jueves, 12 de mayo de 2016

Noche estrellada en el salar chileno

Un flamenco rosa en el salar de Atacama (Chile). Al fondo, el volcán Licancabur (5.920 metros). / GETTY

Flamencos, cielos diáfanos y gélidos páramos andinos en el desierto de Atacama, al norte de Chile. El turismo de aventura atrae a un ejército de mochileros al pueblo de San Pedro


Las ciudades levantadas en el desierto tienen algo de imaginarias. Mantienen esa apariencia de espejismo que es propia de los oasis. De pronto surgen en el horizonte, allí donde no debería haber nada. Así ocurre con San Pedro, en el Salar de Atacama, Chile. Sobre la vasta llanura salina de lo que fue un mar interior evaporado aparece la mancha verde, insólitamente fértil. Y uno siente —seguramente por atavismo— algo similar a lo que pudieron experimentar los primeros nómades que llegaron acá hace 12.000 años o los caravaneros de hace 3.000. Cuando avistamos en lontananza el oasis, tras cruzar las cordilleras heladas y los despoblados ardientes, lo que sentimos es alegría y gratitud.

Sentimientos de alivio justificados por la belleza brutal que nos circunda. La vastedad del desierto. Una cordillera de sal. Otra erizada de volcanes rematados con nieves eternas. Y por encima el ancho sol del trópico de Capricornio. O la noche cóncava, colmada de estrellas. Aquí están el desierto más seco del mundo y los cielos más diáfanos del planeta. Plusmarcas naturales que los chilenos —tan faltos de otras, más humanas— nos enorgullecemos de poseer.

Aunque “poseer” es un verbo inadecuado para una naturaleza como esta. Más bien es ella la que nos admite, recordándonos a cada paso que incluso quienes viven aquí lo hacen con su permiso. Ese permiso que sus antiguos habitantes solicitaban con enormes sacrificios, incluso humanos. En varias cumbres —como el Llullaillaco— fueron encontradas momias de niños sacrificados. Así los antiguos atacameños —igual que otros pueblos bajo dominio incaico, a lo largo del cordón andino— convertían las montañas más imponentes en gigantescos altares. Y en ellos ofrecían a sus dioses lo mejor que tenían: sus hijos.

La luna sobre el volcán

Nieves penitentes, llamadas así por su semejanza con los penitentes de la Semana Santa. / GETTY

Bastaría ese dato para disipar la nostalgia dulzona con la que algunos visitantes, y hasta ciertos antropólogos sentimentales, idealizan la relación del habitante primitivo con estas tierras. Esos sacrificios presidiendo estas desolaciones nos dicen que siempre fue difícil vivir en estas pampas o alturas; y a veces fue brutal. Para intuirlo, ahora, es preferible atender a nuestra reac­ción más instintiva. La que nos embriaga cuando subimos a los gélidos páramos andinos, donde refulge una laguna de color turquesa ondeada por el viento. Aquella sensación que también nos sobrecoge cuando vemos al tornado de arena girando sobre el salar. O el pasmo que produce ver la luna llena remontándose sobre el hombro del volcán Licancabur, cuando éste todavía sangra con los reflejos del sol poniente. Esos paisajes despiertan en nosotros una veneración no exenta de temor. Un respeto sagrado.

Algunos prefieren acercarse a estos parajes con ánimo de conquista deportiva. Otros buscan acá una mística new age, mezcla de cannabis sativa y astrología. Sin embargo, es posible que unos y otros, al eludir el temor sagrado que infunden el desierto y sus cumbres, pierdan algo de aquel otro sentimiento que inspiran estos paisajes: la súbita felicidad que nos dan sus oasis escondidos.

Oasis de altura

Mapa de Atacama. / JAVIER BELLOSO

El oasis de San Pedro de Atacama existe gracias a las corrientes subterráneas que lo riegan. En parte son las mismas aguas que hierven en los géiseres del Tatio, a 4.000 metros de altura, las que vuelven a aflorar 2.000 metros más abajo. Los profundos cañones por donde escurren estas vertientes son invisibles cuando uno cruza el desierto. Tan abrupto es el tajo que esos ríos erosionan. Hay que asomarse al borde mismo de las gargantas para, de pronto, descubrir al fondo el líquido centelleante que fluye y la espesa verdura que riega.

Entonces, un agradecimiento involuntario aflora en nosotros, tan repentino como el agua misma. Una gratitud reforzada por la certeza de que unos kilómetros más abajo el hermoso río volverá a sumergirse. El salar se lo tragará de un sorbo; una sed de millones de años lo beberá.

Guía 

Cómo llegar

» La aerolínea chilena LAN (www.lan.com) vuela desde Madrid a Calama, con una escala, a partir de unos 900 euros, ida y vuelta. Desde allí son unos 100 kilómetros para llegar a San Pedro de Atacama (algo más de una hora en coche).
Información

» Desierto de Atacama(chile.travel/donde-ir/desierto-de-atacama).

» Parques nacionales de Chile (www.conaf.cl/parques-nacionales).

»www.municipalidadantofagasta.cl.

» calamacultural.cl.

» www.chileestuyo.cl.

Hay una metáfora de la existencia humana en estos contrastes violentos. Hay que venir del desierto para apreciar la fertilidad. Hay que conocer las alturas desoladas del sacrificio para agradecer mejor el remanso cordial del oasis.

Tantas bellezas y sabidurías naturales no ocultan los riesgos actuales. Hoy en día San Pedro ya no es un misterio remoto. Hacia él convergen turistas de medio mundo. Especialmente jóvenes viajeros practicando el turismo de aventura con fe de peregrinos. La pequeña villa ha adquirido un aspecto de pueblo del far west,tomado por un ejército de mochileros. Las viejas casas de adobe albergan restoranes, bares y hostales. Se oye un enredo de lenguas extranjeras comprando artesanías. Los visitantes corren el riesgo de llevarse más souvenirs que auténticos recuerdos.

Afortunadamente, San Pedro asimila a sus advenedizos bastante mejor que otras mecas mundiales del ecoturismo. Quizás se deba a una sabiduría inmemorial de los oasis. Acá o en el Sáhara, estos son encrucijadas, puntos obligados de encuentro e intercambio. Son remansos de sombra, más bienvenida cuanto más ha costado obtenerla.

Tal vez por eso, y aunque los precios en San Pedro se han vuelto casi tan locos como los paisajes, la mayoría de sus visitantes irradian un ánimo de alegría y gratitud.

Carlos Franz ganó en abril la Bienal de Novela Mario Vargas Llosa con su obra Si te vieras con mis ojos (Alfaguara).

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