miércoles, 2 de septiembre de 2015

LA TRAGEDIA DE LA INMIGRACIÓN

REUTERS
Emigrantes a bordo de un autobús en Horgos (Serbia) tratando de llegar a Hungría

CRISIS MIGRATORIA EN EUROPA

Mientras Hungría trata de ordenar la multitud, Austria acusa indignada a Berlín de sembrar el efecto llamada


DANIEL IRIARTE / ENVIADO ESPECIAL A BUDAPEST - Día 02/09/2015 - 13.58h


El hombre, subido sobre un compañero, grita: «¡¿Dónde vais a ir?!». «¡A Alemania!», ruge la multitud. «¡El pueblo quiere ir solamente a Alemania!», corean todos en árabe, transformando el eslogan estrella de las revueltas en Oriente Medio de los últimos años («El pueblo quiere la caída del régimen») en una petición más desgarrada, pero también más prosaica.

Los cientos de refugiados reunidos en la puerta de Keleti, la principal estación de ferrocarril de Budapest, exigen lo mismo que las autoridades húngaras les han estado permitiendo hasta ahora: que se les deje continuar su viaje hacia el oeste. El lunes, sin embargo, las autoridades austriacas empezaron a parar algunos trenes en la frontera,impidiendo el paso de cientos de refugiados. Keleti fue temporalmente clausurada durante la madrugada por este motivo, y cuando se restauraron los servicios, alrededor de las diez de la mañana, la policía antidisturbios ya no permitía la entrada a ningún refugiado.

La ruta clásica

«Han estado dejando irse a algunas personas, pero ahora a nosotros no nos lo permiten», se queja la familia Bako, de ocho miembros, entre ellos dos niños pequeños, ahora acampados en los bajos de la estación. Los Bako abandonaron la ciudad siria de Alepo hace dos semanas, y han recorrido la ruta clásica: Líbano, Turquía, un viaje en patera hasta una isla griega, y después un largo viaje por tierra. «En Grecia recorrimos setenta kilómetros caminando. Acabamos todos con problemas en los pies», relatan. El resto, en tren.

«En Serbia nos trataron bien. Había incluso mujeres policía para tratar con nosotros», explica Ward Isan, la madre de los pequeños. Nos cuenta que tiene familia en Colonia, el motivo por el que todos ellos quieren ir a Alemania.

El gobierno austriaco apenas puede contener su indignación hacia las autoridades húngaras por su decisión, puesta en práctica en los últimos días, de permitir que los refugiados vayan a donde quieran. «Que simplemente embarquen en Budapest y se aseguren de que viajan al país vecino. ¿Qué clase de política es esa?», declaró ayer el canciller austriaco Werner Faymann, a una televisión de aquel país.

La ministra del Interior austriaca, Johanna Mikl-Leitner, tampoco se ha privado de criticar a Alemania, especialmente después de que se difundiese que el gobierno de Merkel había dado indicios que no hará volver a los ciudadanos sirios que lleguen al país. Mikl-Leitner aseguró que esta situación ha «despertado esperanzas» entre los refugiados, y ha pedido a Alemania que clarifique su posición sobre las normativas de asilo. A la situación tampoco contribuyen los rumores de que el ejecutivo alemán ha fletado trenes especiales para recoger a los sirios en Budapest, algo que ha tenido que ser desmentido por el propio Steffen Seibert, portavoz del ejecutivo de Merkel.

Buscar acomodo

De momento, los Bako, junto con miles de refugiados más, tratan de acomodarse como pueden en los pasillos de la parte inferior de Keleti, junto a los accesos a la línea de metro. Al menos dos mil migrantes llegaron a este lugar durante la noche del lunes al martes, y se espera un número similar durante esta madrugada.

«Hay refugiados en la estación desde hace más o menos un mes, y de forma tan masiva desde hace un par de semanas», explica Lina, una joven húngara que trabaja en una oficina de cambio frente a Keleti.«Tengo que dormir en el suelo. No tenemos agua, ni comida, ni hay baños que podamos utilizar todos», dice Ahmed Labdu, otro refugiado de Idlib, que viaja de forma irregular porque no tiene pasaporte. «El régimen sirio nunca me quiso dar uno», dice, antes de lanzarse a una larga perorata sobre las dificultades de sobrevivir en la Siria de Bashar Al Assad, a quien responsabiliza de la situación actual en aquel país.

En Keleti, los refugiados se lavan en una especie de fuente cercana, y muchos han montado tiendas de campañas en los pasillos interiores de la estación. Una escena pone de manifiesto lo dramático de la situación: un húngaro de mediana edad se acerca con una bolsa de plátanos, dispuesto a repartirlos entre los niños. Pero pronto le rodean los adolescentes, y después los adultos.

La multitud se agita, y el hombre trata de alejarse para mantener el control, pero alguien agarra la bolsa y la desgarra. Los plátanos se desparraman por el suelo, y los refugiados, aún tratando de mantener la dignidad, se lanzan sobre ellos con energía. El hombre retrocede con gesto de hastío, abandonando una bolsa inútil.

A pocos metros de allí encontramos a un grupo de veinteañeros que descansa bajo un árbol. Son estudiantes de Damasco y Alepo: ingeniería, medicina, agricultura. «Algunos nos hemos conocido durante el viaje», dice Ayman Al Harez, que hace las veces de cabecilla. «He decidido marcharme porque hasta ahora tenía esperanzas de que la guerra acabase pronto, pero ya han pasado cuatro años, y no termina», cuenta.

Ellos, como muchos sirios de cierto poder adquisitivo que hemos encontrado, están viajando por su cuenta, a través de contactos clandestinos. Han llegado a Budapest ese mismo día a las 6 de la mañana, y esperan continuar su viaje por la noche. «Queremos ir a Alemania, porque es fácil llegar allí», asegura Ayman. Sus amigos Abdurrahman y Mohammad siempre tuvieron ese país como objetivo. Ayman no: «Yo quería ir a Suecia, hasta que escuché que Alemania estaba acogiendo a los sirios», indica.

«Hemos abandonado nuestra educación en Siria, nuestra familia, todo. Allá la gente está muriendo, y nosotros todavía tenemos que dar gracias a Dios porque estamos vivos», dice Ayman.

No hay comentarios: