Saludos a todos.
Escrito por don Juan Carlos, editor senior emérito.
Si George Washington y Thomas Jefferson se levantaran hoy de sus tumbas, contemplarían la Casa Blanca con un sentimiento de profundo espanto al ver materializadas sus peores advertencias sobre el colapso de la república. Washington, guiado por la rectitud de los valores masónicos y la virtud cívica, reconocería de inmediato en la actual administración la llegada de ese hombre astuto, ambicioso y sin principios que describió en su discurso de despedida, alguien capaz de subvertir la soberanía popular para usurpar las riendas del Estado. Por su parte, Jefferson denunciaría con severidad la consolidación de un despotismo electo que gobierna mediante decretos unilaterales, confirmando con amargura que las instituciones democráticas que diseñaron con tanto celo han sido doblegadas por la retórica del miedo y la idolatría ciega de un liderazgo mesiánico.
Este quebrantamiento ético se traduce en una maquinaria de autoenriquecimiento familiar descarado que carece de precedentes históricos en la presidencia de los Estados Unidos, registrando ganancias multimillonarias mediante el comercio de influencias, plataformas financieras y la captación de megafondos procedentes de potencias extranjeras. Mientras el núcleo familiar expande su fortuna privada a la sombra del cargo, la política exterior se ha transformado en un ejercicio de hostilidad y desprecio sistemático hacia el resto del planeta. Esta conducta revanchista no solo asfixia la estabilidad económica mundial a través de impuestos aduaneros destructivos, sino que pisotea la soberanía de naciones vecinas como México mediante la distorsión de la historia, amenazas de intervenciones armadas y las peligrosas pretensiones de apoderarse, por la fuerza económica o militar, de territorios y países enteros.
La Oportunidad de Noviembre
Ante este sombrío panorama, la complacencia ciudadana se vuelve cómplice y la historia exige que los marcos institucionales operen con la firmeza necesaria para evitar que la conducción de la nación quede sujeta al arbitrio de personalidades divisivas. El futuro de la estabilidad republicana y el restablecimiento del respeto mutuo con las naciones aliadas dependen de la madurez del electorado, que encontrará en los próximos comicios legislativos de noviembre la oportunidad constitucional legítima para definir el equilibrio de poderes y el rumbo estratégico del país. El pueblo estadounidense puede restaurar el orden constitucional interno y devolver el respeto a la diplomacia a través de la conciencia cívica expresada de manera pacífica en las urnas el próximo noviembre de 2026. La verdadera grandeza de una superpotencia no se mide por su capacidad de poner al mundo de rodillas. Al contrario, se sustenta en su fidelidad a la justicia, la legalidad y la convivencia pacífica internacional.
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The New Transactional Imperialism
Greetings to all.
If George Washington and Thomas Jefferson were to rise from their graves today, they would gaze upon the White House with a sense of profound dread at seeing their worst warnings about the collapse of the republic fully realized. Washington, guided by the rectitude of Masonic values and civic virtue, would immediately recognize in the current administration the arrival of that cunning, ambitious, and unprincipled man he described in his Farewell Address—someone capable of subverting popular sovereignty to usurp the reins of government. For his part, Jefferson would severely denounce the consolidation of an elective despotism ruling through unilateral executive decrees, confirming with bitterness that the democratic institutions they so zealously designed have been bent by the rhetoric of fear and the blind idolatry of a messianic leadership.
This ethical breakdown translates into a machinery of blatant family self-enrichment that lacks historical precedent in the presidency of the United States, recording multi-billion-dollar profits through influence peddling, financial platforms, and the acquisition of mega-funds from foreign powers. While the immediate family expands its private fortune under the shadow of the office, foreign policy has been transformed into an exercise of systematic hostility and contempt toward the rest of the planet. This revanchist conduct not only stifles global economic stability through destructive customs duties but also tramples upon the sovereignty of neighboring nations like Mexico through the distortion of history, threats of armed interventions, and dangerous pretenses of seizing entire territories and nations by economic or military force.
The November Opportunity
In the face of this bleak landscape, citizen complacency becomes complicit, and history demands that institutional frameworks operate with the necessary firmness to prevent the nation's leadership from being subjected to the whim of divisive personalities. The future of republican stability and the restoration of mutual respect with allied nations depend on the maturity of the electorate, which will find in the upcoming November legislative elections the legitimate constitutional opportunity to define the balance of powers and the country's strategic direction. The American people can restore the internal constitutional order and return respect to diplomacy through civic conscience peacefully expressed at the ballot box this coming November 2026. The true greatness of a superpower is not measured by its capacity to bring the world to its knees. On the contrary, it is sustained by its fidelity to justice, legality, and international peaceful coexistence.
























