martes, 23 de junio de 2015

Rousseff se hunde en las encuestas lastrada por la crisis y la corrupción

Dilma Rousseff, la semana pasada. / REUTERS

CRISIS EN EL GOBIERNO DE BRASIL »

La presidenta brasileña vive sus horas más bajas con un rechazo del 65% del electorado


“El crecimiento en América Latina se desplaza del sur al norte”


ANTONIO JIMÉNEZ BARCA São Paulo 23 JUN 2015 - 03:49 CEST


La presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, se hunde aún más en las encuestas, en las que se lleva arrastrando desde que en enero comenzó su segundo mandato. Ahora, sin embargo, todo es más grave. En un sondeo publicado el domingo en Folha de S. Paulo, Rousseff acumula un rechazo que llega al 65%, un porcentaje negativo jamás alcanzado por la presidenta ni en este ni en su primer mandato. Es más, la animadversión del electorado hacia Rousseff es sólo comparable a la que cosechó en 1992 el presidente Fernando Collor de Melo, antes de ser destituido por medio de un proceso parlamentario (impeachment).

Las razones para estos datos tan adversos hay que buscarlos en varios frentes: el primero y principal es el económico. El país sigue envuelto en una crisis que afecta al consumo, a la inversión y al desempleo. Las previsiones del Gobierno es que el PIB brasileño recule este año un 1,2%, pero los principales ministros aseguran que la recuperación económica comenzará a notarse en el último trimestre del año. El ciudadano de a pie es bastante más pesimista. Según esta misma encuesta, la mayoría de los brasileños están convencidos de que la situación económica, el paro y la inflación van a estar bastante peor en los próximos meses.

El mismo expresidente Lula, del mismo partido de Rousseff, el Partido de los Trabajadores (PT), hizo referencia recientemente a la falta absoluta de popularidad del Gobierno. En una reunión con líderes religiosos del país, Lula aseguró, refiriéndose a los índices de aceptación: “Dilma está en el fondo del pozo, el PT por debajo del fondo del pozo y yo, también en el fondo del pozo”. Después acusó a la presidenta de enrocarse en sus dependencias de Brasilia y no salir a la calle a hablar a los brasileños. “Ese gabinete es una desgracia. No hay nadie que salga a dar una buena noticia. El otro día pregunté a la presidenta: ‘Compañera, ¿cuándo fue la última vez que dio una buena noticia al país?’. Y ni se acordaba”.

Es cierto que la popularidad del carismático Lula ha caído. En esa misma encuesta, Lula aparece en segundo lugar en intención de voto, con un 25%, en una hipotética elección presidencial, detrás del candidato conservador Aécio Neves, senador del Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSDB). Aunque también es revelador que si el adversario, en vez de ser Neves, es el actual gobernador de São Paulo, Geraldo Alckmin, también del PSDB, Lula alcanza la primera posición, con un 26%.

Con todo, hay una amenaza que se abate sobre el expresidente, y de rebote sobre la presidenta Rousseff. La última fase de detenciones de la trama de corrupción de Petrobras alcanzó a uno de los empresarios más poderosos del país, Marcelo Odebrecht, presidente de la constructora Odebrecht, la mayor compañía del sector en Brasil y una de las mayores de Latinoamérica. Marcelo Odebrecht, amigo de Lula, está preso, acusado de sobornar a altos cargos de la petrolera para alcanzar contratos para su empresa —o de saberlo—. El expresidente ha viajado con el empresario a muchos países para, utilizando su influencia y sus contactos, abrir mercados a la constructora. La prensa brasileña asegura que con la detención de Odebrecht el cerco en torno a Lula se estrecha. También hay quien apunta que el empresario guarda información reservada capaz de hacer tambalearse a la reputación del expresidente y —de nuevo, de rebote— al Gobierno.

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