martes, 28 de febrero de 2017

El vendedor de piedras que estafó a chinos y suizos

LA MINA DE HIERRO DE FRANK LOURENCO

Por Jorge Rojas (theclinic.cl)


Entendía cinco idiomas, tenía una cuenta en millones de dólares, manejaba un Ferrari, su esposa un Maserati, poseía una oficina en Las Condes, una casa en La Dehesa y una mansión en Chicureo, pero nada de eso fue suficiente. Lourenco apostó todo lo que tenía durante la “fiebre del hierro”, que alcanzó su peak en febrero de 2011, cuando a un embarque de 60 mil toneladas de mineral se le podía sacar hasta seis millones de dólares. Una locura que lo llevó a comprarse una veta que apenas tenía un 8% de pureza. Blufeó para conseguir fondos extranjeros y en seis meses levantó 8,5 millones de dólares de una empresa suiza y otra india, sin haber siquiera movido la tierra. Más tarde, hizo que una naviera chilena pusiera 5 millones de dólares para enviar 50 mil toneladas de mineral a China, que en su mayoría había sido recolectado de yacimientos que no le pertenecían. Con todo, llegó al 49% de pureza, 14 puntos menos que el mínimo aceptado internacionalmente. Fue su único cargamento. Entre las piedras y el hierro, iban hasta conchitas de mar.

Han pasado 18 años, pero Jaime Valdenegro no olvida el día en que conoció a Frank Lourenco: vestía de traje, calzaba zapatos Hugo Boss, manejaba una camioneta Silverado, y llevaba un reloj TAG en su mano izquierda. Un aparatoso accesorio que, aunque no funcionaba, era fundamental en aquella primera impresión que buscaba proyectar. “Me lo presentó un conocido y me ofreció trabajo esa misma tarde. Dijo que tenía una empresa y me preguntó si quería dirigir un área de la compañía. Vivía de las apariencias”, recuerda.

Lourenco no era lo que decía ser, sino más bien lo que aspiraba. Blufeaba. Había estudiado ingeniería en Australia, tenía 27 años y hacía pocas semanas lo habían despedido de BHP Billiton, la compañía que operaba minera Escondida, en la región de Antofagasta. Había trabajado allí por más de cinco años a cargo de planificar las reparaciones de las grandes maquinarias y con su finiquito en dólares había decidido independizarse. Frank, como le decían todos sus conocidos, deseaba convertirse en un gran empresario minero, pero entonces no tenía ninguna mina.

-Esto fue en enero de 1998. Llevaba varios años trabajando en Antofagasta y ya había decidido volverme a Santiago cuando me ofreció hacer negocios. Le dije que lo intentáramos por dos semanas, pero al final no resultó –recuerda Valdenegro.

El fracaso, sin embargo, no fue el término de la relación. Lourenco lo nombró gerente de operaciones y el negocio derivó en otra cosa. En el camino se dieron cuenta que era una veta interesante la fabricación de equipos, y empezaron a construir tamizadores de minerales. Los ‘harneros’, cómo se conocen en jerga minera, fueron el gran golpe de Frank. Se asociaron con unos fabricantes de mallas australianas y sus equipos se transformaron en los más cotizados de la zona. Fue el comienzo de Project & Maintenance Engineering (PME), la primera empresa que fundó. Partieron en el patio de la casa y luego, por la alta demanda, se trasladaron a otro lugar.

Frank Lourenco era hijo de madre portuguesa y padre británico. Tenía tres nacionalidades: portugués por nacimiento, inglés por su papá, y australiano porque había estudiado varios años allá. Le gustaba que le dijeran “el gringo” y odiaba cuando alguien castellanizaba su nombre: “Don Francisco es el hueón que hace Sábado Gigante”, les decía a quienes lo llamaban así.

-Siempre fue muy elitista y clasista. Una vez le pedí a un trabajador que fuera a la gerencia y él estaba en su oficina. Cuando vio que un subalterno estaba en esa área, se paró y lo echó. Le dijo que ese no era su ambiente de trabajo -cuenta el exgerente de operaciones.

