domingo, 30 de agosto de 2015

La cuna de la familia del presidente El Asad, refugio en la guerra siria

Al Badi, empresario de textiles de Alepo, en su nueva fábrica en Latakia. / NATALIA SANCHA

Miles de sirios huyen a Latakia, bastión del régimen y de alauíes ansiado por los rebeldes

FOTOGALERÍA Los sirios que no huyen de la guerra

NATALIA SANCHA Latakia (Siria) 30 AGO 2015 - 13:46 CEST


La vida ha transcurrido estos últimos cuatro años en Latakia como si la guerra que asuela el país no fuera con ella. Feudo alauí en la costa oeste de Siria y cuna de la familia del presidente Bachar el Asad, Latakia era hasta hace unos meses la provincia más segura. Ahora es un objetivo de guerra fundamental para el bando rebelde. El pasado mes de mayo, una operación de los insurgentes con apoyo de Turquía, Qatar y Arabia Saudí, llevó el frente a la frontera norte de la provincia. En ella confluyen los relatos de aquellos que huyeron por motivos económicos, los que lo hacen de los combates, junto con miles de sirios en busca de unos días de paz. De los tres millones de habitantes, la mitad son desplazados, el 70% llegados de Alepo.

MÁS INFORMACIÓN
“No es solo afrontar la muerte, es psicológicamente insoportable”

“Durante 98 días estuvimos cercados en el hospital central, bajo el fuego constante de morteros, balas y tanques”, relata estrujándose las manos Abid Hamada, de 39 años. Las hermanas Abid y Shuyuj, esta de 18 años, son las últimas desplazadas en llegar a Latakia. Han escapado de una pesadilla en vida cuando el Frente de la Conquista (que reúne a milicianos vinculados a Al Qaeda, Ahrar el Sham y varios grupos de mayor o menor corte islamista), tomó, tras cuatro años de infructuosos intentos, la estratégica localidad de Jisr al Shughur. Con ella, arrebataron la provincia de Idlib al régimen. “Bebimos agua estancada de los depósitos de los aires acondicionados y aprendimos a disparar”, prosigue Abid.

Vacaciones para olvidar la guerra

N. S., LATAKIA

El zumbido de las motos acuáticas alterna con el de las pipas de agua y los brindis de cervezas. Mujeres en bikini y jóvenes embadurnados en cremas se calcinan al sol. “Esto no es lo que parece”, espeta Maya Garbo, farmacéutica de 30 años. Desempleada desde hace tres, ha venido de Alepo a pasar unos días con sus amigos en uno de los tres resorts que oferta la costa de Latakia. “Necesitamos cuatro días, aunque sean cuatro, para olvidarnos de la pesadilla diaria”, dice Garbo.

Junto a los jóvenes, una familia disfruta de sus bocadillos conversando animadamente. Las sonrisas tornan en incómodo silencio cuando llega el momento de recordar a los muertos. “Todos aquí, cristianos, suníes o alauíes cargamos con un mártir, un luto, un miedo. Pero nos gusta la vida”, dice en un prefecto francés Fouad Ago, odontólogo de 45 años que perdió a su hijo mayor en los combates. No temen a los rebeldes, aseguran, confiados a su Ejército.

"Aquí llegaban cada año miles de extranjeros europeos a visitar nuestras costas y cultura. Hoy siguen llegando, pero de Libia y Afganistán para destrozar nuestros monumentos y devolvernos a la era prehistórica", ironiza Azzedine Hussein, oriundo de Tartus.

“La entrada de hombres armados nos pilló de improviso y de madrugada”, cuenta esta siria, que vivió el cerco junto a su familia, otros 121 civiles y 300 soldados. Culpa a los traidores de su ciudad, el 50% dice, de colaborar con los milicianos. Fue el ruido bajo sus pies, cuando los combatientes del Frente de la Conquista cavaban túneles para volar el hospital con explosivos, el detonante de la huida. La fuga duró varios días campo a través bajo fuego enemigo. En ella perdieron la vida sus padres, junto con decenas de civiles y soldados que, de avanzadilla, protegían a los civiles.

La aviación del Ejército sirio abría el camino y al otro lado del infierno les esperaba una patrulla de rescate. “¡Harba! ¡Harba!”, gritaron al avistar a un grupo de uniformados. Esa era la palabra secreta para reconocer la unidad de las fuerzas especiales. Abid luce dos cicatrices de bala en el muslo y heridas de metralla en cabeza y espalda. “Lo hemos perdido todo, pero aquí nos miran como traidores. Como los que trajimos al enemigo a las puertas de Latakia”, se queja. Por primera vez desde que estalló la revolución en marzo de 2011, el bastión alauí está en la mira de los insurgentes y es objetivo de los morteros. En zona rebelde, varios poblados chiíes llevan hasta cuatro años cercados, asegura un soldado leal. Entre ellos, Al Foua o Kfaria, que cuentan con los bombarderos del régimen como única protección para evitar una masacre.

Huidos del frente de Alepo

Abid y Shujur comparten ciudad con un millón de desplazados de Alepo. La capital económica de la Siria de preguerra apenas dispone de agua o electricidad. Sus habitantes, tanto clase trabajadora como burguesía, abandonan progresivamente la ciudad en busca de mejores oportunidades en la bulliciosa Latakia. Es el caso de Mahmud al Badi, empresario textil de 30 años. Del día a la mañana el negocio familiar se quedó dentro del frente rebelde. “Nunca pudimos regresar a ver qué fue de la fábrica”, dice. Tampoco regresaron a trabajar sus 200 empleados.

Hace dos años, los Al Badi empezaron desde cero en Latakia. Hoy dan trabajo a 120 desplazados de Alepo, la gran mayoría menores. “Los jóvenes han emigrado, combaten en el Ejército, o están muertos”, señala Mahmud. “Hemos retrocedido 30 años”, asegura, en referencia al embargo al que está sometido el país, que impide la compra de maquinaria moderna y reduce al mínimo las exportaciones.

Los vecinos de Latakia se quejan de la subida de los precios al doblar la población con la llegada de los desplazados de Alepo. Pero la mayoría coincide en que estos han reavivado una economía antes anclada en los servicios, y ahora floreciente en la producción de textiles.

No hay comentarios: