domingo, 1 de noviembre de 2015

La lucha de los 90.000 curas casados de la Iglesia católica

Sacerdotes en la basílica de San Pedro en el Vaticano. / ANDREAS SOLARO (AFP)

La federación internacional celebra un congreso en Madrid y pide a Francisco que acabe con el celibato obligatorio

JUAN G. BEDOYA Madrid 1 NOV 2015 - 16:28 CET


De los sacerdotes casados en el último medio siglo (desde el Concilio Vaticano II, en 1965), se ha dicho que eran unos desertores. Desde hace una década aparecen como profetas. Hay en todo el mundo unos 90.000, de los que algo más de 6.500 son españoles. Son muchísimos si se tiene en cuenta que la Iglesia romana tenía el año pasado 413.418 curas (19.058 en España), además de un grave problema de vocaciones. Con las cifras de católicos que cuenta el Vaticano (1.214 millones), la proporción entre pastores y ovejas (la terminología al uso) es preocupante, según estimaciones del propio papa Francisco: 2.939 feligreses por sacerdote y 236.555 por obispo. Este es el primer análisis del Congreso Internacional de la Federación Europea de Curas Católicos Casados que se celebra este fin de semana en el centro de congresos Fray Luís de León, en Guadarrama (Madrid).

En contados casos, el cura casado ha seguido ejerciendo como tal con el consentimiento tácito de su obispo

Europa es el continente donde más se aprecia la crisis del catolicismo. “Una viña devastada por los jabalíes del relativismo”, dijo en 2010 el papa emérito Benedicto XVI. Al descenso de vocaciones sacerdotales, se une una disminución del 9% de párrocos en activo y el envejecimiento del clero restante (66 años de media de edad). ¿Son la solución los curas casados, mejor dicho, decretar el celibato opcional, no obligatorio, como han hecho las demás religiones cristianas, e incluso abrir el sacerdocio a la mujer, como las iglesias protestantes? Francisco tiene sobre la mesa esas opciones. Incluso ha reconocido que la relajación de las leyes del celibato es una puerta abierta, descartando, en cambio, de raíz, la ordenación de mujeres. Lo dijo en abril de 2014, forzado por unas declaraciones previas de su secretario de Estado, el arzobispo Pietro Parolin, que habían provocado un curioso sobresalto mediático. “El celibato obligatorio no es un dogma de la Iglesia y puede ser discutido porque se trata de una tradición eclesiástica”, había dicho el primer ministro del Papa.

La ley del celibato obligatorio (de forma que la ordenación sacerdotal se convierte en impedimento para contraer matrimonio) fue promulgada en el II Concilio de Letrán, en 1139. Hasta entonces, los sacerdotes se casaban, y también algunos papas. Aunque el Vaticano II pareció que iba a abrir una puerta hacia el celibato opcional, las reglas no se han movido. Pero sí lo han hecho decenas de miles de sacerdotes, en una crisis que ha diezmado, o más, los efectivos clericales. El debate ahora parece imparable. Los curas casados, sin embargo, han sufrido un calvario. El sacramento del sacerdocio, como el del matrimonio, es para siempre, de forma que sólo se puede anular si se demuestra que se tramitó con graves defectos de forma y fondo. Roma rara vez acepta salidas de este tipo, de forma que muchos sacerdotes casados abandonaron el ejercicio de su función sin más trámites y solo una minoría optó por pedir la reducción al laicado.


Por el celibato opcional


Es un trámite que lleva años y que no siempre termina bien. Esto dicen las normas del Vaticano, aprobadas bajo el pontificado de Pablo VI, inicio de la crisis, bajo el título ‘Sacerdotalis coelibatus’: “Antes de que propongan a la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe la causa de reducción al estado laical con la dispensa de las obligaciones relacionadas con la ordenación sagrada, los obispos (para los curas) y los superiores mayores (para los religiosos) deben hacer todo lo posible durante un tiempo adecuado para ayudar al peticionario (orator) a superar las dificultades que tiene, como, por ejemplo, mediante el traslado a otro lugar donde esté libre de peligros, con la ayuda, según los casos, de compañeros y amigos del peticionario, familiares, médicos y psicólogos. Si todo esto no resultara, y el peticionario insiste en solicitar la dispensa, se deberán recopilar las informaciones necesarias para la cuestión”.

