jueves, 3 de septiembre de 2015

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La crisis migratoria ha sorprendido a Europa en su punto político y geográfico más intolerante y xenófobo

RUBÉN AMON 3 SEP 2015 - 13:57 CEST


“Hungría para los húngaros”. Llama la atención que el lema xenófobo, constituyente, de Viktor Orbán se le haya transformado, hasta cierto punto, en una maldición. Lo acuñó para sacudirse el goteo de la inmigración serbia en los estertores de la pasada primavera, pero la corpulencia de la crisis siria, la presión fronteriza y el hacinamiento de la estación de Budapest, configuran un escenario desproporcionado que el primer ministro húngaro ha decidido gestionar desde sus convicciones nacionalistas y excluyentes.

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Las expone hoy en Bruselas justificando los recelos victimistas que tantas veces ha aireado. Orbán es un euroescéptico y una anomalía democrática. Tanto por el asedio a la libertad de prensa como por sus agresiones a los derechos elementales, incluidos el acoso a las minorías étnicas –la gitana, en primer lugar- y la amenaza de una reforma constitucional que aspiraba a rehabilitar la pena de muerte.

Sería una razón para arriesgar la militancia de Hungría en la Unión Europea, como lo supone diseñar un muro de 175 kilómetros con que el patriarca magiar pretendió contener inicialmente el flujo de inmigración serbia, redundando en una campaña xenófoba que empapeló las calles de las grandes ciudades: Si vienes a Hungría no le quites el trabajo a los húngaros”. Orbán apelaba al fantasma de la inmigración para reconducir a su favor las adhesiones que ha logrado el partido ultraderechista Jobbik. O sea, que en Hungría existe la extrema derecha de Orbán y la “extrema extrema” derecha de Jobbik, en ambos casos euroescépticos y propensos a mirar a Moscú, no por nostalgia del comunismo, claro, sino porque Putin es un modelo de autoridad política, populista, religiosa, moral, nacionalista e imperial que Orbán no se sabe si imita o parodia con ínfulas de condotieroredentor.

Lo ha demostrado esta mañana en una tribuna apocalíptica publicada en las páginas del Frankfurter Allgemeine: “Se está produciendo actualmente una inmigración de asentamiento que podría cambiar la faz de la civilización europea. Si acaba consumándose, será irreversible.” Si Europa se hace multicultural, ya no habrá vuelta atrás, ni a una Europa cristiana, ni al mundo de las culturas nacionales. […] Si hoy nos equivocamos, será para siempre”.

Quede claro que Hungría únicamente aloja un 1,5% de extranjeros. Y que los flujos de inmigrantes, acelerados con la crisis siria, sólo atraviesan la patria de Orbán para recalar en Austria o en Alemania, pero el recurso del enemigo exterior es un clásico en el repertorio de la cohesión interna, del mismo modo que la erección de un muro de concertinas en la Europa sin fronteras sobrentiende hasta qué extremo empieza a manifestarse una brecha aparatosa en la precaria cohesión del proyecto comunitario. Es la razón por la que Orbán se presenta como un visionario y el motivo por el que alardea de congelar 150.000 demandas de asilo desde el inicio de 2015.

La crisis migratoria ha sorprendido a Europa en su punto geográfico más intolerante y xenófobo. Lo prueba una legislación acordada en Budapest el 1 de agosto de acuerdo con la cual se extremaban las dificultades para conceder el asilo político a los refugiados. Hungría había rechazado el 91% de las solicitudes antes de formalizarse incluso la ley. Una vez en vigor, cualquier hipótesis de asilo necesita por añadidura que los refugiados provengan de un país “inseguro”.

Y como Serbia no es un país inseguro, Orbán tiene las facultades para considerar a los refugiados sirios unos delincuentes y evacuarlos con el ejército, excitando incluso las bajas pasiones de sus compatriotas y sus aliados. Porque no está sólo Orbán. Ni en su país ni fuera de él. Mañana convoca a los próceres del llamado grupo de Visegrado –Polonia, República Checa, Polonia y Hungría- para incitar una rebelión del Este europeo contra el escrúpulo humanitario de Francia y la Europa septentrional, aunque sea al precio de dilatar las costuras éticas y políticas del continente.

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