jueves, 16 de julio de 2015

Toda La Habana desde una azotea

Fotograma de la película 'Regreso a Ítaca'.

El Malecón es mucho más que un parapeto contra las marejadas o el banco público más concurrido del mundo: en realidad constituye una barrera donde han terminado o comenzado los sueños y posibilidades de tantos cubanos

LEONARDO PADURA


Según se mire, el Malecón marca el principio o el fin de la ciudad. La Habana es una urbe histórica y geográficamente hecha por el mar, premiada con una bahía que, en los tiempos originales, decidió la ubicación de la villa y toda su suerte posterior. Por el mar le llegaron a La Habana sus grandezas y algunos de los males que la han azotado. Vivir de frente o de espaldas al mar ha sido la disyuntiva ontológica de la capital de la isla de Cuba, e incluso la relación con el océano fue para Virgilio Piñera la síntesis de un destino nacional y poético: el de una insularidad invencible que él asumió como la condena de "la maldita circunstancia del agua por todas partes".

Sin el mar, La Habana no sería La Habana. Y sin su Malecón, aun siendo La Habana, la ciudad sería otra. Ese parapeto de concreto, que corre por la costa rocosa desde el interior de la bahía hasta la desembocadura del río Almendares, resulta mucho más que un parapeto contra las marejadas del norte o el banco público quizás más largo y concurrido del mundo: en realidad constituye la barrera física y psicológica donde han terminado o comenzado los sueños y posibilidades de tantos cubanos, la frontera hasta donde llega la isla y a partir de la cual empieza el resto de un mundo que, para los isleños, es siempre mucho más ancho y ajeno.

Cuando Laurent Cantet me propuso que tomáramos un episodio de mi libro La novela de mi vida y lo utilizáramos como punto de partida o pretexto para lo que sería nuestra película Regreso a Ítaca,me concedió total libertad de acción literaria, pero siempre a partir de tres condiciones que para su imagen visual y dramatúrgica del filme no eran negociables: la reunión de cinco amigos cincuentones que íbamos a versionar libremente debía tener lugar durante una sola noche y en una azotea de La Habana desde la que se viera el Malecón y, tras él, el mar. Sin unidad de tiempo, azotea habanera y Malecón inamovible con océano insondable no podría existir nuestra historia. Mi pregonada libertad de guionista, como es fácil advertir, era notablemente relativa —como siempre es la libertad del guionista—.

Cantet nos obligó a sus colaboradores más cercanos a subir y bajar escaleras del barrio de Centro Habana en busca de su escenario

Cantet, un hombre sensible y con una admirable capacidad para captar esencias, ya había descubierto en sus viajes a La Habana la importancia física, las potencialidades visuales y el sentido simbólico del Malecón. No es casual que su episodio en la cinta coral Siete días en La Habana escogiera un edificio carcomido por el salitre y ubicado justo frente al Malecón para desarrollar su muy surreal y realista corto La fuente.

Por supuesto, en una película que se desarrolla en una sola locación y que, por principios dramáticos, debe cumplir determinados requisitos, hallar el sitio adecuado para montar su argumento es absolutamente decisivo, y Cantet nos obligó a sus colaboradores más cercanos a subir y bajar escaleras del barrio de Centro Habana en busca de su escenario. Y cuando lo encontró, ya no tuvo dudas: esa azotea sin encantos desde la que al mismo tiempo se ve la inmensidad y majestuosidad de La Habana —enmascarada por la distancia— y su decrepitud y hacinamiento —revelado por la cercanía—, deja entre las moles de concreto una brecha liberadora que conduce al Malecón y al mar, al fin y al principio físico y simbólico. Aquel sitio preciso era el que el director necesitaba para expresar lo que habíamos escrito: un drama habanero en el cual la ciudad sería el sexto personaje (el sexto pasajero lo nombré en nuestras charlas), ataviado con cada uno de sus atributos más significativos: gentes que viven sus pequeñas vidas, edificios que muchas veces en "estática milagrosa" resisten el tiempo, el peso de la historia remota y reciente, y el mar, siempre el mar, como promesa y desafío.

