lunes, 3 de agosto de 2015

Los batallones ucranios del Maidán se resisten a someterse al Estado

Militares ucranios en el frente de Donetsk, cerca de Zaytseve. / A. STEPANOV (AP)

Los veteranos fogueados en el frente tienen poco respeto por los líderes políticos

PILAR BONET Moscú 3 AGO 2015 - 12:58 CEST


Los dirigentes de Ucrania tratan de someter a los batallones de voluntarios, que han sido clave en la lucha contra los insurgentes apoyados por Rusia. La tarea se plantea complicada, pues los veteranos, fogueados en el frente, tienen poco respeto por los líderes políticos, a los que ven como incapaces de realizar reformas radicales. En abril había 40 batallones de voluntarios integrados por 25.000 personas, según calculaba el periodista Vladislav Bulátchik en ostrov.org. La mayoría de estos grupos de diversa ideología se formaron en el Maidán (la revuelta que hizo huir al presidente Víctor Yanukóvich en febrero de 2014). Algunos batallones casi llegaron a ser ejércitos privados, como el Dneper 1, financiado por Igor Kolomoiski, oligarca y exgobernador de Dnepropetrovsk.

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En otoño, Ucrania comenzó a poner orden en las unidades de voluntarios y les dio a elegir entre subordinarse al ministerio de Defensa, al de Interior o a la Guardia Nacional (fundada en marzo de 2014). La mayoría encontró su encaje, pero algunos se resisten aún a la disciplina que Kiev pretende imponerles.

Ucrania está inundada de armas. El 11 de julio en Mukáchevo, una localidad de los Cárpatos, milicianos del Sector de Derechas (SD) se enfrentaron a tiros con la escolta de un diputado local y la policía. Tres muertos, varios heridos y varios milicianos fugitivos (que el SD se niega a entregar) fueron el balance de este caso es considerado un episodio de la pugna por controlar el contrabando en la frontera con Eslovaquia y Hungría. El SD, una organización nacionalista radical con un componente político y otro militar, se resiste a disolverse en las estructuras defensivas del Estado. Su líder, Dmitri Yárosh, logró algo más del 2% en las presidenciales de 2014.

Para poner orden, Kiev mandó como gobernador a los Cárpatos a Guennadi Moskal, el general de la policía, que antes fue gobernador de Lugansk, la provincia oriental que, como Donetsk, está bajo control parcial de los secesionistas.

Precisamente en el frente de Lugansk se niegan a abandonar sus posiciones de primera línea los combatientes del batallón de voluntarios Aidar, al que Moskal acusó en primavera de robos y asaltos. También Amnistía Internacional involucró a Aidar en secuestros, detenciones ilegales, malos tratos, robo, extorsión y posibles ejecuciones de prisioneros. El primer comandante del batallón, Andréi Melnichuk, diputado de la Rada Suprema (parlamento estatal) desde octubre, será juzgado de cargos como secuestro y asalto tras ser privado de su inmunidad por la cámara. Al mando de Aidar, lo reemplazó un militar, pero parte de la formación—hoy el “batallón de asalto número 24” del ministerio de Defensa—desacató la orden de retirarse del frente.

Los milicianos reconocen haber ocultado armas (incluido un carro blindado) para que no les fueran requisadas

En la segunda mitad de julio, esta corresponsal conversó con tres combatientes de Aidar en Artemovsk, en la provincia de Donetsk. Pável, Igor y Volodymir iban en traje de camuflaje y no abandonaron sus ametralladoras durante nuestra cita en una terraza de la localidad controlada por Kiev. Los voluntarios dijeron temer que el frente se hiciera “vulnerable” si pasaban a la retaguardia. “No estamos por la solución militar, pero entendemos que algunos problemas de la paz se resuelven con la guerra y seguimos luchando por nuestra independencia, como en el Maidán”, afirmaba Pável, un oriundo de Donetsk. “Podemos vencer si nos equipan”, añadía.

Los voluntarios fueron los primeros en organizarse y oponer resistencia “a las unidades militares entrenadas y equipadas por Rusia enviadas a Donbás a principios de abril de 2014”, explicaba Pável y recordaba que, por entonces, Alexander Turchínov, el presidente interino de Ucrania, se negaba a movilizar y a armar a los voluntarios del Maidán.

