domingo, 28 de junio de 2015

Francia investiga si el terrorista recibió órdenes del exterior

Un policía en la zona industrial de Saint-Quentin-Fallavier. / EMMANUEL FOUDROT (REUTERS)

OLEADA DE ATENTADOS YIHADISTAS »


El perfil de Yassin Salhi, de 35 años, es muy similar al de anteriores yihadistas franceses. Se niega a responder a la policía

CARLOS YÁRNOZ / GABRIELA CAÑAS Saint-Quentin-Fallavier / París


Yassin Salhi, de 35 años, el presunto terrorista que el viernes estampó su furgoneta de reparto en una fábrica con el cadáver decapitado de su jefe a bordo, tiene un perfil similar al de varios yihadistas franceses autores de ataques previos en los tres últimos años. Detenido tras su supuesta acción suicida en un centro gasístico en Saint-Quentin-Sallavier (departamento de Isére), Salhi se niega a responder a las preguntas de la policía, que analizan si el atacante recibió órdenes del exterior para cometer su acción. Sí se ha conocido hoy otro detalle escabroso del crimen del viernes: Salhi se hizo unselfie con la cabeza de su víctima y envió la foto por WhatsApp a un número norteamericano. Fuentes de la investigación han confirmado el dato esta tarde a AFP.

Hijo de un argelino y una marroquí, Salhi nació el 25 de marzo de 1980 en Pontarlier, en el departamento de Doubs, fronterizo con Suiza. Su padre murió cuando él era adolescente y su madre optó por regresar a Marruecos. Se educó en colegios franceses y comenzó pronto a trabajar. No consta que hubiera recibido ayudas sociales en los últimos años. Desde el pasado marzo, era conductor de la empresa de distribución ATC, radicada en la cercana localidad de Chassieu, en Lyon, bajo las órdenes de Hervé Cornara, de 54 años, el director comercial decapitado.

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Los vecinos de Salhi, padre de tres hijos, en la localidad de Saint Priest, a unos 20 kilómetros de Saint-Quentin, coinciden en que es “discreto y hasta huraño”. Cuentan que es “muy religioso” porque a diario abandonaba a mediodía su trabajo para ir a la mezquita con su mujer, pero nunca sospecharon que fuera un radical. Su vecino del primero —Salhi ocupaba el bajo izquierda, ahora con todas las persianas bajadas— comenta que vestía “ropa muy normal” y que hace unas semanas se cortó la barba y había adelgazado mucho.

Sin embargo, Salhi sí había llamado la atención de la policía en reiteradas ocasiones. Entre 2006 y 2008 estuvo fichado por su relación con “el movimiento salafista”, como ha señalado el fiscal antiterrorista de París, François Molins. También en los años 2011 y 2014, porque mantenía estrechas conexiones con destacados salafistas en Besançon, la localidad donde había vivido hasta hace medio año, y desaparecía temporadas sin que la policía conociera sus actividades durante esas ausencias.

Francés, crecido y educado en Francia. Y sin síntomas obvios de radicalización, pero bajo vigilancia de los servicios de información. Igual que Mohamed Merah, el islamista que asesinó a siete personas en Toulouse y Montauban en 2012. Igual que Mehmi Nemmouche,que asesinó a cuatro en el museo judío de Bruselas el año pasado. Igual que los hermanos Kouachi y Amedy Coulibaly, los autores de los ataques yihadistas de enero en París.

La acción de Salhi reviste las características de los ataques ordenados por el Estado Islámico en países occidentales

La acción de Salhi, por otro lado, reviste las características de los ataques ordenados por el Estado Islámico en los últimos meses, aunque en este caso la identidad del asesinado incluye unas connotaciones personales aún no aclaradas este sábado por los investigadores. Pero tanto la decapitación como el intento de hacer estallar el centro gasístico de AirProducts, frustrado gracias a un bombero que inmovilizó a Salhi después de que estallara su furgoneta de reparto contra unas bombonas, responden al tipo de consignas lanzadas por el EI.

Una de las más contundentes se produjo el 22 de septiembre del año pasado, cuando Abu Mohamed al Adnani, portavoz del EI, difundió este mensaje a los musulmanes: “Si podéis matar a un impío americano o europeo, en particular a los malvados y sucios franceses, contad con Alá y hacerlo de la manera que sea. No preguntéis a nadie ni busquéis su veredicto”. El llamamiento fue hecho tres días después de que Francia anunciara su participación, la primera de un país europeo, en los bombardeos contra el EI en Irak.

Nadie en Saint Priest sospechó lo más mínimo de Salhi, como ahora insisten sus vecinos y vecinas. Vivía a solo 300 metros de la comisaría de la policía municipal y del ayuntamiento, donde su portavoz, Guillaume de Cock, se niega a facilitar el más mínimo dato “para no interrumpir las investigaciones”.

Mientras, los servicios antiterroristas analizan y destripan todos los teléfonos y aparatos electrónicos intervenidos en la casa de Salhi, incluidos los de su mujer, una hermana y una cuarta persona detenida. Intentan destapar a todo el que se relacionara con ellos, pero también si pudo recibir consignas u órdenes del exterior. Este era el caso del anterior presunto yihadista detenido, Sid Ahmed Ghlam, de 24 años, también nacido en Francia, acusado de intentar atacar iglesias católicas en París tras matar a una entrenadora de gimnasia.

Ghlam también fue vigilado como supuesto islamista radicalizado. La historia se repite.

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