jueves, 7 de abril de 2016

CHINA: La historia sepultada de la Revolución Cultural china

Una estudiante camina entre las tumbas del cementerio de la Guardia Roja en Chongqing. Reuters

Aniversario de una tragedia

Un cementerio de Chongqing, símbolo del trágico legado maoísta

Cientos de miles de personas murieron en la campaña 'revolucionaria'


Por JAVIER ESPINOSA - Enviado especial Chongqing (China) @javierespinosa2

Sobre una de las estelas se lee «Murieron para proteger el espíritu del Presidente Mao» y junto al nombre de cada una de las siete víctimas aparece la misma fecha: 1967. Otro de los sepulcros acoge a «trabajadores del petróleo» que «se sacrificaron para defender la línea revolucionaria del Presidente Mao», según reza la inscripción. Varias de las 131 tumbas son fosas comunes como estas y todas están alineadas hacia el este, la dirección que marca el amanecer y que antaño se asociaba con la lealtad al líder supremo chino.

«El Este es rojo, el sol ha salido y Mao Zedong ha aparecido en China», cantaban sus leales seguidores, en lo que se consideró el himno casi oficial de aquella década turbulenta.

El resto de las sepulturas que acogen a los cerca de 450 fallecidos están ilustradas con mensajes similares: «¡Avanzar en la revolución!», «¡Donde hay lucha, hay sacrificio!», «Transformar la tristeza en fuerza!».

Para Xi Qingsheng, sin embargo, el recinto y todo lo que simboliza perdió cualquier atisbo de gloria aquel 24 de agosto de 1967 en el que un miliciano del llamado Grupo 8.15, mató a su madre, la misma cuyo cadáver permanece también enterrado en este enclave.

«Ese día se hundió el mundo», rememora el ex Guardia Rojo de 64 años. Xi recuerda perfectamente esa jornada. Cómo tuvieron que huir de su casa cuando comenzaron los bombardeos. Cómo se vistieron de blanco para incidir en su neutralidad. No sirvió de nada. «Cuando caminábamos por una calle uno de los Guardias Rojos disparó sin avisar. Ni sabía quienes éramos. Me quité la camiseta blanca y la agité, pero seguía disparando. Al volverme vi que mi madre había sido alcanzada».

Las autoridades de Chongqing piensan, por el contrario, que la trágica memoria que se asocia a los cementerios que acogen a los Guardias Rojos y otras víctimas de la Revolución Cultural es todavía una realidad que hay que ocultar. Tras la destrucción de la mayoría de los más de 20 camposantos locales destinados a estas milicias, el del Parque Shapingba continúa cercado por un imponente muro de piedra, coronado en algunos lugares por alambre de espino y protegido por toda una cohorte de guardias de seguridad que impiden el acceso del público.

Olvidar "un crimen"

El mero intento de Xi Qingsheng por entrar en la necrópolis para visitar la tumba de su madre acaba con la presencia de más de media decena de policías y funcionarios vestidos de civil, que le reprochan haber traído al lugar a dos extranjeros. «Un policía me dijo que este año es muy sensible y que van a restringir la entrada a lo mejor incluso a los familiares. Quieren que nos olvidemos del gran crimen que se cometió en esos años», explica Xi Qingsheng tras ser interrogado por las fuerzas de seguridad. El denominado Cementerio de la Revolución Cultural de Chongqing ha adquirido una especial relevancia en unas fechas en las que China se dispone a conmemorar el 50º aniversario de la campaña que lanzó Mao Zedong en la primavera de 1966.

Pese a la revisión y condena que realizó el Partido Comunista Chino (PCC) de ese periodo en 1981, definiéndolo como una «catástrofe», lo cierto es que en esa resolución el liderazgo local seguía afirmando que pese a ello Mao seguía siendo un «gran líder respetado y amado».

