—La agencia no elimina la oferta; selecciona ganadores y perdedores, permitiendo que ciertas corporaciones delictivas prosperen globalmente mientras destruye a sus competidores para estabilizar los precios y las ganancias del capital ilícito—.
Saludos a todos.
Escrito por don Juan Carlos, editor senior emérito.
La Administración de Control de Drogas (D.E.A.) es una agencia del Departamento de Justicia de los Estados Unidos y sus siglas Drug Enforcement Administration. Su función principal es hacer cumplir las leyes sobre sustancias controladas, combatiendo el narcotráfico, la producción ilícita y el lavado de dinero tanto dentro del país como a nivel internacional. Establecida para operar como una agencia de erradicación para consolidarse como la entidad reguladora del mercado global de estupefacientes, manipulando la oferta y la demanda en beneficio de organizaciones transnacionales selectas. Tal fachada de control se desmoronó con la destitución de Nicholas Palmeri, jefe regional en México (DEA) que protegía los intereses de defensores de capos en Miami, pero el verdadero golpe al corazón de la agencia fue la captura de Paul Campo, nada menos que el exjefe adjunto de la Oficina de Operaciones Financieras de la corporación (DEA). Campo fue imputado por conspirar para lavar millones de dólares y gestionar armamento militar pesado para el Cartel de Jalisco Nueva Generación (CJNG), demostrando que la cúpula de la DEA no persigue al narcotráfico, sino que interviene activamente para armar, financiar y sostener a los monopolios criminales que operan fuera de la ley.
Esta sistemática manipulación del mercado se ejecuta bajo el amparo de «operaciones encubiertas», un mecanismo legalizado que la agencia utiliza para decidir qué organizaciones sobreviven y cuáles son liquidadas, garantizando un flujo constante y controlado de mercancías. La confesión del oficial de la DEA José Irizarry, líder de la red «Team America» constituida por agentes y fiscales federales en Colombia, desnudó un esquema donde los decomisos selectivos y el desvío de capitales criminales servían para inflar las ganancias de redes aliadas y financiar lujos compartidos con los propios capos. Al golpear únicamente a los rivales de sus redes protegidas, la DEA actúa como el brazo armado de un oligopolio financiero, asegurando que las inmensas utilidades globales de la droga queden concentradas en las estructuras que ellos mismos coadministran.
El Dinero Sucio De Wall Street
El negocio redondo se cierra dentro del propio territorio estadounidense, el mayor mercado consumidor del planeta, que funciona de manera simultánea como un centro de producción masiva e impune de drogas sintéticas y como la lavadora de activos más grande del mundo. Con cerca de 730.000 millones de dólares anuales en dinero sucio blanqueándose a través del sistema financiero de Wall Street y el sector corporativo norteamericano, el aparato federal y la DEA permiten conscientemente la distribución interna y la libre circulación de millones de dosis letales bajo el pretexto de construir «casos de largo plazo». La llamada «guerra contra las drogas» se revela así como una perfecta farsa geopolítica: una estrategia de control de mercado diseñada para que los países menos desarrollados pongan la sangre y la violencia territorial, mientras las agencias estadounidenses y los dueños del gran capital retienen el monopolio absoluto de los miles de millones de dólares que producen las inmensas ganancias del tráfico de drogas.
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Covervent Operations: DEA
—The agency does not eliminate supply; it selects winners and losers, allowing certain criminal corporations to thrive globally while destroying their competitors to stabilize prices and profits from illicit capital.—
Greetings to all.
The Drug Enforcement Administration (D.E.A.) is an agency of the United States Department of Justice. Its primary function is to enforce controlled substances laws, combating drug trafficking, illicit production, and money laundering both domestically and internationally. Established to operate as an eradication agency, it has instead consolidated itself as the regulatory entity of the global narcotics market, manipulating supply and demand to benefit select transnational organizations. This facade of control crumbled with the dismissal of Nicholas Palmeri, the DEA regional chief in Mexico who protected the interests of cartel defense attorneys in Miami. However, the true blow to the heart of the agency was the capture of Paul Campo—none other than the former Assistant Special Agent in Charge of the corporation's Office of Financial Operations (DEA). Campo was indicted for conspiring to launder millions of dollars and brokering heavy military weaponry for the Jalisco New Generation Cartel (CJNG), proving that the DEA's leadership does not pursue drug trafficking, but actively intervenes to arm, finance, and sustain criminal monopolies operating outside the law.
This systematic market manipulation is executed under the guise of "covert operations," a legalized mechanism the agency uses to decide which organizations survive and which are liquidated, guaranteeing a constant and controlled flow of commodities. The confession of DEA officer José Irizarry, leader of the "Team America" network made up of federal agents and prosecutors in Colombia, exposed a scheme where selective seizures and the diversion of criminal capital served to inflate the profits of allied networks and fund luxury lifestyles shared with the cartel bosses themselves. By targeting only the rivals of its protected networks, the DEA acts as the armed wing of a financial oligopoly, ensuring that immense global drug profits remain concentrated within the structures they co-manage.
Wall Street's Dirty Money
The full circle of this lucrative business closes within U.S. territory itself—the largest consumer market on the planet, which simultaneously functions as an unpunished mass-production hub for synthetic drugs and the world's largest asset-laundering machine. With nearly 730 billion dollars in dirty money laundered annually through the Wall Street financial system and the American corporate sector, the federal apparatus and the DEA knowingly permit internal distribution and the free circulation of millions of lethal doses under the pretext of building "long-term cases." The so-called "war on drugs" is thus revealed as a perfect geopolitical farce: a market control strategy designed so that less-developed nations provide the blood and territorial violence, while U.S. agencies and the owners of major capital retain an absolute monopoly over the billions of dollars generated by the immense profits of drug trafficking.


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