jueves, 27 de agosto de 2015

Hungría traslada a sin papeles en trenes hacia centros de acogida

Inmigrantes aguardan en un una estación de Budapest. / ATTILA KISBENEDEK (AFP)

Alrededor de 700 refugiados han logrado llegar al país desde Serbia en las últimas horas

GRÁFICO Ruta de los migrantes hacia la UE

BELÉN DOMÍNGUEZ CEBRIÁN Szegev (Hungría) 27 AGO 2015 - 12:49 CEST


Rechazo, miedo, resignación y desconocimiento. Es la sensación que reina entre los ciudadanos húngaros que este jueves transitan la estación de Szegec (162.000 habitantes), localidad en el sur del país, a unos 170 kilómetros el sur de Budapest y en la frontera con Serbia. Este jueves, unas 700 personas que durante las últimas 36 horas han cruzado ilegalmente la frontera con Serbia, llegarán a este punto para continuar su camino hacia el norte. “Aquí les daremos bebida, algo de comida, WiFi y cargadores para el móvil”, explica Petra Pomázi, una de las 50 voluntarias que trabaja en este punto. Mientras tanto, la mayoría de locales que se dispone a viajar preguntados no ve con buenos ojos la presencia de tantos extranjeros: “Estoy de acuerdo en que busquen una mejor vida, pero no aquí”, sostiene Erika, de 28 años y trabajadora en una cafetería cercana.

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Pero no pueden permanecer mucho más tiempo en este punto. La policía húngara ha fletado una decena de vagones del tren que se dirige a Budapest a media mañana. “Unos se irán hacia el este, otros al norte, y otros hacia el oeste”, explica Pomázi, mientras muestra un mapa con los centros [de acogida] que hay repartidos por Hungría, en donde los solicitantes de asilo esperarán a que se tramiten sus demandas. Serán alojados en al menos cuatro de estos albergues. Esta mañana casi todos los que han conseguido el billete de tren —que cuesta alrededor de 14 euros— son afganos, aunque aún queda mucho día por delante. “Hay muchas familias sirias”, señalan otras voluntarias.

M. —no quiere dar su nombre real completo para que en su siguiente destino “no le reconozcan”— es de Bangladesh y, aunque tiene 30 años, “para la policía" nació en 1998. Ha dejado a sus ocho hermanos en el país asiático y, tras ocho meses de tránsito por Irán, Turquía, Grecia, Macedonia y Serbia, al fin ha llegado a la Unión Europea. Esta mañana se siente “muy contento” porque ha podido no sólo lavarse y asearse en unas fuentes móviles que los voluntarios han instalado fuera de la estación, sino porque su móvil ha conseguido conectarse por primera vez a la red de Internet y piensa que “pronto” podrá comunicarse con sus amigos. “Me esperan en Nápoles”, sostiene. M. viaja junto con otros ocho amigos afganos, de Kabul, que quieren ir a Alemania. El grupo es un ejemplo de cómo a lo largo del camino los inmigrantes de países pobres como Bangladesh se mezclan con gentes que huyen de conflictos como el afgano o el sirio.

Los sirios que huyen de la guerra son mejor aceptados en general que los llegados de Eritrea, Somalia, Sudán, Irak, Pakistán, Bangladés o, incluso, Afganistán. “En esos sitios no hay guerra. Vienen a quitarnos nuestra seguridad social”, sostiene Zsolt Dobi, de 42 años, rapado y de ojos azules, miembro de Jobbik, partido ultraderechista y socio de Gobierno del primer ministro Viktor Orbán. El grupo de afganos insiste: "Huimos de los talibanes. No son buenos".

Dobi, que observa a los refugiados mientras beben agua o comen una fruta con recelo, dice sentirse “un turista” en su propio país. “Europa es cristiana y al final nos invaden los musulmanes”, sostiene. “¿Por qué tienen que venir por aquí?, la valla de espino debería ser mejor y mucho más grande”, explica mientras reconoce que no se siente lo suficientemente protegido. “Hay que sacar al Ejercito y llevar a gente armada para que amenacen, sin disparar, a todo el que quiera entrar en Hungría”, susurra en una esquina de la estación para no ser advertido.

Esta polémica valla, que mide metro y medio de alto y está clavada en el suelo a lo largo de los 175 kilómetros de frontera con Serbia, no se presenta como obstáculo para los más de 100.000 inmigrantes que han entrado en Hungría en lo que va de año, según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). Al acercarse se ven hoyos cavados en la parte posterior, el alambre estirado para que al menos un niño la atraviese, y ropa enganchada. “No sirve para nada. Ha sido una idea estúpida”, asegura Erika.

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