“Rusia equipó y entrenó a los miembros de los BERKUT, las fuerzas de intervención especial [de Ucrania] y a los policías que huyeron desde Kiev a Crimea. Los rusos formaron dos batallones en la antigua base de infantería de Marina de Ucrania, en Kerch, y los mandaron a Donbás [la región carbonífera formada por Donetsk y Lugansk], donde a principios de abril ya funcionaba un grupo especial ruso que se hacía pasar por una milicia popular”, manifestó Pável. “Hartos de esperar en vano a que nos movilizaran, formamos nuestros propios batallones”, sentenció.

En 2014 los voluntarios fueron los primeros en organizarse y oponer resistencia a los secesionistas en el Donbás

Aidar se ha apoyado en los activistas civiles que le han regalado alimentos, equipo, visores nocturnos, chalecos y mirillas, pero esta generosidad se resiente de la crisis económica, según explicó Ígor. “El ministerio de Defensa nos trata como a perros callejeros a los que alimenta de vez en cuando”, comparaba Pável. “Cuando nos necesitan, vienen a pedirnos ayuda, pero cuando arrebatamos armas a los separatistas, los del Servicio de Seguridad (SBU) nos las confiscan y los fiscales vienen explicarnos que las armas deben permanecer guardadas incluso en primera línea de frente, y que, si nos disparan, debemos solicitar los fusiles en el almacén y firmar un recibo”. Los voluntarios reconocen haber ocultado armas (incluido un carro blindado) para que no les fueran requisadas. “Para darnos armas viejas exigen tanto papeleo que es mejor arrebatárselas al enemigo. Durante veinte años los arsenales han sido saqueados y nadie lo notó y ahora nos dicen que robamos municiones”, señalaba Ígor.

El batallón Aidar tiene más de 1.000 personas, aseguran los combatientes, según los cuales el ministerio de Defensa se demora en pagar los sueldos (el equivalente de algo más de 200 euros al mes para un soldado raso) y no les concede las prestaciones de los soldados regulares. El ministerio de Defensa exige rendir cuentas de las armas disponibles antes de autorizar la transferencia del equipo, según contaba Rambo, un veterano de Aidar, en Kiev. El combatiente, que prefería no identificarse, mostraba la foto de los camiones desfondados que le fueron entregados y se reía ante el vídeo de tres carros blindados, uno de los cuales arremetía contra los otros para hacerlos arrancar.

Los combatientes denunciaban la situación de inválidos y lisiados.“No quieren expedir certificados de que nuestros chicos fueron heridos en el frente”, dice Volodymir. “De forma artificial rebajan el número de bajas, porque éstas dan mala imagen y el presidente Poroshenko quiere mostrar que su plan de paz da resultado, aunque los acuerdos de Minsk han costado muchas vidas”, afirmaba Pável.

De forma intermitente, los voluntarios van a Kiev a protestar ante las sedes de la Administración, pero hasta ahora no tienen el poder de convocatoria para el nuevo Maidán con el que amenazan a los políticos.

Ignorados defensores de la patria

La indiferencia administrativa afecta a los voluntarios caídos por Ucrania. En octubre, el doctor Serguéi Gorbenko perdió a su hijo de 19 años. Sviatoslav fue mortalmente herido en el aeropuerto de Donetsk, adonde llegó tras alistarse en secreto en el Sector de Derechas. Un acta de defunción certifica la muerte de Sviatoslav, pero la ley vigente no permite registrarlo post mortem como caído por la patria, lo que priva a su familia de las prestaciones y el reconocimiento que le corresponderían de haber sido el hijo un soldado regular, según explica el doctor. “Si Sviatoslav no murió en la guerra, entonces es que me lo asesinaron”, dice Gorbenko en Kiev, donde reside. El médico, que atendió a los heridos en el Maidán de Kiev, se siente humillado por la burocracia y por la hipopocresía. Los líderes del Estado gustan de fotografiarse repartiendo medallas, pero no protegen a sus defensores, señala.

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