martes, 8 de septiembre de 2015

Michelle Bachelet, sola

Con o sin boletas del festín de los financiamientos ilegales de la política, el cúmulo de críticas y exabruptos de jefes de partido, ex ministros y parlamentarios sobre las actuaciones presidenciales, tarde o temprano les pasará la cuenta. Y esa es una opción para Michelle Bachellet. Ello implica retomar el papel que siempre trató de interpretar. Ir por fuera y no allanarse al modelo que los burócratas de la Concertación diseñaron, y que hoy ponen de nuevo en el menú de la fonda política, apostando a que está agotada y se quiere ir.

Por SANTIAGO ESCOBAR - 8 septiembre 2015 (elmostrador.cl)


El golpe político de la entrevista de Nicolás Eyzaguirre a El Mercurio el domingo pasado es desconcertante. Tanto por lo que se atreve a decir como por la develación de su propia personalidad, muy ajena a convicciones profundas. La forma elíptica de sincerar su desacuerdo con el diseño de Gobierno, señalando “ya lo había dicho antes”, para subrayar la imposibilidad de cumplir los compromisos, es prueba evidente de que solo estaba por poder o figuración. Luego de una legítima crítica pero acatando una decisión contraria, le corresponde callar para seguir en el Gobierno. No solo no lo hizo sino que se cambió de ministerio, en una autocrítica en público muy estilo comunista: para que el poder lo exculpe. La pregunta es ¿cuál poder? Porque es obvio que, de lo dicho, el de Michelle Bachelet no es, pues los subtextos de esa entrevista indican que para él el poder está en otra parte, muy fuera del Gobierno.

Es un hecho que Michelle Bachelet ha ido quedando sola, en medio de un deterioro acelerado de esa enorme fuerza electoral y popularidad ciudadana que la ungió como un fenómeno de la izquierda chilena. Es evidente que parte importante de ese capital se gastó en las chapucerías e ilegalidades del equipo que eligió para gobernar y someter a la fronda oligárquica de los partidos de su coalición. Pero –tal como lo señaló su amigo Nicolás Eyzaguirre– lo sustantivo se fue con la destrucción dramática de su imagen efectuada por su primogénito con el caso Caval y eso no tiene arreglo.

Pero el guión no está finalmente escrito. Por una razón muy simple: Michelle Bachelet no pertenece a la generación que ideó y creó los nexos transversales de la transición donde está el origen del mal que en parte le aqueja. Si bien su capacidad política está puesta a prueba y su Gobierno se debate demasiado en incoherencias y ambigüedades, aún es una formidable fuerza política frente al descrédito del resto de los actores. Más aún, si el canibalismo político desatado entre sus partidarios, que convoca abiertamente al abandono de la causa presidencial para un sálvese quien pueda, tiene pocas o nulas posibilidades de pasar por alto el papel de la justicia. Con o sin boletas del festín de los financiamientos ilegales de la política, el cúmulo de críticas y exabruptos de jefes de partido, ex ministros y parlamentarios sobre las actuaciones presidenciales, tarde o temprano les pasará la cuenta.


Y esa es una opción para Michelle Bachellet

Ello implica retomar el papel que siempre trató de interpretar. Ir por fuera y no allanarse al modelo que los burócratas de la Concertación diseñaron, y que hoy ponen de nuevo en el menú de la fonda política, apostando a que está agotada y se quiere ir.

Soquimich y el origen del mal


Edgardo Boeninger, considerado el arquitecto de la transición, nos dice lo siguiente en su libro Democracia en Chile, Lecciones para la gobernabilidad: “El gobierno de Aylwin tuvo que enfrentar dos problemas de naturaleza económica heredados del régimen militar, de evidente significación política y alta significación para la Concertación: las privatizaciones de empresas públicas realizadas por Pinochet y la llamada deuda subordinada de los bancos… Con respecto a las privatizaciones, el programa de la Concertación soslayó el problema al anunciar que revertiría cualquiera nueva privatización que el gobierno militar decidiera llevar a cabo después del Plebiscito de 1988, sin hacer mención alguna a aquellas efectuadas con anterioridad a esa fecha”

