sábado, 10 de octubre de 2015

El petróleo da una tregua al Ártico

Una plataforma de Royal Dutch Shell llega a Port Angeles (Washington, EE UU) antes de poner rumbo al Ártico. / DANIELLA BECCARIA (AP)

El abaratamiento del crudo fuerza a los principales operadores a detener sus proyectos

MIGUEL ÁNGEL GARCÍA VEGA 10 OCT 2015 - 00:00 CEST


Un sueño y una pesadilla se desvanecen al mismo tiempo. Se derrite la quimera de las compañías petrolíferas de explotar el gas y el crudo del Ártico. El pasado 28 de septiembre, Shell paralizó por sorpresa su presencia en las aguas del norte. La presión de los ecologistas, los riesgos para la marca, los altos costes de extracción, accidentes y el activismo político ("El Ártico es un tesoro único", tuiteó Hillary Clinton, candidata demócrata a la presidencia estadounidense y muy crítica con el permiso que logró la compañía en agosto pasado para explotar el crudo en Alaska) han derribado un coloso. Pero esta es una verdad a medias. La responsabilidad profunda recae en los bajos precios del petróleo y los cambios geoestratégicos.

La decisión de la petrolera estadounidense es la evidencia, para algunos, de un caro fracaso. Solo en los últimos siete años la propia Shell junto con Eni (Italia), Repsol (España), Statoil (Noruega) y ConocoPhillips (Estados Unidos) habrían pagado 2.700 millones de dólares por los derechos de exploración en las aguas de Alaska, según el New York Times. En aquellos años el barril andaba en 150 dólares. Y nadie, desde luego, pensaba que caería hasta los 50 actuales. Entonces el sector veía en el cambio climático y la bajada de temperaturas un camino hacia su particular marmita de oro. Pero el sueño se nubla, y la industria detiene las máquinas a un alto precio. La aventura en el Ártico le ha costado a Shell, según varias informaciones, más de 7.000 millones de dólares.

"Otras compañías van a hacer lo mismo que Shell", aventura Jon Marsh Duesund, responsable de proyectos de Rystad Energy, una consultora especializada en este sector con sede en Noruega. Y da detalles: "Conoco Phillips y Statoil tienen vastas superficies [de exploración] en el mar de Chukchi (Alaska) donde Shell estaba perforando y nuestra impresión es que han esperado a ver qué hacía la petrolera antes de mover ficha". Además, en el mar de Beaufort, en el Ártico canadiense, "hemos visto a grandes operadores como Chevron, ExxonMobil y BP suspender sus actividades antes de que lo hiciera Shell". ¿Por qué?


El mercado nada en una abundancia de gas y petróleo, procedentes en gran parte de las operaciones de fractura hidráulica. A lo que se suman cambios geopolíticos. Si se levantan las sanciones económicas a Irán y su petróleo empieza a fluir, los 45 dólares por barril que Goldman Sachs pronostica para el año que viene serán un precio alto. En diciembre se reúne la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) y se verá si tiene fuerza para suturar esta sangría. Por ahora, las sanciones que Estados Unidos ha impuesto a Rusia por anexionarse Crimea el año pasado forzaron a ExxonMobil a romper su relación con la petrolera estatal rusa Rosneft, con la que pretendía perforar en el mar de Kara. Antes, en 2012, la francesa Total ya anunció que no buscaría en el Ártico debido a razones medioambientales.

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Todo lo que le podría ir mal a la industria ahí fuera, en el paisaje glaciar, le va mal. "Las operaciones en el Ártico son caras y un desafío", apunta Lidia Puka, investigadora del Instituto Polaco de Asuntos Internacionales (PISM). "Los proyectos offshore [en el mar] a gran escala (aguas profundas, oscuridad durante meses, temperaturas glaciales y tempestades) necesitan tecnología avanzada, infraestructuras, contratar personal y dar respuesta a las preocupaciones medioambientales". O sea, mucho dinero. "No busquemos más explicaciones, la decisión de Shell se justifica solo desde la economía. Extraer allí es muy caro", refrenda Gonzalo Escribano, director del Programa de Energía del Real Instituto Elcano.

Hasta tal punto llega el parón que algún medio americano titula sin ambages: "Las perforaciones en el Ártico están muertas en Estados Unidos". El maremoto de la decisión de Shell zarandea a otros pesos pesados. Un portavoz de ConocoPhillips admite —a través de correo electrónico— que las "noticias sobre el programa de perforaciones de Shell las tendremos muy en cuenta mientras decidimos nuestros planes en el mar de Chukchi [donde tienen bloques de exploración]".

Resultará difícil que esta onda expansiva no reverbere también en la presencia de Repsol. La compañía española posee 380 bloques en Alaska. Unos 160 en los mares de Beaufort y Chukchi y el resto tierra adentro; en concreto, en la zona de North Slope, y parece que les va bien. De hecho, en una nota de junio pasado la compañía destacaba el "alto potencial" de esta área y avanzaba que había solicitado las licencias de exploración para las formaciones geológicas de Nanushuk y Alpine. Mientras, en Madrid, defienden que hasta ahora han salido las cuentas en la búsqueda terrestre.

El Gobierno de Barack Obama, por otra parte, ha aumentado las exigencias medioambientales. Por ejemplo en las distancias entre plataformas y en el respeto a las rutas migratorias de ballenas y otros mamíferos marinos. Tampoco es sencillo contratar personal cualificado dispuesto a trabajar a 15º bajo cero. Pese a todo el Ártico es goloso. El Servicio Geológico de EE UU estima que la región esconde un potencial equivalente a 412.000 millones de barriles de petróleo. El 13% del crudo del mundo aguarda en el Círculo Polar Ártico.

¿Por mucho tiempo? Hay una guerra fría por el crudo del Ártico. Así que la victoria para los ecologistas puede ser solo a medio plazo. Si el cambio climático provoca "la apertura del paso del Noroeste [la ruta marina más corta entre Europa y Asia] tendría enormes consecuencias geopolíticas. Todavía llevará algo de tiempo que sea navegable todo el año. Pero si sucede reducirá de forma sustancial los tiempos de navegación y tendrá repercusiones militares, lo que reabrirá disputas por los territorios", vaticina William M. Arnold, experto en geopolítica energética en la Rice University de Houston.

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