Saludos a todos.
Escrito por don Juan Carlos, editor senior emérito.
La gestión de la centroizquierda, bajo la tutela de figuras como Michelle Bachelet y Camilo Escalona (PS), constituye una de las disonancias éticas más profundas de la transición: la capitulación de la praxis socialista ante la hegemonía del dogma neoliberal. Lejos de fracturar la arquitectura de la desigualdad, estos sectores operaron como administradores de un sistema que transmutó derechos en mercancías, mientras establecían pactos simbióticos con corporaciones y élites empresariales. Esta colusión no perseguía la estabilidad nacional, sino el blindaje de privilegios personales y la perpetuación de una casta que se habituó a la opulencia del poder, consolidando una injusticia sistémica bajo el barniz de la gobernabilidad.
El inmovilismo de esta clase política no fue una omisión técnica, sino una estrategia de preservación; Camilo Escalona, desde la arrogancia de su sitial, llegó a estigmatizar como «fumar opio» cualquier tentativa de transformación estructural que amenazara los intereses de sus socios económicos. Esta desconexión absoluta con el imperativo de justicia social permitió que la asimetría del modelo se atrofiara, mientras la «vieja guardia» negociaba la soberanía del mandato en los salones del gran capital. La altanería de la inmunidad les impidió ver que estaban canjeando la moralidad de su proyecto histórico por la comodidad de la servidumbre corporativa.
Una Exhortación al Perdón
Hoy, ante la vulnerabilidad de su salud (cáncer), la recuperación física se presenta como la última oportunidad para una síntesis existencial sobre el peso de las acciones. Aunque su historial esté marcado por la arrogancia de quien dictaba el destino ajeno desde el aislamiento del privilegio, esta confrontación con la finitud debe recordarle que la vida no es un activo transaccional, sino una dignidad que se legitima únicamente en la entrega. Por ello, quien escribe estas líneas lo exhorta a la decencia de pedir perdón al pueblo, pues han sido acciones como las suyas las que han condenado a las mayorías a una miseria e injusticia social atroces; bajo el tribunal de la historia, la sentencia es irrevocable: el que no vive para servir, no sirve para vivir.



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