Mao pasa revista a las filas revolucionarias durante un desfile en Tiananmen. GETTY IMAGES

Quizás por ello, la cúpula del PCC decidió que la década que derivó en la muerte de cientos de miles de personas o millones -los expertos no se ponen de acuerdo sobre la cifra- pasaba a ser un episodio histórico de escasa relevancia para las generaciones futuras. Hoy en día, los estudiantes chinos tienen más conocimiento de las Guerras del Opio del siglo XIX o los combates contra los japoneses en los años 30 y los 40 que de una tragedia mucho más cercana en el tiempo. La prensa oficialista ya se ha apresurado a disuadir a los que llama «pequeños grupos» que pretenden aprovechar esta conmemoración para presentar una versión «caótica y malentendida» de esos eventos y ha advertido de que las discusiones al respecto«no se deben apartar de lo que ha decidido y piensa el Partido», según ha escrito el diario Global Times en un editorial. «El consenso político se pondría en peligro y podrían generarse turbulencias», añadía.

Un tabú del que no se puede debatir

Xi Qingsheng disiente: «La Revolución Cultural sigue siendo tabú y si no podemos discutir sobre los grandes errores que cometimos nunca podremos avanzar. Todas las miserias que sufre China tienen su origen en la Revolución Cultural».

Sus palabras adquieren mayor simbolismo al proceder de uno de los protagonistas de las facciones que devastaron el país. Xi forma parte del reducido grupo de Guardias Rojos que han decidido reconocer sus cuitas en los últimos años, al que se unió en 2014 una de las figuras icónicas de ese movimiento, Song Binbin, la misma chica que le colocó el brazalete rojo a Mao Zedong en la Plaza de Tiananmen en agosto de 1966, dando lugar a una de las fotos más famosas del periodo.

La estremecedora confesión del Zhang Hongbing, un abogado de Pekín de 63 años, que en 2013 reconoció haber denunciado a su madre, fusilada por ello, causó una conmoción social. «Yo fui la causa de la muerte de mi madre. Nunca podré redimir mi culpa», escribió en su diario. Allí relató también cómo llegó a redactar un testimonio de 21 páginas para inculpar a su progenitora, a la que acusó de haber criticado a Mao.

«Es cierto que algunos hemos confesado, pero hay otros muchos ex Guardias Rojos que siguen defendiendo lo que ocurrió. El fantasma de la Revolución Cultural sigue vivo», apunta Xi Qingsheng.

Regresando en la historia, el vecino de Chongqing reconoce que él fue uno de los jóvenes «entusiastas» que creyó en las palabras de Mao. Llegó a ir hasta Pekín para participar en los ocho ingentes actos de masas en los que 13 millones de estudiantes rindieron pleitesía al líder comunista entre agosto y noviembre de 1966.

«Tenía 14 años y pensaba que era un momento glorioso. Que iba a ganar el comunismo. Me acuerdo que al verle en Tiananmen mis compañeros lloraban y gritaban ¡Viva el Presidente Mao!», rememora.

Al hablar se levanta del sillón y recrea la postura que obligaban a adoptar a sus profesores en las sesiones de humillación que sufrían. Xi se inclina hacia adelante y extiende hacia atrás los brazos. Lo apodaban 'el avión'. «Les colocábamos un gorro de papel en la cabeza donde decía: capitalista. El profesor estaba aterrorizado porque todos estábamos muy exaltados. Pensaba que le íbamos a matar. Hicimos 'confesar' a un 80% de nuestros profesores», dice.

Una de las ciudades más afectadas

El miedo de los maestros de Xi no era infundado. Un número ingente de enseñantes fueron asesinados, aunque se desconoce la cifra exacta. Las represalias contra los educadores fueron sólo una mínima parte de los desmanes que se produjeron hasta que concluyó este proceso en 1976 y que incluyen hasta canibalismo.

En Chongqing, los recuerdos de la Revolución Cultural son especialmente polémicos, ya que fue una de las ciudades que más estragos sufrió a causa del caos que provocó la movilización apadrinada por Mao.

