismo”, enumera el académico Montoya Prada.

Escobar era además víctima de una tecnología en la que no creía. La vigilancia telefónica remota, el pinchar y escuchar los móviles que es pan de cada día en el presente era para el capo ciencia ficción. “Él no consideraba posible que la DEA fuera capaz de hacerlo. Por eso se descuidó”, afirma Bagley. Un descuido que acabaría costándole la muerte un día después de cumplir 44 años.

LLAMADA AL HOTEL TEQUENDAMA

—Diles, mi padre no puede entregarse salvo que tenga garantías de su seguridad.
—Vale.
—Y lo apoyamos completamente en esta decisión.
—Vale.
—Sí.
—Mi padre no va a entregarse antes de que nos hayan acogido en un país extranjero, mientras la policía….
—La policía y el DAS [principal servicio de inteligencia colombiano] queda mejor. Porque el DAS también está buscándome.

Es solo un fragmento de la segunda llamada que Pablo Escobar hizo al Hotel Tequendama, donde se alojaban bajo extremas condiciones de seguridad su mujer y su hijo, en la tarde del dos de diciembre de 1992, tal y como la cuenta el periodista Mark Bowden en su clásico bestseller Matar a Pablo(Penguin Random House, 2001). Con la primera no pudieron rastrearlo. Pero con la segunda, el servicio de inteligencia colombiano supo que Escobar estaba, como habían detectado por llamadas anteriores la DEA, en la zona oeste del barrio de los Olivos.

La llamada comenzó a las tres. Entre las 15.20 y las 15.40, dependiendo de la versión oscilan esos 20 minutos, Pablo Escobar estaba ya muerto, desangrándose sobre el tejado de su último cubil, protegido por un único sicario, Alvaro de Jesús Limón, que fue acribillado por las fuerzas colombianas solo minutos antes que su patrón, al intentar salir por la ventana.

Por qué Escobar cometió este error fatal se explica por otra de sus contradicciones. A pesar de sus múltiples amantes, orgías y excesos, era un hombre familiar. No podía evitar el llamar a su familia, a la que amaba e incluso empleó una estrategia pueril, hacerse pasar por un periodista, en su contacto con el hotel Tequendama para saber cómo le iba a su mujer y a su hijo. El instante en el que cazador (el mayor Hugo Aguilar al cargo del operativo) y cazado (el Pablo Escobar desaliñado y obeso a la fuga) cruzan una mirada es descrito así por Bowden.

“Un hombre gordo estaba de pie tras la ventana del segundo piso. Tenía el cabello largo, rizo y una barba espesa. La imagen atravesó a Hugo como una corriente eléctrica. Era Pablo Escobar”. “Estaba hablando por el telefóno. De pronto, se alejó de la ventana. Hugo creyó captar una mirada de sorpresa. Por sus auriculares, escuchó decir a Escobar: ‘Buena suerte’ y terminar la conversación con su hijo”. La muerte lo esperaba.
EL BIGOTE DE HITLER

“Murphy subió a la segunda planta y miró al tejado a través de la ventana. Vio un cuerpo ensangrentado, descalzo, sobre las tejas naranjas. Los hombres de la redada rodeaban el cadáver, mientras compartían tragos de una botella etiqueta negra de güisqui”. Es la imagen grotesca que el destino quiso regalar a Pablo Escobar por sus crímenes. Fue a peor, demostrando que sus cazadores lo consideraban, en todos los sentidos, más un animal que una persona. Dos oficiales cogieron un cuchillo y cada uno le cortó un extremo del bigote a Escobar, para llevárselo como prenda. Un ridículo bigotín a lo Hitler fue lo que lució el cadáver del capo en las imágenes que dieron la vuelta al mundo. El pintor colombiano Fernando Botero plasmó la iniquidad cometida contra el cadáver en un cuadro, La muerte de Pablo Escobar (1999), sin duda una de las imágenes inolvidables de finales del siglo XX.Miembros de la policía y fuerzas de seguridad colombianas inspeccionan en una camilla el cuerpo sin vida de Pablo Escobar. Agencia: AP.

Días después, un desesperado Juan Pablo Escobar, hijo del capo, que había renunciado a su deseo inicial de vengar a su padre, acudía desesperado a la embajada americana para solicitar asilo en Estados Unidos. Los carteles lo habían amenazado de muerte y tortura a él, a su madre y a su hermana. Tenía 15 años. Su hermana, Manuela, nueve.

Esta fue, según el autor Mark Bowden, la conversación.

