Saludos a todos.
Escrito por don Juan Carlos, editor senior emérito
La tarde del Viernes Santo nos sitúa frente al drama inmenso de la muerte de Cristo en el Calvario, un acto de entrega que redefine la historia humana. La cruz, erguida sobre el mundo, no es el símbolo de una derrota, sino el altar de una inmolación voluntaria que asume todo el dolor y la injusticia de la creación para transformarlos en redención.
En ese madero, el Maestro no entrega algo que le pertenece, sino que se entrega a sí mismo en una oblación absoluta, convirtiendo el suplicio en el signo definitivo de salvación y de esperanza que permanece inamovible ante el paso de los siglos.
Contemplar al Crucificado es reconocer que la vida verdadera brota del sacrificio que se hace por amor a la verdad. La cruz sigue en pie como un faro de trascendencia, recordándonos que incluso en la hora de la oscuridad más profunda, existe una fuerza superior capaz de sostener la dignidad del hombre. Es el puerto seguro donde el espíritu encuentra la certeza de que el sufrimiento, cuando tiene un propósito superior, deja de ser una carga para convertirse en el camino hacia una luz que no se extingue.
Miserere mei, Deus



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