domingo, 29 de marzo de 2026

EL TIEMPO SE ACABA 

Saludos a todos, 

Escrito por don Juan Carlos, editor senior emérito 

Debo empezar pidiendo disculpas. Sé que para muchos resultará imperdonable que me atreva a profanar los altares de sus dogmas políticos y a quitarles la máscara a esos ídolos que la mayoría prefiere conservar intactos. Pero la honestidad intelectual exige romper el silencio frente a una ceguera voluntaria que raya en lo patológico. 

Mientras diversos sectores critican con severidad los cultos a la personalidad extranjeros, en Chile rinden una pleitesía mística a figuras que el tiempo debería haber puesto en su justo lugar: Salvador Allende y Augusto Pinochet. 

Es imperativo confrontar la realidad de estos dioses de barro. Ninguno fue una deidad; ambos fueron hombres de carne y hueso que sucumbieron a la embriaguez del poder y cometieron abusos que fracturaron el alma nacional. 

Allende no fue el mártir inmaculado de una utopía perfecta, sino un líder que no supo contener el colapso institucional de su proyecto; Pinochet no fue un salvador desinteresado, sino un administrador de la fuerza que manchó su mando con una corrupción innegable. Endiosarlos es una distorsión que nos impide ver que sus errores son los cimientos de nuestra actual parálisis. 

Debajo de esta superficie ideológica, late un daño estructural: la aplicación de un neoliberalismo extremo que ha tratado a la sociedad chilena como un laboratorio de experimentación, como conejillos de indias de una teoría que privilegia el capital sobre la vida. Este sistema ha estrangulado el tejido social, convirtiendo derechos básicos en mercancías y al ciudadano en un deudor perpetuo. 

Resulta alarmante que la fuerza de la sociedad no logre sacudirse este modelo injusto para optar por una economía social abierta, donde el mercado sirva al hombre y no a la inversa. Vencer esta inercia económica es el objetivo medular para cualquier reconstrucción real. 

Ese estancamiento alimenta un revanchismo ciego. La política nacional se ha convertido en un campo de tiro donde el objetivo no es el bienestar, sino el sabotaje del adversario. Los opositores de hoy bloquean sistemáticamente al Ejecutivo de turno, aplicando una receta de obstrucción idéntica a la que recibieron, olvidando que cuando ellos gobernaron no lo hicieron mejor. 

Por eso perdieron el apoyo ciudadano: por su incapacidad de gestionar la realidad más allá de su retórica de trinchera. A esto se suma la barbarie de la impunidad vandálica. Sectores que dicen reclamar derechos terminan destruyendo la propiedad del Estado —la propiedad de todos— sin enfrentar consecuencias. Esta falta de responsabilidad solo pavimenta el camino para una destrucción mayor, donde el fuego reemplaza al argumento bajo la mirada de una autoridad que no se atreve a ejercer el orden. 

¿Qué se puede esperar de una sociedad que no comprende ni perdona? 

El síntoma final de esta enfermedad es la pérdida de la humanidad básica. Mantenemos a prisioneros en las cárceles hasta su último aliento, negándoles morir en sus casas pese a estados de salud terminales y vejez extrema. Las condenas fueron justificadas, pero el ensañamiento no lo es. Una nación que no es capaz de mostrar piedad ante la agonía de un anciano, sin importar su pasado, es una nación que ha perdido su brújula ética. 

Chile debe elegir: o sigue adorando fantasmas en un país en ruinas, o empieza a perdonar para poder, finalmente, nacer al futuro.

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