—Cuánto me costaría tener un visado.
—Ni toda la cocaína ni el dinero que genera en el mundo te podrían comprar un visado.
—¿Está seguro? ¿De veras no hay nada que podamos hacer para tener una visa?”.
—Incluso aunque lograras meter a todo el cartel de Cali en la cárcel, no te daríamos el visado.

Juan Pablo se va. 

MEDELLÍN

Fundado en 1973, el cartel de Pablo Escobar llegaría a dominar una red de negocio por más de 20.000 millones de euros. Los hombres de los que se valió Escobar para afianzar su negocio eran de clase baja en general, criminales de medio pelo dispuestos a cometer las atrocidades que hicieran falta para mantener a su organización en la cresta de la ola. El propio Escobar incentivaba esta violencia al amenazar directamente con el asesinato de los familiares, mostrando sus fotos para probar que los conocía, a cualquiera que se opusiera a su voluntad.

CALI

Fundado en esta populosa ciudad portuaria, la tercera del país, el clan de los hermanos Orejuela era lo opuesto en métodos e intereses al de Medellín. La violencia para el cartel de Cali era un último recurso cuando se agotaban todas las vías negociadoras y su integración con la clase alta caleña estaba totalmente afianzada en los años 90. En sus barrios, al sur de la ciudad, el crimen estaba prohibido y agentes de policía a sueldo de la organización velaban porque esta prohibición no fuera quebrantada.

Pablo Emilio Escobar Gaviria El Rey de la cocaína

Desalmado, mujeriego, populista, ambicioso pero también familiar y carismático. El hombre más perseguido de Colombia solo aceptaba llevar la corona de la cocaína. Y quien se atreviera a discutírsela recibiría plomo.

Miguel Rodriguez OrejuelaEl Señor

El hermano pequeño de Gilberto era el segundo de abordo. Era un hombre de cara y cruz. La cara, su actitud afable en los círculos sociales selectos. La cruz, la planificación de los actos violentos del cartel.

BATALLAS DE LA GUERRA

FEBRERO1988 Cinco pistoleros irrumpen en la farmacia Drogas La Rebaja, propiedad de los Orejuela, asesinan al dependiente e incendian el local. 50 atentados más con bombas contra las propiedades y negocios del Cartel de Cali se suceden en Medellín. 

MAYO1990 El Cartel de Medellín explota 100 kilos de dinamita en la calle de la Rumba. Mata a 9 personas e hiere a 45. 

NOVIEMBRE1986Jorge Luis Ochoa, capo de Medellín, es detenido en Calisupuestamente gracias a la intervención del cartel de Cali. 

ENERO1988 Una de las residencias de la familia de Pablo Escobar, el Edificio de Mónaco, vuela por los aires con un coche cargado con 700 kilos de dinamita.

LA RIVALIDAD EN CIFRAS

15.000 toneladas de cocaína a la semana exportaba el cartel de Medellín cada semana a Estados Unidos.
200 policías estaban en plantilla del Cartel de Cali
4.500 homicidios al año por la droga
1.000 homicidios al año por la droga
27.000 millones se calcula que generaba el negocio
280 empresas y una fortuna que superó los 1.800 millones de euros daban la medida del tamaño del cartel
15.0000personas murieron en el enfrentamiento armado entre los dos carteles durante la década de conflicto entre ambos carteles.

EL FIN DEL CAPO

112:00 -13:00Medellín. Barrio Los Olivos

Escobar se levanta al mediodia, probablemente con resaca de la celebración de su cumpleaños.

La serie narra la trepidante historia real de los principales narcotraficantes de la droga de los años 80 y los esfuerzos contundentes de la policía para acabar con los responsables de este sangriento conflicto. La cruda narración plasma los diferentes conflictos jurídicos, políticos, policiales, militares y civiles que chocan al intentar unir fuerzas para controlar el mundo de la cocaína, uno de los productos que genera más dinero en el mundo.

LOS ÚLTIMOS DÍAS DE EL PATRÓN

Si la primera temporada del drama original de Netflix relataba el ascenso del conocido líder del narcotráfico Pablo Escobar (interpretado por el brasileño Wagner Moura), desde los años 80 a principios de los 90, la segunda entrega se centra en un único año de su vida, desde que escapa de la Catedral en julio de 1992 hasta que es abatido por la policía en diciembre de 1993.

En esta segunda edición, la caza continúa para los agentes de la DEA Steve Murphy (Boyd Holbrook) y Javier Peña (Pedro Pascal) que, junto con el gobierno colombiano, buscarán alianzas con el cartel de Cali, enemigo acérrimo del capo. 

A ellos se suman nuevas caras como los hermanos Castaño, líderes de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) o El Limón, el guardaespaldas de Escobar en sus últimos meses.

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