En contados casos, el cura casado ha seguido ejerciendo como tal con el consentimiento tácito de su obispo, siempre que hubiera una comunidad de fieles que lo aceptase. Hay cientos de casos en España. También hay ya medio millar de sacerdotes casados a cargo de parroquias por encargo episcopal. Se trata de sacerdotes llegados de los países del Este de Europa, en suyas iglesias, ortodoxas pero católicas, sí pueden casarse.

El celibato obligatorio no afecta al núcleo de la fe y, por tanto, puede ser derogada en cualquier momento

Julio Pinillos

El congreso de curas casados llegados de prácticamente todos los países europeos maneja estas cifras, pero sobre todo atiende a los principios. “El celibato obligatorio es una norma disciplinar impuesta en un momento determinado. No afecta al núcleo de la fe y, por tanto, puede ser derogada en cualquier momento por el Papa. De hecho, en todas las demás Iglesias cristianas, el celibato, cuando existe, es opcional. Es decir, los sacerdotes ortodoxos, anglicanos y protestantes pueden casarse o permanecer célibes. En cambio, en la Iglesia católica, el celibato es obligatorio, es decir, una conditio sine qua non para poder ser cura”, sostiene Julio Pinillos, casado y, pese a todo, aceptado como cura en una comunidad de feligreses en una de las barriadas de Madrid. Pinillo fue presidente de la federación internacional de curas casados entre 1993 y 2003.

Desde la jerarquía eclesiástica se han manifestado posiciones diferentes ante este triple objetivo, como verificó el comité ejecutivo de la FICCC entre 1993 y 1996, cuando logró entrevistarse con obispos y cardenales de distintos países. Muchos fueron los que les cerraron la puerta, pero muchos e importantes los que les “alentaron con tonos y frases muy esperanzadoras”, dicen en un documento interno. El cardenal Lorscheider (Brasil) les dijo: “Ustedes no son desertores sino pioneros”; el cardenal Dom Luciano (Brasil): “¿A qué este desperdicio de curas?; el cardenal Hume (Inglaterra): “Hablaré con Roma”; el obispo Pere Casaldáliga, en una eucaristía en su casa de Sao Felix (Brasil): “Os ha tocado defender el celibato opcional, como a mí defender a los pobres de Brasil. Hacedlo con dignidad, perseverancia y diálogo”, y el obispo Alberto Iniesta (emérito de Madrid): “El Evangelio no me autoriza a deciros que lo que estáis intentando no sea evangélico. Va a ser un camino largo. Hacedlo desde y con la comunidad.”

El porcentaje de aceptación del cura casado, según las últimas estadísticas publicadas, asciende al 80% en Estados Unidos, el 75% en Europa y del 73% en España. Además, la Federación Internacional de Curas Católicos Casados (FICCC), que agrupa a 34 países de cuatro continentes, debate otros principios, que son objetivos “de menos a más”, en palabras de Pinillos. “Son la defensa del celibato opcional, más la renovación de los ministerios y la procura de una Iglesia servidora del hombre de hoy”.

Además de con un manifiesto final que se aprobará esta tarde, el congreso se cierra con la presentación del libro ‘Curas en unas comunidades adultas’, en el que el Moceop (Movimiento por el Celibato Opcional), que preside Ramón Alario, presenta algunos de los hitos de una historia de casi 40 años. Dice Alario: “Con este libro cerramos, por ahora, una etapa y señalamos el punto al que hemos llegado, que no es otro que aquel del que, a nuestro entender, la evolución de los servicios comunitarios no deberían haberse apartado nunca: la primacía y el protagonismo de la comunidad de creyentes por encima y más allá de todas las tareas que originariamente y teóricamente están a su servicio. No es que con ello renunciemos a la reivindicación inicial –opcionalidad del celibato- que está en nuestros orígenes, sino que la situamos en la perspectiva en que adquiere todo su sentido de servicio: la comunidad adulta. Ahí se encuentra el reto de una auténtica reforma y actualización de nuestras iglesias: en que haya y existan auténticas comunidades adultas y maduras”.

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