Valdenegro se quedó dos años y medio trabajando con Lourenco, hasta que éste lo despidió sorpresivamente. Le dijo que los clientes y los trabajadores veían dos cabezas y que eso no era sano para el liderazgo de la compañía. Luego, a comienzos de 2008, lo volvió a contratar. Frank venía saliendo de una pésima situación económica. Le contó que lo habían intentado estafar, que se había declarado en quiebra, y que estaba saliendo del hoyo con préstamos bancarios, pero que tenía un millonario proyecto en ciernes. Para entonces, el negocio había evolucionado hacia la fabricación de plantas de procesamiento de minerales, especialmente de hierro.

Lourenco aún soñaba con ser un exitoso empresario minero.

Jet privado que Frank Lourenco arrendó para llevar inversionistas a la mina.

Frank Lourenco de visita con inversionistas en Caprica.

EL FERRARI

Ninguno de los extrabajadores de la empresa recuerdan la cifra exacta, pero sí que el negocio le reportó varios millones de dólares en utilidades, uno de los más exitosos que cerró a fines de 2012: desarrollar la ingeniería, la fabricación y el montaje de una planta para reprocesar el rechazo del hierro. Una enorme máquina ubicada en la mina El Colorado, administrada por la Compañía de Acero del Pacífico, que a mediados de 2012 le permitió cumplir una de sus máximas aspiraciones: tener un Ferrari. “Nos habían pagado parte de la obra y por talla le dije que se lo comprara”, recuerda Valdenegro.

El auto fue el último de una larga transición de vehículos de lujo sobre los que se montó. Después de la camioneta, había tenido algunos autos de la Ford, un Mustang, y luego vinieron los BMW: el X5 y el X6. No fue lo único que adquirió con aquella millonaria utilidad. A su esposa, que manejaba un Porsche Cayenne, uno de los pocos modelos que había en Chile, le regaló un Maserati. De aquel tiempo, también, es la casa que se compró en Miami. Una lujosa propiedad que la gran mayoría de su círculo de trabajo sólo conocía por fotos. Muy cerca –dicen- de donde Cecilia Bolocco tenía la suya. “No sé si la habrá pagado con eso, ni cuanto le costó, pero sí que la compró el 2012”, agrega el exgerente de operaciones.

Para entonces, Lourenco tenía más de lo que había soñado cuando le entregaron su finiquito en BHP. Además del Ferrari y la casa en Estados Unidos, Frank tenía una propiedad y una oficina en Antofagasta, otra en Las Condes, una casa en La Dehesa, y una mansión en Chicureo, que luego terminó arrendándola para que grabaran allí el reality de DJ Méndez. Siempre se jactaba de eso: “Esa es mi casa”, decía a quien tuviera al lado cuando veía la publicidad del programa.

Frank Lourenco recorría el mundo presentándose como el dueño de un grupo económico. Ya no sólo tenía PME, sino que una decena de sociedades con nombres en inglés: Mining Resources, Mining Supplies, Human Resources, y Equipment Management, entre otras. Todas agrupadas bajo una misma matriz: el grupo Jeremy Richert, cuyo escudo era un león rampante. Jeremi por sus hijos, ambos del mismo nombre, y Richert por el apellido de su madre.

Según cuenta un extrabajador, Lourenco llegó a tener utilidades por 5 millones de dólares. Una empresa aparentemente sólida, pero que no era más que una fachada. Al mirar los números en detalle, Jeremy Richert era una compañía endeudada casi en la misma cantidad de dinero que decía tener en patrimonio.

Pese a eso, alcanzaba para lujos y viajes con su esposa Verónica Rojas, secretaria a quien había conocido en BHP, con quien tenía dos hijos, y que con el tiempo se transformaría en su lugarteniente en la organización, al igual que su hermana Elvira Parker, que se lo pasaba entre China y Chile, también Lourenco como él, pero que prefería ocupar su apellido de casada. Aunque estaba secundado por ellas, Frank siempre tomaba las decisiones en soledad. No hablaba de sus fracasos, ni tampoco escuchaba recomendaciones de otras personas.

