domingo, 18 de diciembre de 2011

Ha muerto Protocolo de Kioto, vendo casa en bonita playa

La muerte de doña Protocolo fue la culminación de una cadena de aciagos acontecimientos, iniciada mucho antes de su matrimonio con el señor Kioto, que se vio agrandada por los eslabones añadidos en los últimos cinco años, lapso durante el cual sus amigos le jugaron quiquiriviqui

por Sandor Alejandro Gerendas Kiss

Ahora comprendo a los canadienses

No sé si soy demasiado pichirre o ando mal económicamente, lo cierto es que cuando llegué al pequeño kiosco, allí donde se ponen los avisos clasificados, redacté la esquelita más económica que tenían, de apenas cinco palabras: “Ha muerto Protocolo de Kioto”. Ya estando en la ventanilla para pagar, el amable empleado me informó que tenían una oferta y costaba lo mismo un aviso de diez palabras. Puede agregar unas palabras más sobre la honorable difunta –me dijo–. Gracias, joven –le contesté–, pero con esto me basta, mas fue tanta su persuasión que tomé la planillita de nuevo y terminé por rellenarla.

El amigo se sorprendió grandemente cuando leyó el contenido: “Ha muerto Protocolo de Kioto, vendo casa en bonita playa” y no pudo aguantar el comentario –usted dirá que soy entrometido, pero una frase no guarda relación con la otra–. Claro que sí, chamo, al fallecer la señora Protocolo no habrá quien nos cuide del calentamiento global. El cambio climático hará derretir los glaciares de las montañas y los icebergs de los polos, haciendo subir el nivel de mares y océanos, borrando del mapa las construcciones de todas las costas del mundo, entre ellas mi humilde casa, que es lo que más me duele. Con esto me despedí, no sin antes pedirle la máxima discreción: –no digas nada, porque si la gente se entera nadie va a comprar mi casita y voy a terminar por perderla.

Camino a la oficina, medité hasta la licuefacción de mis ojos sobre la mala suerte que acompañó a doña Protocolo de Kioto, la hermosa dama en la que tanta gente había depositado sus esperanzas. Hay que ver lo salada que fue durante toda su vida, especialmente desde que se casó con el señor Kioto. En estos quince años, en verdad, no dio pies con bola hasta que su marido terminó por echarla de su lado, argumentando que no tenía dinero para mantenerla. Fue tanto el infortunio de la doña, que el día en que se decidía su suerte coincidió con el caso de otra señora, doña Crisis de Europa, quien acaparó las primeras páginas de todos los medios, en cambio a la pobre Protocolo solo le asignaron unos cortos centimetrajes en las páginas interiores. Muchos ni siquiera se enteraron de su desgracia y nadie salió en su ayuda cuando fue arrojada por el señor Kioto a la calle, sin un centavo. De golpe le sobrevino un ataque de pánico, luego cayó en una profunda melancolía y terminó estrellando su humanidad contra una sucia acera. Tras el fulminante infarto, quedó tirada por horas sin que nadie viniese a recoger su malogrado cuerpo. Unas semanas después del entierro, acto privado del más bajo perfil imaginable –los canadienses no comparecieron y ni siquiera enviaron flores– ya nadie habló de ella. La crisis económica se encargó de desdibujar el hermoso rostro de Protocolo de Kioto.

Los enemigos acérrimos de doña Protocolo, la temida banda de los Negacionistas, celebraron en grande su desaparición. No es para menos, de pronto han quedado libres de barreras para contaminar a sus anchas sin que nadie los esté supervisando ni poniendo multas, pero no están al tanto, o se hacen los locos, de que existe otra señora, durísima e implacable, todavía invisible para muchos, que juró vengar a doña Protocolo. Se trata nada menos que de doña Cambio de Clima. Ella sí que es bien brava de verdad, además cuenta con el total apoyo del señor Clima, su marido, dispuesto a darnos con todo para que aprendamos a respetar y temer las amenazas climáticas por culpa del mal comportamiento hacia nuestro giratorio y viajante hábitat.

La muerte de doña Protocolo fue la culminación de una cadena de aciagos acontecimientos, iniciada mucho antes de su matrimonio con el señor Kioto, que se vio agrandada por los eslabones añadidos en los últimos cinco años, lapso durante el cual sus amigos le jugaron quiquiriviqui, la tuvieron para atrás y para delante y al final la mandaron al carajo. Desde Bali, en 2007, hubo un diferimiento sistemático, que siempre culminaba con “casi alcanzamos los acuerdos, solo nos faltaron unos detalles que los ultimaremos en la reunión del año que viene”. Así pasó en Copenhague 2009, así pasó en Cancún 2010, hasta que la semana pasada, en Durban 2011, quedamos sin protocolo climático, desprotegidos, como si estuviéramos desnudos al aire libre. Puede que pronto nos quedemos sin costas, pero menos mal que ya me puse las pilas con el avisito clasificado. Bueno, los dejo, tengo que salir corriendo para vender mi casita. Espero obtener un buen precio. Ahora comprendo a los canadienses.

agerendas@gmail.com

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