martes, 29 de septiembre de 2015

Las ‘quebradeiras’ brasileñas luchan por la igualdad de género

Maria de Fátima Ferreira, abriendo cocos de babasú.breaks open a babaçu coconut at a cooperative in Esperantina, Brazil, July 14, 2015. / ADRIANA BRASILEIRO (T. R. F.)

La mayoría de los 300.000 partidores de babasú son mujeres y muy pocas tienen derecho sobre las tierras que cultivan

ADRIANA BRASILEIRO (FUNDACIÓN THOMSON REUTERS) ESPERANTINA (BRASIL)


Sentada en el suelo desnudo de una choza con techo de paja, Maria de Fátima Ferreira sujeta firmemente un coco babasú con el filo cortante de un hacha de mano y lo abre con dos golpes rápidos usando un trozo de madera dura.

En solo unos segundos, el fruto, más o menos del tamaño de un limón grande, se parte en cuartos para obtener seis finas semillas. Ferreira, de 35 años, las saca y coge otra de un cesto de paja en una cooperativa de trabajadores en Esperantina, una pequeña localidad en el Estado nororiental de Piauí. “El babasú es una parte tan importante de mi vida que probablemente lo pueda romper con los ojos cerrados”, dice con una sonrisa. Se calcula que 300.000 partidores de babasú como Ferreira, que viven en algunos de los estados más pobres de Brasil, obtienen al menos la mitad de sus ingresos recolectando los que caen de las palmeras y usando todo lo que ofrecen.

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De la semilla se extrae aceite, la cáscara se usa como carbón vegetal, y el mesocarpio, la nutritiva pulpa parecida al almidón que hay debajo de la cáscara, se añade a las tortas y a las gachas. Y las hojas del árbol, que crece en la naturaleza, se usan para las techumbres.

A lo largo de generaciones, el estilo de vida de las partidoras de cocos, oquebradeiras, ha sufrido muchas amenazas, como la deforestación, la expansión de la agricultura y de la ganadería, y la presión de las operaciones mineras a gran escala.

Muchas de ellas viven en asentamientos fundados por esclavos que huyeron a finales del siglo XIX. Otras son descendientes de tribus nativas que vivieron en la zona antes de que los colonizadores europeos empezasen a llegar a mediados del siglo XVI.

Casi todos los que se dedican a esta labor son mujeres, y solo una minoría tiene derechos de propiedad sobre la tierra en la que recolectan los frutos. Su vulnerabilidad se ha visto empeorada por la falta de reconocimiento oficial de su actividad, que el Gobierno no considera importante desde un punto de vista económico.

Derecho a los recursos


Según uno de los objetivos previstos para lograr la igualdad de género, los Gobiernos se comprometerán a llevar a cabo reformas que concedan a las mujeres igualdad de derechos sobre los recursos económicos, y que también les permitan poseer y controlar tierras y otras formas de propiedad y de recursos naturales.

“Cualquier cosa en la agenda internacional que obligue al Gobierno (brasileño) y al Congreso a aprobar la Ley del Babasú Libre nos ayudará a promover nuestra causa”, asegura Francisca da Silva Nascimento, la coordinadora del Movimiento Interestatal de Partidoras de Cocos, un grupo creado en 1991 para ayudar a las mujeres a luchar por su derecho a recolectar el babasú. Ella y sus compañeras esperan que los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU (ODS), que está previsto que aprueben los líderes mundiales a finales de este mes, les sirvan de apoyo en su lucha por conseguir una ley federal para proteger la palmera y darles acceso a los bosques de babasú, con independencia de quién sea el propietario de las tierras.

Las mujeres también quieren que se las reconozca y se las proteja en la nueva campaña para invertir en la agricultura lanzada por el Gobierno en los estados de Maranhão, Tocantins, Piauí y Bahia, una zona que las autoridades consideran la última frontera de la agricultura.

Los árboles del babasú ocupan 18,5 millones de hectáreas de ese territorio, que abarca parte de la cuenca del Amazonas en el norte de Brasil. En 1997, el movimiento de las partidoras de cocos convenció a los legisladores de un municipio en Maranhão para que aprobasen una ley que otorgase libre acceso a cualquier propiedad para recolectar frutos. Ahora la ley está vigente en 13 municipios de tres estados, y las quebradeiras ejercen presión para que se apruebe una ley nacional.

Esperan que sus esfuerzos se vean respaldados por un nuevo mapa que muestra los peligros para los bosques de babasú y su forma de ganarse la vida, que se presentó a los miembros del Congreso en agosto. “Este planteamiento de no querer derechos de propiedad sobre las tierras, sino el derecho a recolectar los frutos, que los agricultores consideran una molestia, es increíblemente progresista”, afirma Aurélio Vianna, un directivo del programa de la Fundación Ford, que financió el proyecto del mapa. “Las quebradeiras llevan a cabo una actividad realmente sostenible que es un gran ejemplo de lo que el mundo quiere en el programa de desarrollo posterior a 2015”, señala.

Los frutos solo se recolectan en la naturaleza, lo que significa que no es necesario talar bosques para hacer plantaciones. Con una pequeña inversión de las cooperativas, se puede usar entero para generar ingresos para centenares de miles de familias en el norte de Brasil, lo que les permitirá permanecer en sus hogares rurales en vez de marcharse a las ciudades en busca de trabajo.

La cadena de producción del babasú es una manera de reducir la pobreza, erradicar el hambre, garantizar una vida sana y gestionar los bosques de forma sostenible, añade Vianna.

Clientes del sector de la cosmética


A lo largo de las dos últimas décadas, las quebradeiras han aprendido a añadir valor a los productos del babasú para aumentar sus ingresos. Pero las mejoras han sido desiguales en las diferentes comunidades. En algunas zonas, se han organizado en cooperativas y han adquirido equipamientos como hornos industriales y extractores de aceite para que su producción sea más eficiente. Estos grupos son capaces de vender aceite de babasú y harina de mesocarpio a los programas de comidas para los colegios del Gobierno, e incluso a empresas de cosméticos extranjeras como Aveda y The Body Shop. Pero en comunidades más pobres y aisladas, la mayoría de las quebradeiras subsisten a base de recolectar frutos y vender las semillas porque carecen del equipamiento o de los conocimientos para hacer algo más, explica el ingeniero agrónomo Alvori Cristo dos Santos.

En un estudio de 113 familias en 16 comunidades del Estado de Maranhão, donde se encuentran los mayores bosques de babasú, Santos descubrió que los ingresos de las familias se multiplicaban por cinco cuando las quebradeiras podían producir aceite y harina. No existe un programa integral del Gobierno para ayudar a las partidoras de nueces, aunque algunas de ellas se han beneficiado de iniciativas financiadas por Gobiernos estatales, municipios y organizaciones benéficas.

La Secretaría Especial para Políticas de las Mujeres de Brasil reconoce que es necesario hacer algo más, pero su pequeño presupuesto se redujo recientemente por los esfuerzos del Gobierno para recortar gastos, según Linda Goulart, la secretaria ejecutiva. “Creemos que las quebradeiras son un gran ejemplo de actividad sostenible, y las apoyamos en su lucha por conseguir unas condiciones de vida mejores, pero, por desgracia, los recursos que tenemos son escasos en comparación con los desafíos a los que nos enfrentamos”, asegura Goulart a la Fundación Thomson Reuters.

(Con información de Adriana Brasileiro; edición de Megan Rowling. Traducción News Clips. Este reportaje forma parte de una serie realizada por la Fundación Thomson Reuters para divulgar los Objetivos de Desarrollo Sostenible).

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