jueves, 10 de septiembre de 2015

Grecia avanza hacia un nuevo Parlamento muy fragmentado

Cartel de Syriza en el centro de Atenas. / LOUISA GOULIAMAKI (AFP)

ELECCIONES EN GRECIA 2015 »

Syriza y ND empatan en las encuestas, pero no logran suficiente mayoría


MARÍA ANTONIA SÁNCHEZ-VALLEJO Atenas 10 SEP 2015 - 00:18 CEST


En una campaña electoral marcada por la grave crisis migratoria y por el escepticismo, por no decir la desgana, de la ciudadanía, que el próximo 20 de septiembre votará por tercera vez en lo que va de año —tras las generales de enero y el referéndum de julio—, la verdadera incógnita en Grecia no es saber qué partido ganará las elecciones convocadas anticipadamente en agosto por Alexis Tsipras, sino cuál será la composición final del futuro Gobierno, dado que nadie logrará la mayoría absoluta en un escenario político definido por la fragmentación.

Con un 8-10% de indecisos, porcentaje que se reduce a medida que se aproxima la cita, ni Syriza, en cabeza, ni la conservadora Nueva Democracia (ND), medio punto por detrás en las encuestas (en la horquilla del 26% al 28% de apoyos), podrán gobernar en solitario, de ahí que más que sus consignas o las medidas de sus respectivos programas, los líderes de estos y el resto de partidos con posibilidades de entrar en la quiniela, repitan que Grecia debe prepararse para un gran compromiso poselectoral, con el país embarcado en un duro programa de reformas impuesto por el cuarteto de acreedores a cambio del tercer rescate (86.000 millones a tres años).

Acuerdo en el rescate

Los siete líderes políticos con representación parlamentaria —todos, incluido Panayotis Lafazanis, líder de Unidad Popular, pero no el neonazi Nikos Mijaloliakos, que amenazó con enviar a sus huestes a boicotear el acto—, celebraron anoche, a instancias de la oposición, un inédito debate televisado frente a otros tantos periodistas (seis preguntando y uno moderando) en el que, además de arremeter todos contra Alexis Tsipras, hubo espacio, a golpe de cronómetro, para un sinfín de temas, incluido el estado de la economía o la crisis migratoria, grandes telones de fondo electorales.

Pero hubo algo en lo que la mayoría coincidió con Tsipras: la necesidad de aplicar el tercer rescate. “Todos saben que dimos una dura batalla”, defendió el líder de Syriza. Solo Lazafanis y Dimitris Kutsumbas, cabeza del comunista KKE, fueron la nota discordante y apoyaron la salida del euro.

Syriza es el único partido que insiste en la necesidad de una mayoría absoluta por la estabilidad que eso daría al Ejecutivo, pero, a regañadientes, algunos de sus miembros ya apuntan que, de pactar, estaría dispuesto a hacerlo con el socialdemócrata Pasok y el liberal To Potami, y jamás con su principal contendiente, ND. La estrategia del partido izquierdista, quemado en apenas siete meses de gobierno por un referéndum de ida y vuelta y el amargo memorándum, consiste pues en rechazar una “gran coalición” a la griega y en arañar hasta la última papeleta. Syriza ha perdido entre un 4% y un 5% de apoyos por la escisión de su ala radical (Unidad Popular, su partido, entrará en el Parlamento según los sondeos), que con su oposición le hizo perder la mayoría en la Cámara durante la tramitación del tercer programa de ayuda.

El líder conservador, Vanguelis Meimerakis, más valorado incluso que Tsipras en algunas encuestas (con el 44% de apoyos frente al 41% de este último, según un sondeo divulgado este miércoles que sin embargo consagra al líder de Syriza como el primer ministro preferido de la mayoría de ciudadanos), insiste al contrario en que, si ND gana las elecciones, querrá a Syriza a su lado, e incluso a Tsipras al frente de un Gobierno de unidad nacional a cuatro años vista. La primera evaluación del tercer rescate, en octubre, podría acelerar el ritmo de las negociaciones poselectorales.

Tres hechos parecen casi seguros, a juzgar por los sondeos. Uno, que Griegos Independientes (ANEL), la derecha soberanista que fue socio de coalición de Syriza, no entrará en el Parlamento. Dos, que el partido neonazi Aurora Dorada (AD) probablemente revalidará el importante tercer puesto en la Cámara, con un incremento de más de un punto con respecto a enero (6,2%, 17 escaños). Y tres, la recomposición de todo el centro político, con la fulgurante ascensión de la Unión de Centristas, un partido veterano, pero sin fortuna electoral hasta el momento —en enero logró su mejor marca, el 1,79%, menos del 3% necesario para lograr representación—, liderado por el reformista Vasilis Levendis; también se difumina el centroizquierda con las listas comunes de Pasok e Izquierda Democrática (Dimar, socio de ND y Pasok de 2012 y 2013), que les garantizan en torno al 6,5% de los votos, dos puntos más que el Pasok solo en enero. A diferencia de este último, ND se mantiene en el porcentaje de entonces, pero mejora sensiblemente en cuanto a liderazgo. Ahora es Syriza quien pierde apoyos, no ND la que los gana.

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Dada la reñida liza, y ante la apatía de la calle, la campaña más extraña desde que empezó la crisis se ha enrocado en acusaciones a la desesperada, como las del líder de ANEL, Panos Kamenos, contra Meimerakis, por la dudosa compra de submarinos cuando el líder conservador fue ministro de Defensa (2006-2009). O en los dardos dirigidos por ND a la exresponsable de Inmigración del Gobierno de Syriza, Tasia Jristodopulu, que en unas equívocas declaraciones señaló el gran volumen de ingresos que la llegada masiva de refugiados supone para la economía de las islas del Egeo.

Una crisis esta que algunos pretenden instrumentalizar, reanudando los repartos de comida “sólo para griegos” o prometiendo “la salvación” a las islas del Egeo o los vecindarios de Atenas con mayor presencia de extranjeros. Dos parlamentarios de Aurora Dorada (AD) viajaron a la isla de Kos a finales de agosto para pescar en aguas tan revueltas. “Las próximas elecciones son un arma en las manos de los residentes de Kos: podrán votar a Syriza, y ver la isla convertida en Pakistán, o a AD, y recuperar a Kos como isla griega”, arengó Kasidiaris a un nutrido grupo de isleños, que reclamaban ayuda. El tradicional voto oculto, vergonzante, de la ultraderecha amenaza con deparar una sorpresa en el escrutinio, en el que el partido confía en alcanzar con holgura el 9% de los sufragios.

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