viernes, 17 de abril de 2026

EL DERECHO A LA AGONÍA 

Saludos a todos. 

Escrito por don Juan Carlos, editor senior emérito 

La legitimidad de un sistema de justicia no reside en la severidad del castigo, sino en la integridad ética que mantiene al enfrentar a condenados en estado de vulnerabilidad biológica irreversible. Ante la fase terminal de un sentenciado por crímenes de lesa humanidad, la aplicación de una razón humanitaria no es una claudicación, sino la reafirmación de una superioridad moral inalcanzable para el victimario. Conceder el cumplimiento de la pena en el entorno familiar es el acto que define la distancia entre el Estado que protege la dignidad y el régimen que la aniquiló, transformando la sanción en un testimonio de civilidad que prevalece sobre el impulso de venganza. 

Este ejercicio de compasión marca la diferencia fundamental frente a la barbarie, demostrando que nuestro humanismo en estas circunstancias es superior por una cuestión de dignidad humana, pese a que ellos no mostraron piedad alguna por quienes sufrieron sus abusos. En aquel entonces, la soberbia del mando ciego ignoró la advertencia del General Joaquín Lagos Osorio, quien sentenció con claridad: «Tarde o temprano seremos juzgados todos nosotros y especialmente usted, que es el comandante en jefe». Hoy, ese juicio ha llegado, pero se manifiesta a través de una estatura moral que nos define como seres humanos y nos separa definitivamente de los métodos de desprecio por el prójimo que definieron el pasado de estos perpetradores. El beneficio otorgado en condiciones de postración absoluta no busca borrar la gravedad del daño ni la vigencia de la condena, sino evitar que la sociedad civilizada descienda al abismo ético de la indiferencia ante el sufrimiento final. 

LA PIEDAD COMO SENTENCIA 

Como escritor, me disculpo con las familias de los asesinados, torturados y desaparecidos por esta publicación, sabiendo que mi postura hiere profundamente su dolor. No es mi intención en mi narrativa cambiar la percepción de la realidad. Sin embargo, esta exposición nace del amor y de la fe en que no debemos replicar la oscuridad del verdugo; debemos demostrar, ante la enfermedad terminal, que nuestra dignidad es más alta precisamente porque ellos no mostraron respeto alguno por las víctimas. Al permitir que el tránsito final ocurra fuera de una celda, no exoneramos el crimen, sino que salvamos nuestra propia esencia humana, asegurando que la luz de la compasión sea la que cierre, por fin, el ciclo de la violencia. 

Miserere mei, Deus.

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