Según recuerda Valdenegro, creía que la clave en los negocios estaba en entrar y salir lo más rápido posible, para marginar a menores costos. Por eso, a todos les llamó la atención cuando a mediados de 2010 decidió apostar todo su capital en una minera de hierro. Se obsesionó.

-Él era el patrón de fundo. Ni su señora, ni su hermana podían discutirle nada. Tenía un temperamento explosivo. Cuando se enojaba, golpeaba puertas y dejaba hoyos en las paredes –agrega Valdenegro, a quien le tocó presenciar varias de sus rabietas.

Caprica Iron, como se llamaba el lugar que supuestamente era una enorme masa de hierro, sería su ruina.

HIERRODÓLARES

La fiebre del hierro comenzó en enero de 2008, cuando el valor del mineral simplemente se dobló: de 30 dólares la tonelada pasó a 60. Muchos especuladores mineros, que ya vislumbraban que el negocio se desbordaría, comenzaron a inscribir ‘pedimentos’ con locura, como se le llama al trámite inicial para comenzar la exploración y luego explotación de una mina.

-Te dabas una vuelta por el desierto y todo era hierro, habían algunas vetas donde pateabas grandes porciones mientras caminabas –recuerda un extrabajador de Lourenco.

Dos años después, ocurrió lo que todos ellos esperaban. En diciembre de 2009, según el listado histórico de precios del Fondo Monetario Internacional, el hierro superó los 100 dólares la tonelada y en febrero de 2011 alcanzó su máximo valor: 187 dólares. Por entonces, los costos de producción y envío no superaban siquiera la mitad de eso (80 dólares). Bastaba, entonces, con mandar un barco de 60 mil toneladas al mes para hacerse millonario. Por cada viaje se podían marginar hasta seis millones de dólares.

-Todo esto nació por la demanda china. El Norte se llenó de chinos buscando hierro, todos ambiciosos, todos con ganas de cortar a cualquier precio. Era tirar y abrazarse -recuerda Benjamín Fariña, exvendedor de proyectos mineros de PME.

Según un informe de Cochilco de esa época, los chinos tenían un consumo de 479 kilogramos de hierro por persona, lo que sumado a los precios altos, abría una multimillonaria oportunidad. Aunque el mercado chileno era prácticamente insignificante comparado con países como Australia y Brasil, donde se encuentran las reservas más grandes del mundo, los ‘hierrodólares’ alcanzaban para todos.

Fue el propio Fariña quien tentó a Frank de incursionar en un negocio grande. A comienzos de 2010 llegó a su oficina. Tenía tres pertenencias mineras para exploración ubicadas a 32 kilómetros de Mejillones: Cochichi, que era suya; Cristy, que pertenecía a su hija; y Lihuén, que estaba a nombre de un geólogo llamado Danilo Díaz. Buscaba que PME, la empresa que lo empleaba, le hiciera una máquina para extraer el material, pero Lourenco, que llevaba años fabricando este tipo de plantas para que otros se hicieran millonarios, se negó.

Frank no aguantó que un subalterno tuviera una mina antes que él y a cambio le propuso un negocio. Serían socios durante la exploración y luego él le compraría su parte para explotarla en solitario. Fariña aceptó. Las transacciones se realizaron en mayo de 2011, previo pago de 500 mil pesos por cada uno de los pedimentos mineros. Aquellas fueron las primeras compras de un total de 32 pertenencias que Lourenco llegó a tener.

A comienzos del 2012 comenzaron las exploraciones, pero los resultados fueron malos. Los sondajes de la empresa Songe descubrieron un cuerpo de hierro ubicado a 100 metros de profundidad, pero que se encontraba más tirado hacia la propiedad del vecino, que pertenecía a la compañía Milpo. No era lo peor de todo. El gran problema de las vetas era su baja ley: no más allá del 8%. Es decir, piedras.