Si en alguna de las historias que he escrito la realidad física y espiritual de La Habana incide sobre el destino y los conflictos de los personajes, esa es Regreso a Ítaca. La ciudad, como bendición y maldición, envuelve los dramas de los personajes mientras el mar, omnipresente, marca los desafíos de sus pasados, de sus presentes e incluso de sus futuros. El conflicto de permanecer en la ciudad o salir de ella recorre la actitud de cada uno de los protagonistas de la historia y marca desde el principio el camino de su argumento: después de 14 años de lacerante ausencia, Amadeo ha regresado a su ciudad, ha vuelto a Ítaca, pero no como un héroe vencedor, sino como un ser con la vida partida en dos (o en muchos) pedazos, desde que decidió franquear la frontera del Malecón. Y ahora retorna sin gloria, aunque dispuesto a recomponer el desastre en la ciudad natal: Chez moi, como dice el subtítulo francés en la última frase de la película.

Aquel sitio preciso era el que el director necesitaba para expresar lo que habíamos escrito: un drama habanero en el cual la ciudad sería el sexto personaje

En La novela de mi vida es el gran poeta romántico cubano José María Heredia quien vive el drama del exilio y del regreso. Heredia, el primer cubano capaz de expresar poéticamente la pertenencia nacional a una cultura naciente, el primero en dejar constancia del trauma del exilio que marcaría la vida y la historia cubana, el primero en revolcarse en la nostalgia por la isla perdida, vuelve a su Ítaca también vencido: por la vida y por la historia. Vuelve sin sueños, casi moribundo. Vuelve solo para fundar, allá por 1838, uno de los sentimientos más persistentes y mezquinos de esa identidad nacional que él mismo estaba forjando con sus versos y su vida: regresa para comprender que sus viejos camaradas no están dispuestos a reconocer su grandeza, pues pocas cosas pueden alterar más a un cubano que el éxito de un compatriota. “Ángel caído” lo llamó quien fuera su mejor amigo y le volvió la espalda, reprochándole la flaqueza de haber claudicado para ver su isla una última vez, antes de morir.

El regreso de Amadeo, como tenía que suceder, abre la caja de Pandora donde se han acumulado reproches, amores perdidos, nostalgias amables, frustraciones lacerantes y sospechas de traiciones. Toda la larga confrontación con los amigos, una catarsis necesaria que se acelera cuando Amadeo revela que ha vuelto para quedarse, es un canto de amor a la pertenencia que se quiere recuperar, un himno del desterrado —como titulara Heredia uno de sus más célebres poemas— que revela un drama cubano y universal: Amadeo solo puede recuperar su plenitud humana dentro de las fronteras físicas y sentimentales de su isla, de su ciudad abocada al mar. En el sitio al que pertenece y le pertenece por derecho inalienable.

Mientras brotan las condenas y llegan los perdones, se pronuncian las palabras que sacan sangre y se habla del dolor del exilio y la distancia, la ciudad envolvente y oscura vibra alrededor de estos cinco personajes trágicos. Una ciudad viva y decrépita, en lucha constante por la supervivencia y el derecho a la felicidad. Y cuando todo ha sido dicho por estos pobres héroes, la ciudad arruinada aún sigue en pie y recibe al hijo pródigo. Finalmente, sobre el mar en calma, tras la solidez del Malecón, nace un nuevo día. Quizás el primero en la otra vida de unos personajes que, escapados de sus propios infiernos, le abren a Amadeo (el amado de los dioses) las puertas de sus corazones y de su casa: la Ítaca que todos tenemos.

A vueltas con el exilio

POR MAURICIO VICENT 

Durante el pasado Festival de Cine de La Habana, estando ya en cartelera la película Regreso a Ítaca (2014), de Laurent Cantet, fue retirada de la programación sin explicaciones oficiales. El filme, con guion del realizador francés y del escritor Leonardo Padura, se basa en un episodio de su libro La novela de mi vida y cuenta el regreso a Cuba de Amadeo tras 16 años de exilio en España y el reencuentro con cuatro de sus más queridos amigos: Aldo, un ingeniero que fabrica baterías de auto en un taller clandestino; Eddy, un "digirentico" que trabaja en el turismo; Rafa, un pintor alcohólico y frustrado, y Tania, una oftalmóloga cuyos hijos se han ido de Cuba. la película, que resume la frustración de la generación de Padura, fue rodada en una azotea de La Habana y por ello era aún más difícil comprender su retirada, después de ser premiada en Biarritz y en Venecia. El incidente se resolvió igual de misteriosamente, cuando las autoridades decidieron exhibirla durante el Festival de Cine Francés, celebrado en mayo de 2015 en La Habana.

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