«Esta será seguramente la última oportunidad en que me pueda dirigir a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las torres de Radio Portales y Radio Corporación. Mis palabras no tienen amargura, sino decepción, y serán ellas el castigo moral para los que han traicionado el juramento que hicieron…».
—Salvador Allende, 11 de septiembre de 1973.
Saludos a todos.
Escrito por don Juan Carlos, editor senior emérito
Escribo este artículo con el fin de revelar los hechos que han sido ocultados deliberadamente. La carrera pública del expresidente, el doctor Salvador Allende, se estructuró desde una sólida matriz intelectual, médica y republicana; un sustrato ideológico que vinculó el racionalismo ilustrado con la justicia social, convergiendo su rol fundamental en la fundación del Partido Socialista con su activa permanencia en la masonería secular. Esta visión proyectó su figura hacia el parlamento, donde ejerció como diputado y luego como senador por más de veinticinco años continuos. Durante su gestión como ministro de Salubridad, aplicó un enfoque clínico objetivo que supeditaba el bienestar biológico a la dignificación material de las mayorías, instalando así el debate institucional sobre la responsabilidad protectora del Estado. Bajo una rigurosa mirada constitucional, la vía legislativa representó el canal legítimo para procesar las demandas estructurales de la clase trabajadora dentro del ordenamiento del Estado de derecho. Así, su experiencia parlamentaria consolidó un liderazgo de carácter civilista que concebía el diseño normativo como la herramienta óptima para la transformación pacífica de la sociedad chilena hacia un modelo de equidad. En definitiva, la articulación de su formación científica, su disciplina interna y su adscripción orgánica delinearon una praxis política enfocada en el razonamiento ideológico y el respeto estricto a las normas de la república.
La trayectoria posterior de este liderazgo se caracterizó por una de las luchas sociales de más largo aliento en la historia nacional y la defensa de las postergadas clases media y trabajadora del país para incorporarlas al goce de una ciudadanía plena y representativa. Su pedagogía política se centró en denunciar las asimetrías del modelo de desarrollo oligárquico, promoviendo reformas estructurales para revertir los índices de pobreza, que afectaban al Chile profundo. A través de sucesivas campañas presidenciales, se estructuró un bloque histórico pluripartidista que subordinaba la confrontación violenta a una estrategia de acumulación de fuerzas mediante los canales electorales legítimos del sistema democrático. No obstante, la conformación de este frente único chocó con realidades sociológicas que fragmentaban la acción colectiva, demostrando que el concepto de pueblo no representa una masa homogénea, sino una inmensa diversidad de grupos con prioridades distintas: desde el obrero y el pequeño comerciante hasta el joven estudiante y el profesional. Estas discrepancias doctrinales legítimas impidieron la existencia de una sola receta técnica aplicable, lo que convirtió a la política en el escenario donde las distintas visiones debían competir o negociar en lugar de fundirse en un solo pensamiento nacional, y planteó la defensa de los derechos económicos y sociales como un imperativo institucional pendiente.
El acceso al gobierno en 1970 inauguró la denominada vía chilena al socialismo. Este ensayo de transición se caracterizó por un programa de cuarenta medidas inmediatas destinadas a redistribuir el ingreso y garantizar la seguridad alimentaria. La gestión implementó políticas de profundo alcance social, tales como una masiva campaña nacional de alfabetización en sectores vulnerables, la distribución garantizada de medio litro de leche diario para la infancia y la aceleración de la reforma agraria en beneficio del campesinado desposeído. En el plano macroeconómico, se concretó la nacionalización de la gran minería del cobre mediante una reforma aprobada por unanimidad en el Congreso Nacional, lo que permitió recuperar el control de las empresas estratégicas que aportaban divisas al país. El impacto de estas medidas trascendió el posterior quiebre institucional. A pesar del giro ideológico la implementación de la contrarreforma agraria, los programas de nutrición materno-infantil se mantuvieron. Esta continuidad contribuyó a erradicar la desnutrición en las décadas siguientes, demostrando que las transformaciones ligadas a la dignidad básica dejaron una huella cultural indeleble.
En Defensa de la Verdad
Por último, cabe señalar que la Vía Chilena al Socialismo de Salvador Allende, llamada la revolución con sabor a empanada y vino tinto, buscaba instaurar el socialismo por vías democráticas e institucionales, no armadas, respetando la Constitución y las elecciones libres. El final del gobierno popular estuvo marcado por conspiraciones graves como el asesinato del comandante en jefe del Ejército, René Schneider, el del edecán naval Arturo Araya y la asonada militar conocida como el Tanquetazo, un intento fallido de golpe de Estado liderado por el teniente coronel Roberto Souper. Ante el riesgo inminente de una guerra civil, Salvador Allende rechazó armar a los civiles y planeó convocar a un plebiscito consultivo para resolver el conflicto de forma pacífica y democrática. Sin embargo, el golpe militar clausuró el orden constitucional de manera violenta días antes de formalizarse la convocatoria electoral, instaurando un régimen dictatorial que suspendió las garantías individuales y ejecutó una represión sistemática contra toda la base social organizada.
Hoy, en vísperas de un nuevo aniversario de esa ruptura, el legado del expresidente Salvador Allende, centrado en el desarrollo del «hombre nuevo» como pilar de la futura sociedad chilena, contrastó radicalmente con el viraje tomado por la posterior dirigencia socialista de la transición. Este último sector pactó con el neoliberalismo de la Concertación y la oligarquía financiera que subordinó los derechos sociales y la justicia reparatoria al mercado y la austeridad fiscal, tratando las pensiones de las víctimas como un limitado «gasto social» y no como un deber ético estatal. Además, crearon «La Oficina», un organismo de inteligencia civil orientado a la desarticulación y neutralización de las organizaciones de resistencia, y una política de consensos con los poderes establecidos —incluido el militar— que paralizó y postergó indefinidamente las demandas populares y de las víctimas.
«Siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos, mi recuerdo será el de un hombre digno que honró la lealtad de los trabajadores. Superarán otros hombres este momento gris y amargo, donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor».
—Salvador Allende, 11 de septiembre de 1973.
¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!



















%203.54.54%E2%80%AFp.m..png)

%203.54.54%E2%80%AFp.m..png)