Pese a que la calidad estaba muy por debajo del estándar internacional de 63%, Lourenco siguió adelante con el negocio. El 26 de abril de 2012 se asoció con el Banco BCI, que a través de un fondo de inversión privado, había comprometido el 50% del financiamiento. Lo primero que hicieron fue reemplazarle el nombre a Cochichi por el de Caprica Iron, como se llamaba la sociedad, abreviatura de Capricornio, el trópico más cercano al cerro.

El proyecto Caprica entró al Sistema de Evaluación Ambiental (SEA) a mediados de junio de ese año. Lourenco dijo que el material era de alta calidad y proyectaba una producción de 600 mil toneladas mensuales, las que serían procesadas en una planta concentradora en seco. Lo que no se ajustaba a la realidad. A comienzo de diciembre, sin embargo, obtuvo la autorización. Pero unos meses más tarde el BCI abandonó el negocio. El fondo le ofreció vender su participación en un millón de dólares.

Frank comenzó a buscar inversionistas. Hizo lo que mejor sabía: aparentar. Se compró por leasing una oficina enorme en el piso 17 de un edificio en la calle Badajoz, en Las Condes, y comenzó a vender embarques de hierro por el mundo sin haber sacado siquiera una piedra. Se juntó con millonarios canadienses, rusos, e ingleses, a quienes incluso se los llevó a la mina en un jet privado que arrendó, pero ninguno de ellos compró el negocio.

-Quería aparentar ser un empresario exitoso –explica Jaime Valdenegro.

LOS CHINOS

Los representantes de los chinos llegaron a Chile el 19 de agosto de 2013. Habían buscado el proyecto Caprica en el SEA y luego habían tomado contacto con Benjamín Fariña, quien les había hecho una inducción previa del negocio. Su contraparte era Lucero Garza, una mexicana avecindada en Asia, que en ese tiempo era la gerenta de Adquisiciones para toda América en la empresa National Building Materials Shanghai Corp (CNBM), una compañía a través de la cual el gobierno chino compraba materias primas, y que la revista US Fortune había ubicado en el lugar 267, entre las 500 empresas más grandes del mundo.

-Nos enviaron cifras, flujos, ingresos, declaraciones y pagos de impuestos que mostraban que a la empresa le iba muy bien y que el negocio del hierro era muy rentable –recordaría Garza un año después frente a un fiscal.

Lourenco comprendía que no sólo había que aparentar tener muchos bienes, sino que también una empresa sólida. A cargo de la jefatura de finanzas estaba Miguel Römer, un contador venezolano que había llegado a Chile en enero de ese año para instalar un software de contabilidad y al que Frank le había dado el puesto de gerente del área. Le pagaban 2 millones de pesos mensuales, bonos en efectivo cuando el negocio andaba bien, un departamento de 4 piezas en Las Condes, y la colegiatura de sus hijas.

-Inicialmente me pareció un empresario exitoso. Tenía muchas maquinarias, proyectos mineros, una oficina muy vistosa, y manejaba un Ferrari. Pero cuando revisé los papeles bancarios me empezó la suspicacia. Estaban endeudados en 25 millones de dólares –recuerda.

Römer llegó a la conclusión de que todos los bienes que decía tener su jefe, desde las máquinas hasta las propiedades, estaban comprados con leasing y habían sido dados en garantía a los bancos para conseguir préstamos. En la práctica, salvo la mina que aún no comenzaba a explotar, Lourenco no era dueño de nada. Fue allí que entendió para qué había sido contratado.

Frank buscaba que Römer falseara los números de su compañía y que luego se los enviara a los chinos para cerrar el papeleo, pero el contador se negó. “Me dijo que nosotros los venezolanos debíamos estar acostumbrados a la corrupción, por todo lo que pasa en mi país, pero le dije que si hubiera sido corrupto, no me habría movido de allá”, agrega. Su negativa a cooperar le valió un escarmiento.

Frank había descubierto en Caprica un extraño método para someter a su voluntad a quienes no ayudaban: “La mina era como una especie de cárcel”, apunta Römer, quien fue enviado allá durante varios periodos consecutivos: “Quería obligarme. Si me iba, decía, tenía que firmarle un papel en blanco y renunciar”.