Y continúa: “La continuidad jurídica del Estado, formalmente consagrada y aceptada por la Concertación al reconocer a partir de las reformas de 1989 la legitimidad de la Constitución, tornaban del todo inviable cualquier intento de anular o rectificar lo obrado. Quedaba el camino de investigar presuntas irregularidades, opción que se empezó a utilizar en el caso de Soquimich, con desistimiento posterior por involucrar a un yerno de Pinochet… De haber persistido en investigaciones y acciones de este tipo (…) se habría iniciado un largo y polémico procedimiento judicial con muy negativos efectos sobre el sector privado en general y de dudoso resultado final… Tanto el Ministerio de Hacienda como los Ministros del área política propiciaron la decisión de dar vuelta la hoja y concentrar la atención del Estado en la regulación del mercado... Con el correr del tiempo, la leyenda negra se fue diluyendo, en tanto que las empresas afectadas se preocuparon activamente de su propia legitimación, de modo que al terminar el mandato de Aylwin el problema se podía dar por superado” (pp. 503 y 504).

Michelle Bachelet nada tiene que ver con el mundo que hizo ese diseño, es una outsider de ese poder político y, al menos en sus inicios, lo enfrentó. Tal vez sin mucha visión de proporciones pero lo hizo. Si finalmente terminó enredada con ellos, ya sea porque sus asesores la acercaron junto a la mano fácil de aquellos que abogan por un “gran acuerdo institucional que dé gobernabilidad al país”, aún tiene dos años para reponerse, sobre todo simplificando y concentrando la fuerza del poder presidencial.

Ese extenso pasaje ilustra el mal de origen del financiamiento ilegal de la política, pues el contrato firmado por Soquimich en 1993 por el litio –con Corfo y anuencia de los ministerios de Economía y de Hacienda, y la red posterior de protección a que dio lugar–, tuvo su origen en la “preocupación activa de su propia legitimación” que tuvieron las empresas, en este caso Soquimich, bien vista –si no auspiciada– por el área de ministros políticos. Entre ellos se encontraba Enrique Correa, uno de los principales lobbistas del país, que seguramente extrajo de esa y otras experiencias parte de la larga lista de clientes.

Algo similar pasó en pesca, electricidad y muchas otras áreas, dando origen al maridaje entre regulados y reguladores que ha terminado en los actuales escándalos de la política. Solo que el caso Soquimich se ha transformado en el test de la moralidad pública y, en cierto sentido, en la gran salida digna que tiene el Gobierno, si logra desprenderse de la gerontocracia y su red de poder, y la Presidenta ejerce firmemente su mandato.

Michelle Bachelet nada tiene que ver con el mundo que hizo ese diseño, es una outsider de ese poder político y, al menos en sus inicios, lo enfrentó. Tal vez sin mucha visión de proporciones pero lo hizo. Si finalmente terminó enredada con ellos, ya sea porque sus asesores la acercaron junto a la mano fácil de aquellos que abogan por un “gran acuerdo institucional que dé gobernabilidad al país”, aún tiene dos años para reponerse, sobre todo simplificando y concentrando la fuerza del poder presidencial.

Es claro que enfrenta sus propios fantasmas y problemas, su desconfianza y el agotamiento de su carácter, pero todavía puede. Siempre y cuando no se deje someter por la enorme máquina de comunicación, que la tiene sola y al centro del escenario.

Tal vez sus estrategas jamás hayan escuchado hablar de acelerar los escenarios para cambiar la posición de los actores. La gerontocracia se mueve lentamente y los jóvenes a veces demasiado rápido. Es un problema de ritmo, como dice Nicolás Eyzaguirre. Pero él, como buen músico acompañante, lo remite al ejercicio del Gobierno y no a la estrategia política en un escenario complejo.

Es evidente que la autorreferencia y la instrumentalización de las instituciones es la mayor característica de una red gerontocrática que domina o trata de dominar al Estado con talante de propietaria.

Michel Bachelet significó en parte la ruptura de esa estirpe en su primer mandato. Vino sola, outsider, caudilla, de la mano de un enorme carisma popular. Sin programa, improvisando, sin que nadie se repitiera el plato, y venciendo de facto al tapado de Lagos, José Miguel Insulza. ¿Por qué razón debiera rendirse ahora?

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