viernes, 17 de julio de 2015

La gesta del cónsul Bosques, que salvó a miles de exiliados españoles

Gilberto Bosques en una calle de Marsella. / ARCHIVO FAMILIA BOSQUES

Peña Nieto y Hollande rinden homenaje al diplomático mexicano que se enfrentó a los nazis y salvó la vida a miles de exiliados españoles

GABRIELA CAÑAS París


En Marsella ha habido este miércoles 15 de julio una cita con la historia. El presidente francés François Hollande y el mexicano Enrique Peña Nieto han rendido un pequeño homenaje a un gran héroe que salvó la vida a cientos de judíos y antifascistas y, sobre todo, a miles de exiliados españoles que huyendo del franquismo se toparon con la Francia sometida al dictado de Hitler. El cónsul mexicano Gilberto Bosques se unió con las eficaces armas de la diplomacia a la Resistencia. Su hija, Laura Bosques, no ha podido acudir a un homenaje que considera sobradamente merecido y que retrotrae a una época gloriosa de México como libertador del fascismo.

Federica Montseny, Max Aub, Manuel Altolaguirre, Abraham Polanco, pero también perseguidos alemanes, polacos o austriacos figuran en las listas de las miles de personas que pudieron contar con la ayuda de México gracias a las gestiones de su cónsul Gilberto Bosques entre 1939 y 1942. El maestro francés y doctor en lengua y literatura española Gérard Malgat, autor de un documentado libro sobre Bosques, no tiene dudas sobre la valentía de sus acciones: “Se jugó el pellejo”.

Bosques vivió el final de la guerra, durante un año y tres meses, preso en Bad Godesberg (Alemania) junto a su esposa, María Luis Manjarrez, y sus tres hijos Gilberto, Laura y Teresa. “Me acuerdo perfectamente”, explica desde Ginebra Laura Bosques, 90 años. “Primero nos llevaron al refugio de Montgrand [junto a Marsella] y de allí a Alemania, donde estábamos presos de los nazis todos los latinoamericanos. Finalmente, nos canjearon en Lisboa por prisioneros alemanes”.


Republicanos españoles a las puertas del castillo Reynarde, convertido por Bosques en un lugar de refugio antes de embarcarlos para México. / ARCHIVO FAMILIA BOSQUES

Gilberto Bosques (1892-1995) fue nombrado por el presidente Lázaro Cárdenas cónsul general en Francia en 1939. Desembarcó en el país en enero de ese año a bordo de un transatlántico de nombre premoritorio sobre el famoso desembarco posterior: Normandía. La misión encomendada por Cárdenas: ayudar a los republicanos españoles tras la guerra civil. La pronta ocupación alemana le obligó a dejar París y trasladar el consulado a Marsella, zona dominada por el gobierno colaboracionista del mariscal Philippe Pétain.

Allí, en Marsella, con unas oficinas estrechamente vigiladas por la Gestapo, desplegó todo su oficio diplomático para lograr lo que la cineasta mexicana Lillian Liberman llama los “visados al paraíso”. Se estima que logró rescatar a 40.000 perseguidos. Malgat prefiere no ser tan preciso. “Los alemanes destruyeron los archivos. El propio Bosques eliminó muchos documentos para que no cayeran en manos de los nazis”.

La avalancha de refugiados (muchos de ellos confinados en campos de concentración franceses) era tan enorme que Bosques llegó a habilitar dos castillos para organizar el exilio: el de Reynarde para hombres y el de Montgrand para mujeres y niños. En ellos terminaría su propia familia camino de la cárcel alemana después. Malgat, autor de Gilberto Bosques. La diplomacia al servicio de la libertad y deMax Aub y Francia o la esperanza traicionada (ediciones L’atinoir), cree que su acción desbordó la mera misión diplomática encomendada. “Hay testimonios que aseguran que incluso acompañaba a algunos refugiados hasta los barcos para evitar su detención”. Cárdenas ofreció a todos la opción de nacionalizarse en México.

Bosques instituyó en Marsella, con abogados españoles y franceses, una oficina jurídica. Franco exigía a Francia la extradición de los republicanos más notables y Bosques le plantó cara desde el derecho. “Ni siquiera la Francia de Pétain permitía tales extradiciones sin mandato judicial”, explica Malgat. “La oficina ganaba casi todos los pleitos porque los expedientes franquistas eran débiles, cargados de falsas acusaciones que la justicia francesa desenmascaraba”. El dinero para mantener toda la estructura de la labor de Bosques la aportó México, pero también en una gran parte el gobierno español en exilio.

Laura Bosques no ha podido acudir a Marsella. Una mala caída le ha impedido el viaje. Está en Ginebra, en casa de su hermana Teresa. En el homenaje oficial de este miércoles, consistente en la emisión de sellos conmemorativos del diplomático mexicano, no ha habido ningún representante de la familia. Tampoco los tres países que se dan la mano en esta historia son hoy los mismos de antaño. “Bosques era maestro, como yo, y en su lucha estaba muy comprometido con la educación”, dice Malgat. “No se le puede rendir homenaje sin compartir la exigencia de justicia y de verdad de las familias de los 43 estudiantes [asesinados en Iguala en septiembre pasado] y de tantos mexicanos que sufren la vulneración de los derechos humanos”. Son los que defendió en Europa el México de Cárdenas a través de su cónsul Bosques, que dejó escrito: “A veces hay que salirse de la legalidad para entrar en el derecho… ¿Cuál derecho? El derecho que tienen los hombres a la libertad”.

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