Pese a todo, el negocio con los chinos avanzó. Durante septiembre, Lourenco negoció con ellos un contrato por el envío de 60 mil toneladas mensuales de hierro de una ley de 63%, y firmaron el acuerdo el 21 de octubre de 2013. Se había sumado un tercer actor: Parasnath Commodities Pte. Ltd. (PCPL), una compañía de la India dirigida por el empresario Vira Chand Bothra, a quien los chinos le confiaron la logística del negocio.

Vira visitó Chile a comienzos de noviembre de ese año y acordó con Lourenco que, mientras sus asesores enviaban todos los papeles legales de Caprica a China, su compañía pondría 5 millones de dólares por adelantado. Dinero que iría enviando cada dos semanas a través de entregas de 500 mil dólares, hasta completar la cifra. Luego de ello, Frank debía enviar el primer embarque antes del 31 de marzo de 2014.

A los pocos días de firmar el contrato se liberaron 500 mil dólares en la cuenta de Jeremy Richert, cuando la planta ni siquiera operaba. Römer se enteró de eso estando en la mina, donde se encontró con algunos borradores del negocio. Aquellos números, más lo que tenía en su cabeza, le develaron la verdad:

-La mina podía llegar a funcionar, pero en los cálculos era inviable. El material era de muy baja ley y debido a ello nunca habrían embarques en los términos que habían acordado -explica.

Lourenco optó por hacerse el loco con la documentación. Cada vez que los chinos se lo recordaban, les decía que los papeles no estaban listos porque los ejecutivos andaban de vacaciones o les hacía llegar, por correo tradicional, balances sueltos en español que nadie entendía. Buscaba ganar el tiempo suficiente para que PCPL entregara los 5 millones de dólares que había prometido. Lo que ocurrió el 30 de enero de 2014, cuando los indios cumplieron con su parte sin haber visto siquiera una piedra. Entonces, Frank les pidió un millón de dólares más para la logística del transporte. Ellos volvieron a ceder.

LAS PIEDRAS


El día en que Caprica comenzó a funcionar, una nube de polvo se posó sobre las barracas del campamento, ubicadas a 100 metros de la planta. A cargo de la faena estaba Ronald Joves, un venezolano que había sido recomendado por Miguel Römer.

-Comenzó a caer un polvillo de tierra que nublaba todo. Tanto así, que cuando a la semana siguiente empezaron los dobles turnos, tuvimos que dormir con la mascarilla puesta y un día hubo que bajar a tres trabajadores al hospital de Mejillones, porque se estaban asfixiando -recuerda.

Caprica inició sus operaciones la primera quincena de enero de 2014. Según el contrato, las maquinarias del yacimiento estaban preparadas para procesar alrededor de 195 mil toneladas mensuales, pero apenas se lograba una diaria. “En Caprica salía más piedra que mineral de hierro”, agrega Joves. Cuando Frank se dio cuenta que no podría cumplir con el compromiso con los chinos, cuenta el exadministrador, mandó a aumentar el material con tierra.

-El hierro que salía de la mina era mezclado con material de las mineras de alrededor, que eran de mejor ley, y luego todo eso era apilado con el desecho del hierro, para obtener más volumen: una capa de hierro, una capa de tierra, una capa de hierro, una capa de tierra, y así -explica.

A fines de febrero, Frank creyó necesario que alguien calmara las ansias de los chinos y le pidió a su hermana Elvira Parker, que se reuniera con ellos. Aprovechó el momento para venderles un proyecto más ambicioso: aumentar su posición a 70 millones de dólares para explorar las minas cercanas a Caprica y reparar un puerto llamado Barquito, ubicado cerca de la mina y por donde pretendía sacar el mineral. Aunque no habían visto los papeles comprometidos, ni aún tenían el hierro, los chinos aceptaron, pero a cambio le pidieron un balance sobre la cantidad de la producción que hasta la fecha llevaban y la calidad del material extraído. Confeccionar aquellos informes fue la última orden que Frank le dio a Miguel Römer antes de despedirlo.

