LA TRAICIÓN
Saludos a todos.
Escrito por don Juan Carlos, editor senior emérito.
Cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto…
Camilo Escalona Medina nació en una familia obrera (panadero) de origen popular en Santiago, iniciando su trayectoria política desde muy joven como dirigente de la Federación de Estudiantes Secundarios (FESES) y en la directiva de la Juventud Socialista. Tras el golpe de Estado de 1973, partió al exilio y se estableció en la República Democrática Alemana (RDA), donde se formó bajo la rigidez ideológica y los manuales de seguridad de la ortodoxia comunista y el Ministerio para la Seguridad del Estado (Stasi). Arraigado en la facción dura de Clodomiro Almeyda, Escalona asimiló en Berlín una cultura de control de aparatos y escuelas de cuadros cerradas. Esta disciplina de hierro, sumada a su origen de base, fue la herramienta metodológica con la cual construyó su ascenso político y moldeó el destino de la militancia socialista a través de una maquinaria interna hermética y vertical, subordinada a la cúpula.
Al regresar al país para liderar el frente interno en la postdictadura, Escalona instrumentalizó esa disciplina burocrática para consolidarse como el operador predilecto del «Partido del Orden». En lugar de empujar las transformaciones estructurales del programa histórico del Dr. Salvador Allende, su gestión se enfocó en actuar como un estricto dique de contención frente a cualquier desborde social, ofreciendo garantías de estabilidad y paz regulatoria a los grandes empresarios de Santiago y Manhattan (Sanhattan). Al avalar las privatizaciones de los años 90 y defender los amarres de la Constitución de 1980 en desmedro de una Asamblea Constituyente, su facción —la «Nueva Izquierda»— domesticó ideológicamente al socialismo chileno, sustituyendo la mística militante por el financiamiento corporativo cruzado y el clientelismo de empleos públicos.
La Complicidad con el Modelo
El ejercicio de la escritura nos impone, antes que todo, el deber de la honestidad intelectual y la ponderación. Por ello, ante la delicada circunstancia de salud que hoy afecta a Camilo Escalona, estas palabras se formulan desde el más estricto respeto a su dignidad humana y con un profundo sentido de consideración; bajo ninguna circunstancia se trata de un juicio personal, sino de un examen necesario de la vida pública. Quienes hoy intentan reedificar su figura bajo la etiqueta de un líder estrictamente popular, chocan con el registro de sus propias decisiones: la trayectoria de un dirigente de origen social que, en el ejercicio del poder, prefirió transformarse en un garante del equilibrio institucional y en un dique frente a las demandas de cambio estructural. La responsabilidad histórica de un dirigente de origen popular que prefirió convertirse en el custodio de lo establecido y en un férreo opositor a los movimientos sociales, llegando a calificar las demandas por una Asamblea Constituyente como «opio». Su complicidad con el neoliberalismo quedó sellada al transformar su peso político en un freno de contención para que nada cambiara, promoviendo reformas meramente cosméticas mientras se hacía adicto a los aplausos de la Sociedad de Fomento Fabril (SOFOFA) y de una élite empresarial que, paradójicamente, jamás lo aceptó como uno de los suyos.
Detrás de estas maniobras que apelan a una falsa nostalgia para ocultar el pasado, su verdadera esencia queda expuesta como la de un traidor político que mercantilizó la actividad pública y se convirtió en el gerente de los intereses patronales. Escalona actuó como el enlace y el sirviente de confianza del gran empresariado, garantizándoles mantener intactos el modelo neoliberal y los amarres de la Constitución de la dictadura; todo esto a cambio del dinero negro necesario para financiar su maquinaria clientelar y perpetuar su control sobre el partido. Con este pacto espurio, priorizó sus ambiciones de poder, sus vendettas internas y el enriquecimiento de su cúpula, entregando y sacrificando deliberadamente los derechos de la clase trabajadora a la que terminó traicionando.
Víctima de su propia traición…
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THE BETRAYAL
Greetings to everyone.
When those who command lose their shame, those who obey lose their respect…
Camilo Escalona Medina was born into a working-class family (a baker's son) of popular origin in Santiago, beginning his political career at a very young age as a leader of the Federation of Secondary Students (FESES) and on the board of the Socialist Youth. Following the 1973 coup d'état, he went into exile and settled in the German Democratic Republic (GDR), where he was trained under the ideological rigidity and security manuals of communist orthodoxy and the Ministry for State Security (Stasi). Rooted in the hardline faction of Clodomiro Almeyda, Escalona assimilated a culture of apparatus control and closed cadre schools in Berlin. This iron discipline, combined with his grassroots origin, became the methodological tool with which he built his political ascent and shaped the destiny of the socialist militancy through a hermetic and vertical internal machinery, completely subordinated to the leadership.
Upon returning to the country to lead the internal front during the post-dictatorship era, Escalona instrumentalized this bureaucratic discipline to consolidate himself as the preferred operator of the "Party of Order." Instead of pushing for the structural transformations of Salvador Allende’s historic program, his management focused on acting as a strict dyke of containment against any social unrest, offering guarantees of stability and regulatory peace to the big businessmen of Santiago and Manhattan (Sanhattan). By endorsing the privatizations of the 1990s and defending the constraints of the 1980 Constitution at the expense of a Constituent Assembly, his faction —the "New Left"— ideologically domesticated Chilean socialism, replacing militant mystique with cross-corporate financing and public employment clientelism.
Complicity with the Model
The practice of writing imposes upon us, above all, the duty of intellectual honesty and balance. Therefore, given the delicate health circumstances currently affecting Camilo Escalona, these words are formulated from the strictest respect for his human dignity and with a profound sense of consideration; under no circumstances is this a personal judgment, but rather a necessary examination of public life.
Those who today attempt to rebuild his figure under the label of a strictly popular leader clash with the record of his own decisions. The historical responsibility lies on a leader of popular origin who preferred to become the custodian of the established order and a fierce opponent of social movements, going so far as to describe the demands for a Constituent Assembly as "opium." His complicity with neoliberalism was sealed by transforming his political weight into a containment wall to ensure nothing changed, promoting merely cosmetic reforms while becoming addicted to the applause of the Industrial Development Society (SOFOFA) and a business elite that, paradoxically, never accepted him as one of their own.
Behind these maneuvers that appeal to a false nostalgia to conceal the past, his true essence is exposed as that of a political betrayer who commercialized public activity and became the manager of employers' interests. Escalona acted as the liaison and trusted servant of big business, guaranteeing they could maintain intact the neoliberal model and the constraints of the dictatorship's Constitution; all this in exchange for the dark money necessary to finance his clientelist machinery and perpetuate his control over the party. With this spurious pact, he prioritized his ambitions for power, his internal vendettas, and the enrichment of his inner circle, deliberately delivering and sacrificing the rights of the working class he ultimately betrayed.
A victim of his own betrayal…



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