miércoles, 21 de octubre de 2015

La guerra en el peronismo empieza antes de ganar las elecciones

La presidenta Cristina Fernández con Daniel Scioli. / VICTOR R. CAIVANO (AP)

Daniel Scioli, el candidato oficialista, ha dado ya síntomas de un giro de la política económica marcada por Cristina Fernández

CARLOS E. CUÉ Buenos Aires 21 OCT 2015 - 01:40 CEST

El peronismo, al frente del Gobierno desde hace 13 años en Argentina, es el favorito pero aún no ha ganado las elecciones de este domingo. Y sin embargo ya empieza a disputarse cómo ejercerá ese poder. Daniel Scioli, el candidato oficialista, ha dado ya tímidos síntomas de un giro de la política económica marcada por su antecesora, Cristina Fernández de Kirchner, aún en el poder. Scioli apunta a una economía más ortodoxa. Y los kirchneristas se inquietan y preparan ya la resistencia a ese cambio desde el Congreso y la provincia de Buenos Aires, su refugio.

Con la excepción de dos breves periodos, el de Raúl Alfonsín (1983-87) y el de Fernando de la Rúa (1999-2001), la recuperada democracia argentina vive dominada por el peronismo. Todas las batallas de poder clave, incluso las guerras izquierda-derecha, se producen dentro de este movimiento autóctono, inclasificable dentro de los parámetros internacionales. Ahora sucede de nuevo.

Scioli, a su manera, sin un choque directo con la presidenta, está lanzando el mensaje, en especial a los mercados, a través de intermediarios y citas con inversores, de que él va a cambiar la política económica. En privado, en su entorno lo están dejando muy claro. Y él lanza a los suyos, como el gobernador de Salta, Juan Manuel Urtubey, probable ministro de Exteriores, a explicar en Nueva York ante los inversores que va a haber un pacto con los fondos buitre y van a volver las facilidades para invertir en Argentina. "Yo sé lo que les preocupa a ustedes", les dijo la semana pasada Scioli a los empresarios más importantes del país, muy críticos con la política económica kirchnerista.

Nadie en el peronismo se anima a atacar directamente a Scioli en plena campaña. Pero la respuesta también ha sido muy clara. Aníbal Fernández, número dos del Gobierno, kirchnerista puro y candidato a presidir la provincia de Buenos Aires, del tamaño de Italia, saltó en tromba contra el sciolista Urtubey. Le acusó de "decir lo mismo que Macri", el líder de la oposición, sobre el pacto con los buitres.

De fondo hay una batalla de poder pero también ideológica: muchos kirchneristas temen que Scioli, que llegó a la política de la mano de Menem en la época neoliberal del peronismo, dé un giro hacia políticas más favorables a los grandes empresarios, con un ajuste quizá tan fuerte como el de Brasil.

Muchos kirchneristas temen que Scioli, que llegó a la política en la época neoliberal del peronismo, favorezca a los grandes empresarios

Un kirchnerista resume la batalla de poder que hay de fondo, y que se empezó a librar en agosto, cuando el sciolista Julián Domínguez, amigo del Papa Francisco, compitió en primarias con Aníbal Fernández y perdió: "Lo que se jugó en la interna peronista era si Scioli controlaba también la provincia con Domínguez o se la quedaba Cristina con Aníbal. Y ganó Cristina. Ahí vamos a resistir", señala. Un sciolista veterano desdramatiza y recuerda que el peronismo se acomoda con el que manda, que será Scioli. "Esto es peronismo, que nadie se engañe, dentro de dos meses Aníbal será el más sciolista de todos. Lo hemos visto muchas veces", se ríe.

En cualquier caso la inquietud del mundo kirchnerista, que aun así trabaja para que gane Scioli porque quiere mantener el poder, es importante. Líderes de La Cámpora, el movimiento del entorno de la presidenta, como el diputado Juan Cabandié, hijo de desaparecidos, lo dejan claro: "Nuestra referencia va a seguir siendo Cristina".

Scioli busca la cuadratura del círculo, reflejada en su lema "la continuidad con cambios". Él solo nunca podría ganar unas elecciones. Necesita los votos del kirchnerismo, pero a la vez tiene que mostrar que va a cambiar. Todo hasta el domingo. Después, si gana, se verá al verdadero Scioli, dicen los suyos.

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