-Según mis cálculos tenía aproximadamente 4 millones de dólares en material, pero él quería presentar un balance diciendo que tenía 30 millones y que la deuda con los bancos prácticamente no existía. Yo me negué y me echó –cuenta el exgerente de finanzas.

Joves también recuerda ese estudio: la mezcla tenía un 49% de pureza como máximo, lejos del 63% que había prometido en el contrato. Tampoco estaba cerca de cumplir con las 60 mil toneladas. Frank comenzó a desahogar sus problemas con el personal de la mina. “Despedía a la gente por cualquier cosa. A mí me echó porque un día me robaron el combustible de las máquinas y la faena quedó paralizada”, agrega.

Miguel Römer se fue de la empresa decidido a denunciar a Frank. Se mudó con su familia a Independencia, a una pieza trasera en una casa que funcionaba como oficina, y comenzó a vivir de los ahorros de 30 años de trabajo que tenía en una cuenta en el extranjero. Demandó a Lourenco en el juzgado del trabajo y luego fue en busca de Lucero Garza, la gerenta de Adquisiciones de la CNBM. Le contó todo: que el hierro era prácticamente piedra, que la compañía estaba sobrendeudada, que la mina no era rentable, y que las propiedades que tenían en garantía, ya eran garantías de los bancos en Chile.

La situación dio origen a una reunión de emergencia en Singapur entre los chinos, los indios y Elvira Parker. Fue el fin del negocio. El 7 de julio de 2013 los indios dieron por concluido el contrato e instruyeron a sus abogados para demandar a Lourenco por una estafa de 6 millones de dólares. Antes que el problema llegara a tribunales, Frank les había hecho saber que la historia era muy distinta a como la estaban contando, que era él quien debería haberse querellado. Los acusaba de no cumplir con otros 3 millones de dólares que habían comprometido como adelanto. Para entonces, el precio del hierro había bajado a 96 dólares.

-Se había roto el punto de equilibrio que hacía viable económicamente el proyecto -le explicaría años más tarde al fiscal que lo investigaba.

Cuando la estafa se volvió cahuín en el mercado internacional del hierro, otro actor entró en escena: Intergate, compañía suiza de transporte y logística marina que había firmado un contrato el 1 de noviembre, por un envío que debía realizarse en febrero de 2014, y que ya le había pasado 2,5 millones a Lourenco. El mismo cuento.

En menos de seis meses, Frank había juntado 8,5 millones de dólares sin haber siquiera movido la tierra.

LA VENTA

Víctor Oelckers era gerente general de Agental, una empresa de logística marina, cuando conoció a Frank Lourenco en agosto de 2014. Se lo presentaron los dueños de una compañía llamada Fénix Mineral, de capitales uruguayos, quienes estaban interesados en hacer el traslado del hierro que Frank tenía apilado en Caprica: dos viajes a China con 60 mil toneladas cada uno, antes de que terminara el año. Si todo salía bien, para el 2015 los envíos subían a ocho.

Lourenco esta vez no blufeaba. Después de haberse quedado con el dinero de los suizos y los indios, el 22 de agosto de 2014 había conseguido que Trafigura, la empresa número uno en commodity trading del mundo, firmara un acuerdo de compra por 60 dólares la tonelada, por un hierro de un 63% de ley. A Oelckers le dijo una verdad a medias. Le contó que le debía 6 millones de dólares a los indios, pero que había llegado a un acuerdo para devolverles ese dinero antes de junio de 2015, y le explicó que la baja en el precio del hierro había echado por tierra aquel negocio, lo que era mentira.

-Frank hablaba cinco idiomas, había hecho una carrera brillante en BHP Billiton, tenía camiones, maquinarias, bulldozer, se paseaba en su Range Rover, nos mostraba fotos de la casa en Miami, de su yate, de su Ferrari, pero el tipo era un encantador de serpientes –recuerda un ejecutivo de la naviera que lo conoció.

