martes, 18 de octubre de 2016

"No confiamos en EEUU"

Qasim Shesho, comandante peshmerga. FRANCISCO CARRION

QASIM SHESHO Líder de batallón peshmerga en Sinyar

Irak lanza la ofensiva para arrebatar Mosul al Estado Islámico


Por FRANCISCO CARRIÓN


"Son monstruos, bestias sin humanidad alguna. Vinieron de todos los rincones del planeta y se confabularon con nuestros vecinos árabes", maldice Qasim Shesho rodeado de su escuadrón. Su cuartel general es un inmueble de techos altos que,carcomido por la metralla, domina el pueblo de Sharafeddin. Kalashnikov en ristre, el pelotón lleva dos años plantando cara a las huestes del autodenominado Estado Islámico en la escarpada geografía de Sinyar, en el norte de Irak. Shesho, apodado el "León de Sinyar", no ha olvidado el rostro de un enemigo hoy en franca retirada. "Cuando comenzamos a luchar, eran capaces de lanzarnos hasta dieciséis ataques desde tractores cargados con mil kilos de TNT. Nosotros, en cambio, teníamos armas muy básicas con las que tratábamos de protegernos. Dios nos ayudó a resistir", rememora este comandante de 64 años que presume de biografía épica. Hasta que en junio de 2014 los yihadistas irrumpieron en Mosul, Shesho era uno de los miles de kurdos que vivían plácidamente en Alemania, su refugio desde su huida en 1989. "En julio de 2014 -cuenta- escuché que el 'Daesh' [acrónimo en árabe del Estado Islámico] estaba tratando de conquistar Sinyar. Poco antes había sufrido un accidente de coche y el doctor me había recomendado reposo pero no podía permanecer de brazos cruzados".

Y, sin dilación, emprendió junto a su hijo el camino hacia las montañas al auxilio de sus camaradas yazidíes, seguidores de una fe vinculada al zoroastrismo a los que los yihadistas consideran "adoradores del diablo". Durante las semanas que siguieron a su decisión de tomar las armas, las huestes de Abu Bakr al Bagdadi perpetraron una carnicería: cientos de mujeres fueron secuestradas y convertidas en esclavas sexuales; miles de almas se refugiaron, sin víveres, en la cima y miles de hombres fueron ejecutadas a sangre fría. "Cometieron un genocidio con la tecnología más moderna, manufacturada en Estados Unidos", lanza apesadumbrado el cabecilla de un batallón "peshmerga" (soldados kurdos) que ha ayudado a estrechar el cerco sobre Mosul. "Hay que erradicarlos pero su aniquilación es una decisión política que depende de Estados Unidos. Si nos proporcionan la ayuda necesaria, los peshmerga limpiaremos la zona. Hemos matado a más de 3.000 terroristas", clama sin ocultar los recelos que le suscita la implicación de Washington. "Si le preguntas a un niño en cualquier calle cercana, te dirá que detrás del 'Daesh' está EEUU porque es la nación que controla el planeta. No confiamos en EEUU".

Infatigable tras dos años de escaramuzas y siempre en estado de alerta, Shesho -curtido en la resistencia contra Sadam Husein, "la misma amenaza que se esconde tras el Daesh"- reconoce que su única flaqueza es la familia que reside en tierras germanas. "Echo de menos a mis hijos pero no tengo tiempo de ir a verlos. Esto es más urgente", arguye volcado en una contienda que -como proyecta la amalgama de fuerzas involucradas en el asalto de Mosul- es un embrollo de alianzas y rivalidades cruzadas. "Todos tenemos un mismo enemigo pero cada cual se defiende a su manera", replica cuando se le interroga por su litigio con los batallones del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), apartados de la ofensiva de Mosul y en conflicto con otras facciones kurdas. "No existe -agrega- cooperación alguna con ellos". Shesho, que sueña con "reconstruir Sinyar y lograr que la vida vuelva a ser como antes", se resiste a imaginar un futuro en el que árabes, yazidíes y kurdos compartan vecindario. "Ese escenario es completamente imposible. No se puede convivir con los árabes, que raptaron a nuestras mujeres y creen que no tenemos derecho a existir. Lo que ocurrió nos demostró que todos los árabes de los alrededores simpatizaban con los terroristas".

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