Saludos a todos.
Escrito por don Juan Carlos, editor senior emérito.
La condena a 12 años de cárcel contra el exgeneral Héctor Ureta Chinchón por el multimillonario fraude del "Milicogate", sumada a las investigaciones por malversación que salpican a altos mandos como el general de brigada (r) Orlando Carter, desborda los límites de la delincuencia común para transformarse en una traición histórica a la patria. Estos oficiales, que se blindaban tras discursos de honor, disciplina y patriotismo para dar cátedras de moral al país, resultaron ser operadores de redes mafiosas dedicadas a saquear las arcas del Fisco de forma sistemática y despiadada. Mientras miles de chilenos se rompen la espalda trabajando para pagar sus impuestos, estos jerarcas del uniforme instrumentalizaron su poder y sus rangos para desviar miles de millones de pesos hacia sus bolsillos personales, destruyendo la dignidad de la institución que juraron defender.
Esta cultura del abuso y el desfalco sistemático no es un fenómeno aislado de hoy, sino la herencia directa de una doctrina de corrupción que se arrastra desde la dictadura de Augusto Pinochet y el escándalo de los millonarios fondos ocultos en el Banco Riggs. Durante décadas, bajo el pretexto de «salvar a la patria», se persiguió y tachó de criminales a ciudadanos comunes del pueblo, mientras los verdaderos criminales se atrincheraban en los cuarteles para orquestar los robos de cuello y corbata más grandes de la historia de Chile. La fachada del soldado austero se derrumbó por completo; los supuestos protectores de la soberanía nacional eran en realidad lobos con piel de oveja que devoraban el patrimonio público, siguiendo una línea de impunidad que se consolidó en los altos mandos institucionales.
El Honor de los Traidores
El castigo para criminales de esta calaña no puede limitarse a privilegios o al retiro dorado, sino que debe alcanzar de forma implacable a otros comandantes en jefe procesados por desfalcos fiscales y malversación de gastos reservados, como los exgenerales Juan Miguel Fuente-Alba, Humberto Oviedo, Ricardo Martínez, Ureta Chinchón, Carter y toda la cúpula que participó de este saqueo institucional deben perder hasta el último peso robado mediante la incautación total de sus bienes, forzándolos a mirar de frente la miseria que provocaron. La historia ya dictó su veredicto moral y la ciudadanía no olvidará sus nombres: son ladrones que deshonraron su uniforme y que, a partir de hoy, no tendrán un solo rincón en este país donde puedan levantar la cabeza sin recibir el desprecio de todo el pueblo chileno.
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From “Saviors” to Plunderers?
Greetings to everyone.
The 12-year prison sentence against former General Héctor Ureta Chinchón for the multi-billion "Milicogate" fraud, added to the embezzlement investigations surrounding high-ranking commanders such as Brigadier General (R) Orlando Carter, goes beyond the limits of ordinary crime to become a historic betrayal of the homeland. These officers, who shielded themselves behind speeches of honor, discipline, and patriotism to lecture the country on morality, turned out to be operators of mafia networks dedicated to systematically and ruthlessly plundering the state coffers. While thousands of Chileans break their backs working to pay their taxes, these uniformed hierarchies weaponized their power and ranks to divert billions of pesos into their personal pockets, destroying the dignity of the institution they swore to defend.
This culture of abuse and systematic embezzlement is not an isolated phenomenon of today, but the direct inheritance of a doctrine of corruption dragged from the dictatorship of Augusto Pinochet and the scandal of the millions in funds hidden in the Riggs Bank. For decades, under the pretext of "saving the homeland," ordinary citizens were persecuted and branded as criminals, while the true criminals entrenched themselves in military barracks to orchestrate the largest white-collar thefts in Chile's history. The facade of the austere soldier completely collapsed; the supposed protectors of national sovereignty were actually wolves in sheep's clothing devouring public assets, following a line of impunity that became consolidated in the institutional high command.
The Honor of Traitors
The punishment for criminals of this caliber cannot be limited to privileges or a golden retirement; it must relentlessly reach other commanders-in-chief prosecuted for tax embezzlement and misappropriation of reserved expenses, such as former Generals Juan Miguel Fuente-Alba, Humberto Oviedo, and Ricardo Martínez. Ureta Chinchón, Carter, and the entire leadership that participated in this institutional looting must lose every last stolen peso through the total seizure of their assets, forcing them to look directly at the misery they caused. History has already delivered its moral verdict and the citizenry will not forget their names: they are thieves who dishonored their uniform and, as of today, will not have a single corner in this country where they can lift their heads without receiving the contempt of the entire Chilean people.



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