Agental se metió en el negocio luego que Fénix firmara un contrato aportando el 50% del capital y tras asegurar, mediante una carta de crédito, que al final de la operación recibiría 300 mil dólares por el envío. Asumió todos los costos del traslado: se puso con los camiones para mover 50 mil toneladas de material desde la mina al puerto de Angamos, en Mejillones, construyó una bodega de 7.500 metros cuadrados para acopiarlo, y arrendó un barco de 200 metros de largo: el Ultra Gujarat.

La operación se concretó el 8 de noviembre de 2014 y costó 5 millones de dólares, de los cuales Lourenco no puso un peso. 50 mil toneladas de hierro avaluadas en 3 millones de dólares con destino al puerto de Tianjin, en China, que el 10 de diciembre se transformaron en piedras, cuando la empresa Intertek -que había medido la pureza del material antes de embarcarlo-, entregó los resultados: el hierro tenía una ley de un 49% y no de 63%. Los fiscalizadores habían encontrado hasta conchas de mar entremedio del mineral.

-Cáprica Iron embarcó otro producto y Trafigura rompió el contrato. Había un buque navegando a China sin venta y finalmente la compañía recompró el material, pero en 13 dólares la tonelada –explicaría Víctor Oelckers un año después durante un coaching para gerentes generales de medianas empresas, después de haber pasado por un duro proceso de reinvención.

Oelckers que hasta entonces había tenido una ascendente y exitosa carrera en el mundo del transporte marítimo, que había hecho crecer a Agental en un 14% en cinco años, no vio venir a Lourenco. Fue despedido luego de hacerle perder 5 millones de dólares a la compañía.

-¿Qué hizo el embarcador? Se fugó a Miami y seguramente hoy está con el señor Sergio Jadue -agregó con ironía en esa charla.

Aquel fue el último negocio de Frank Lourenco, quien luego de recibir 650 mil dólares de parte de Trafigura, acusó a Agental de haber contaminado su material. Lo que era falso.

-Lourenco dio instrucciones para embarcar todo el material disponible, incluyendo el de mediana ley, y parte del material de rechazo que había sido utilizado para compactar el terreno… cada 3 baldadas había que meter una de mediana o baja ley –explicaría Jaime Valdenegro a la fiscalía un año después de aquel fracasado negocio.

Lourenco bajó la cortina el 30 de diciembre de 2014. Despidió a todos los trabajadores de la mina sin pagarles nada, dejó la planta abandonada en pleno desierto, vendió todas sus propiedades, y el 1 de enero se fue a Estados Unidos con su familia.

Durante un año, entró y salió de Chile utilizando distintos pasaportes, todos con pequeñas variaciones en los nombres, por lo que siempre burlaba la alerta de la policía. Eso, hasta que en diciembre de 2015 lo encontraron en Antofagasta. Aquella vez decidió contar su versión. Sobre los indios dijo que el negocio se había caído porque no cumplieron con una entrega de 3 millones de dólares extras y porque el precio del hierro bajó mucho, y sobre Agental volvió a repetir que ellos habían contaminado su material. Luego, se perdió del radar nuevamente. Hasta que el 16 de septiembre del 2016 lo sorprendieron en el Aeropuerto de Santiago intentando regresar a Miami. Días después quedó en prisión preventiva en la carcel de Santiago Uno.

Cuando la policía le cayó encima, Frank portaba un Iphone 6S, un Iphone 5, un Ipad, un Macbook, tres pasaportes –Portugal, Unión Europea, y Australia- y varios documentos mineros, entre ellos un certificado de vigencia de la pertenencia minera Cristy y uno de dominio vigente del 2016. Lourenco había reinventado Caprica. Entre los archivos de su computador había un remozado prospecto. Allí decía que tenía una mina polimetálica activa, que estaba entregando mineral, y que era el segundo exportador más grande hierro de Chile, después de CAP. Todo era mentira.

Valdenegro, su exgerente de operaciones, cree haber encontrado una explicación: “Frank nunca reconoció que la había cagado. Siempre creyó que podía encontrar inversionistas”, concluye.

De los 8 y medio millones de dólares defraudados nada se sabe hasta el día de hoy.

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