domingo, 28 de junio de 2015

La cercanía de un acuerdo nuclear moviliza a los rivales árabes de Irán

Negociación en Viena Las grandes potencias mundiales e Irán retomaron ayer en Viena la negociación para cerrar el pacto sobre el programa nuclear iraní. El secretario de Estado de EE UU, John Kerry, y el ministro iraní de Exteriores, Mohamed Yavad Zarif (frente a frente en la imagen), coincidieron en que queda mucho trabajo por delante para llegar a un acuerdo antes de la fecha límite del 30 de junio. / GEORG HOCHMUTH (EFE)

Las grandes potencias y Teherán retoman la negociaciónpara intentar cerrar un pacto

ÁNGELES ESPINOSA Dubái


Los dirigentes árabes, en particular entre las monarquías de la península arábiga, están convencidos de que el acuerdo nuclear que estos días se ultima en Viena (Austria) no va a evitar que Irán se dote eventualmente de la bomba atómica. Su mayor preocupación, sin embargo, es el cambio de equilibrio de poder en Oriente Próximo que significa el regreso del paria chií a la escena internacional. Temen que ese nuevo estatus dé alas al expansionismo de un vecino hacia el que profesan una desconfianza histórica.

Encabezados por Arabia Saudí, que rivaliza con Irán por el liderazgo de la región, los dirigentes árabes han empezado a organizarse para hacerle frente. La intervención militar en Yemen que Riad lanzó el pasado marzo con el apoyo de una decena de aliados es la muestra más visible del nuevo enfoque.

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De hecho, esa campaña ha acelerado los planes de los países del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG, que, además de Arabia Saudí, incluye a Kuwait, Bahréin, Qatar, Emiratos Árabes Unidos y Omán) y Egipto para formar una fuerza militar árabe conjunta con la que vigilar la región y contrarrestar la influencia iraní.

El objetivo no es nuevo. El deseo de contener a Irán tras la revolución de 1979 está en el origen tanto de la fundación del CCG, como del gigantesco entramado de lazos políticos, militares y económicos que esos países han forjado con Estados Unidos desde entonces. Pero ahora, se sienten abandonados. De ahí que busquen una voz propia y alianzas alternativas.

“Los países del CCG no están en contra del pacto nuclear, sino en contra de que se ignore el expansionismo de Irán; consideran que debieran ser parte del debate”, explica por teléfono Jamal Khashoggi, un veterano comentarista saudí. “Cualquier acuerdo que contenga las ambiciones de Irán es bien recibido aquí”, subraya.

Obsesión saudí por Teherán

WikiLeaks ha desnudado esta semana a Arabia Saudí, al igual que hace cinco años hizo con EE UU. La primera tanda del medio millón de cables diplomáticos saudíes a los que asegura haber tenido acceso salió a la luz el 19 de junio en varios medios árabes. En total, 61.195 documentos, confidenciales y secretos, de los que 1.288 están relacionados con Irán, según el periódico libanés Al Akhbar.

Lo publicado hasta ahora confirma la ya conocida preocupación de las autoridades saudíes por la creciente influencia iraní en Oriente Próximo.

Al Akhbar, que ha estudiado los cables saudíes, asegura que de ellos se desprende que el reino está muy descontento con las negociaciones nucleares entre Irán y Occidente. También dice que ha grandes gastado cantidades apoyando a grupos e individuos que se oponen al régimen iraní.

Sin embargo, entre los cables no se ha encontrado ninguno que apoye las acusaciones de que el Reino financia a grupos terroristas, algo que algunas fuentes atribuyen a los servicios secretos.

Un documento de 2012 revela que ya entonces, un año antes del acuerdo de Ginebra, los saudíes detectaron que algo estaba en el aire. Según el texto, EE UU enviaba “mensajes de sondeo” a Irán en los que sugería que no se oponía a un programa nuclear pacífico mientras tuviera garantías de ello, incluido por parte de Rusia.

Muchos de los cables documentan los esfuerzos de Arabia Saudí, potencia suní, por contrarrestar la influencia del Irán chií y sus aliados. Uno de ellos sugiere que el Gobierno debe presionar a un proveedor de televisión por satélite para que saque de su parrilla a Al Alam, la cadena iraní en árabe. En otro, el ministro de Exteriores sugiere al proveedor que utilice “medios técnicos para debilitar la señal iraní”.

Las declaraciones oficiales han ido en esa línea. Cuando el presidente de EE UU, Barack Obama, telefoneó al rey Salmán el pasado 2 de abril para informarle del entendimiento provisional alcanzado con Irán —este fin de semana se retoma la negociación para alcanzar un pacto definitivo—, el monarca saudí expresó su esperanza de que “un acuerdo final y vinculante conduzca a una mejora de la seguridad y la estabilidad en la región y en el mundo”.

Pero bajo la cuidada redacción de esas palabras subyacen un enorme escepticismo y la división del mundo árabe. Irak, Siria o el Hezbolá libanés, aliados regionales de Irán, ven el acuerdo como un triunfo diplomático. Frente a ellos, Arabia Saudí y sus socios —cuya confesión suní sirve para marcar diferencias con el chiísmo de su rival— interpretan el acercamiento internacional a Teherán (en especial, por parte de EE UU) y el eventual levantamiento de las sanciones económicas que hasta ahora han limitado su capacidad de proyectar poder, como un apoyo al enemigo.

“Temen que el fin del régimen de sanciones permita a Irán dedicar mayores recursos financieros a cimentar su posición regional, pero sobre todo intuyen que el acuerdo presagia un realineamiento estratégico más amplio de Occidente hacia Teherán a su costa”, asegura en un correo electrónico Julien Barnes-Dacey, investigador del European Council on Foreign Relations (ECFR) que acaba de publicar Responding to an assertive Gulf (Cómo responder a un Golfo decidido).

La visión preponderante en la prensa árabe es que Occidente está tan obsesionado por conseguir un acuerdo nuclear que hace oídos sordos a las políticas desestabilizadoras de Irán en los países vecinos. Arabia Saudí desearía que se mantuvieran la presión y las sanciones sobre su rival, no tanto por el temor a su programa nuclear (que ya ha dicho que va a igualar), cuanto por las guerras interpuestas que ambos mantienen en la región, en especial en Siria.

“Los países del Golfo están haciendo lobby contra el pacto en su forma actual, diciendo que debe ser más exigente, e intentando convencer a Occidente de que aumente su presión para que Irán cese en su intervencionismo regional. Al mismo tiempo, han aumentado su propia intervención en la zona”, señala Barnes-Dacey.

Además de la campaña en Yemen, el rey Salmán busca unir a los suníes (divididos tras la primavera árabe sobre la participación política de los Hermanos Musulmanes) en un frente común contra Irán. Los primeros efectos se están viendo en Siria, donde los fragmentados grupos rebeldes han empezado a recoger los frutos de la cooperación entre saudíes y turcos. Los iraníes achacan además a ese intento de doblegarlos la decisión saudí de no recortar su producción de petróleo a pesar de la caída de precios.

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