Aquí, los Guardias Rojos se dividieron en dos facciones -el citado Grupo 8.15 y Rebeldes hasta el final (conocidos como los Fandaodi)- y, tras apoderarse de las armas que producían las factorías militares instaladas en la villa, se enzarzaron en«una guerra civil como la de Siria», en palabras de Xi Qingsheng.

Mientras conduce, señala hacia los rascacielos y modernas autovías que hoy caracterizan el distrito de Shapingba y dice: «Todo esto era el campo de batalla, quedó arrasado».

Al principio los grupos opuestos se insultaban o terminaban a mamporros. Pero la disputa continuó 'in crescendo' como «una pareja que se pelea y llega al divorcio», apunta el ex Guardia Rojo. «Ellos decían que nosotros éramos revisionistas y viceversa», añade.

Las milicias enfrentadas escenificaron su ruptura con cañones, ametralladoras antiaéreas, tanques y barcos reforzados con artillería. Los historiadores locales indican que tan sólo en agosto de 1967 los grupos paramilitares dispararon 10.000 obuses en la ciudad, provocando la huida de decenas de miles de civiles.

«Fue una guerra muy extraña. Todos éramos seguidores de Mao, del mismo partido y de la misma ideología, pero se dividieron hasta las familias. Mi padre era de 8.15 y yo de Fandaodi», relata Xi. El cementerio de Shapingba resume las contradicciones que mantiene el liderazgo chino en torno a esos años de tumulto. Durante la confrontación bélica fue uno de los principales destinos de enterramiento para la camarilla de los 8.15, que controlaban el área.

En 1985, el entonces jefe local del PCC, Liao Bokang, decidió preservarlo cuando muchos exigían su desaparición y en 2009 fue incluido en la lista de monumentos protegidos del legado histórico de la metrópoli. Pero casi de inmediato se restringió la entrada al camposanto, especialmente después de que en su interior aparecieran pintadas proclamando la formación de un hipotético «Nuevo Partido Comunista».

Visión 'idílica' de las autoridades chinas

«Este cementerio es una sombra en la visión idílica de la villa que pretenden dar las autoridades y por eso quieren que la gente se olvide de su existencia. El Gobierno comprende que [la Revolución Cultural] fue un enorme error pero se mantiene aferrado a la ambigüedad», opina un intelectual nativo de Chongqing, que no quiere dar su nombre. «La Revolución Cultural puede parecer algo distante pero las cicatrices en el corazón de la gente todavía tienen que cerrarse», asevera Zeng Zgong, un historiador de 58 años, que ha pasado varios de ellos estudiando el origen del camposanto de Chongqing.

El lugar se ha convertido incluso en motivo de inspiración de una iconoclasta colección de fotografías de un artista que consiguió llevar hasta el emplazamiento a varias modelos ataviadas con los uniformes de los Guardias Rojos, y que aparecen casi desnudas en las obras resultantes.

Varias exhiben los cuerpos de las féminas medio sumergidos entre cientos de insignias rojas con el rostro de Mao o tumbados entre las sepulturas, en lo que podría interpretarse como un signo de desplante hacia el legado del dirigente.

La muestra fue censurada en Shaghai y nunca ha podido presentarse en un museo oficial.

Sin embargo, la doctrina oficial del PCC es la que expresó su sucesor, Deng Xiaoping, para el que Mao tuvo un «70% de aciertos y un 30% de errores». «Debería ser al revés. Él fue el responsable de la Revolución Cultural», clama Xi Qingsheng.

Como casi todos los Guardias Rojos, Xi terminó sufriendo años de «reeducación» en la campiña donde se vio sometido a todo tipo de carencias y acabó aborreciendo el movimiento en el que había participado. «El poder nos manipuló y nos obligó a sacrificarnos por sus intereses».


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