miércoles, 8 de abril de 2026

CUANDO EL MANDO SE VUELVE CRIMEN

Saludos a todos,

Escrito por don Juan Carlos, editor senior emérito

Cuando el poder se emborracha de soberbia y los cañones apuntan a borrar civilizaciones enteras, las charreteras pierden su brillo. La verdadera jerarquía no se mide en el rango, sino en el pulso de la conciencia. Paul Eaton —mayor general que cargó el uniforme de EE. UU. por tres décadas— le ha dado una lección al mundo: el uniforme no es un salvoconducto para el genocidio; es, o debería ser, un pacto con la humanidad. Al llamar a la orden de exterminio por su nombre —una aberración criminal—, Eaton sacó el honor militar del fango donde la autoridad absoluta intenta hundirlo. Su integridad es un tajo de luz frente a la ceguera de quienes se creen dioses por tener el dedo en el gatillo.

Va este exhorto para el soldado de cualquier latitud: no acepten el papel de verdugos de su propio tiempo. La historia de Chile es ese espejo roto que aún corta; allí la obediencia ciega parió tortura, muerte y compatriotas desaparecidos. Los que dispararon excusándose en el "cumplimiento del deber" solo compraron un boleto de ida a la infamia. La obediencia tiene un muro que nadie debe saltar: la vida del indefenso.

DIGNIDAD CONTRA EL EXTERMINIO

Hoy, ese fantasma recorre cualquier cuartel donde se ordene la brutalidad. No hay gloria en sacrificar inocentes por un tablero geopolítico. La soberanía real late en el hombre que baja el fusil antes de que la orden se convierta en sangre. Desobedecer al crimen no es traición; es lo único que evita que una nación sea solo una fábrica de cadáveres. Ya lo advirtió el Cardenal de Retz: cuando los de arriba pierden la vergüenza, los de abajo simplemente pierden el respeto.

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