martes, 25 de agosto de 2015

El dolor de la familia Abad, el dolor de Colombia

Daniela y Héctor, nieta e hijo del asesinado Héctor Abad. / E. DUPERLY

La figura de Héctor Abad, asesinado por defender los derechos humanos, inspiró un libro, 'El olvido que seremos', y ahora un documental, 'Carta a una sombra'. Su hijo y su nieta han reconstruido la memoria familiar, que es la de un país.

JAVIER LAFUENTE


La sinrazón asesinó al doctor Héctor Abad Gómez el 25 de agosto de 1987. Unos pistoleros segaron la vida de un defensor de los derechos humanos cuyo crimen fue expresarse sin tapujos en una sociedad, aquella colombiana, abominada por el narcotráfico. Los disparos silenciaron a la familia durante años. Su hijo Héctor Abad Faciolince (Medellín, 1958) se zafó de los miedos y escribió en 2006 El olvido que seremos (editado en España por Seix Barral), uno de los homenajes más bellos hacia un padre.

Su traductor al holandés le habló de un director que podría llevar la novela al cine. Con ayuda del colombiano Miguel Salazar iniciaron la grabación de un documental. Llegó el verano y a Medellín regresó Daniela Abad, hija y nieta de los Héctor, de 29 años, estudiante entonces de cine en Barcelona, que comenzó a colaborar con ellos. Pero a aquel director holandés no le interesaba la historia de los Abad, le resulta ajeno. Salazar quiso seguir adelante con el proyecto y lejos de quedarse en el olvido, una palabra ya prohibida en esta familia, Héctor Abad animó a su hija, que soñaba con dirigir una ficción, a adentrarse en el proyecto. Durante un año, ambos escucharon entre Colombia y España centenares de documentos sonoros, repasaron cartas, acudieron a archivos…

El resultado, Carta a una sombra, es una exaltación a la memoria no solo de Héctor Abad Gómez, también de Marta, una de sus hijas, muerta por cáncer en la adolescencia. Un relato que representa a cientos, miles de colombianos, los mismos que salen del cine compungidos, cubiertos por las lágrimas.

Esta mañana de julio, en el apartamento de Héctor Abad en Medellín, Daniela celebra que el documental sobre su aba, como llama al abuelo, ha superado las expectativas. Confía en que algún día pueda llegar a España. La afinidad entre ambos es total. “Una relación muy amorosa”, admite él. Le cuesta disimular el orgullo por su hija. Ella, cuando no devora melón o patacones, se muerde las uñas mientras escucha el lúcido y sincero discurso de su padre.

PREGUNTA. ¿Qué le hace decidirse a participar en la película?

DANIELA ABAD. Esas entrevistas que se grabaron en un primer momento. Oír a mis tías hablar. Sentí cierta responsabilidad de tener que proteger a la familia con una mirada cercana. A veces me parecían muy frías, las escuchaba y no las reconocía.

HÉCTOR ABAD. Para mí fue muy valioso. Miguel estaba con la cámara, como intentando pasar inadvertido, así que siempre conversábamos con Dani, que es pequeñita, inspira ternura, es muy fácil hablar con ella. Mis hermanas, mi mamá y yo nos concentrábamos en ella. Nos ponían trampas muy horribles. Le daban al play y resultaba la voz de mi papá hablándole al niño que yo era, cantándole a mi mamá, la voz de mi hermana enferma preguntándole a mi papá si estaba enferma…

P. ¿Qué han descubierto?

H. A. Lo que yo no sabía es que el recuerdo fuera tan real. Que lo que yo decía de él, sin haber repasado esa vida, solo recordándola, fuese tan parecido a lo que escuché en los casetes, en las conversaciones; las cartas… Que el dolor por la muerte de mi hermana estuviese tan documentado. Es una cosa tremenda. Esos casetes no teníamos dónde oírlos, los guardábamos como fetiches, no nos atrevíamos a tirarlos a la basura porque ponía ‘Canciones Marta Cecilia’, ‘Carta del aba’. Los guardábamos por si algún día podía pasar algo. Y pasó. Dani se estuvo días y noches oyendo y oyendo, sin decir nada.

Esos casetes no teníamos dónde oírlos, los guardábamos como fetiches. Por si un día pasaba algo. Y pasó”

Héctor Abad

D. A. Miguel y yo queríamos ver qué reacciones había, no queríamos la emoción revivida. Por eso no enseñábamos el material antes de grabar.

P. ¿Cuál es el primer recuerdo de su abuelo?

D. A. Quizás una imagen que sale en el documental, una foto suya con un bebé, que soy yo. Conocía esa imagen, pero tú casi no me hablabas del aba.

H. A. Durante muchísimos años yo no hablé de esa tragedia

D. A. Tampoco de Marta, me acuerdo que la primera vez que me hablaste de ella estábamos por el centro de Medellín.

H. A. De ahí mi terror por los lunares, volví a mis hijos hipocondriacos de tanto cuidarlos de posibles enfermedades. También mi terror por las motos, porque los asesinos de mi papá llegaron en moto…

P. Daniela, ¿cuándo es consciente de que a su abuelo lo asesinaron por cómo pensaba?

D. A. Siempre lo supimos, pero para mí fue un poco un dolor heredado. Quizás después de hacer el documental a uno le duele más, porque conozco al personaje más de cerca. La claridad llegó con el libro. Es la verdadera investigación.

H. A. El libro está escrito con la memoria. Ustedes lo han documentado. Yo nunca consulté esos artículos. Describo la escena de cómo lo matan, pero todas esas cosas que se ven no las recuerdo. Yo había visto fotos, pero las imágenes de cuando nosotros estamos con el cadáver, no.

D. A. Eso sí fue muy impresionante. No tanto por el asesinato de mi abuelo sino por el dolor que veía en mi padre y en mi abuela. Hay imágenes demasiado fuertes, como las del cuerpo sin la sábana, que no las quisimos utilizar.

H. A. Esas no las he visto. Ay, no. No las he visto ni quiero verlas

P. El subtítulo de la película es: ‘Cuando el dolor se vuelve dignidad’. ¿Cuánta dignidad hay en un país como Colombia?

H. A. Lo que produjo el libro y produce el documental es que muchas víctimas se sienten representadas. Aquí hay muertos por la guerrilla, gente rica, gente pobre, secuestrados … Hay mucho sentimiento de que nos hicieron algo injusto, doloroso e inaceptable. Pero hemos intentado rehacer la vida y seguir viviendo y luchando por el país.

D. A. El otro día me dieron un dato increíble. 2014 fue el primer año en el que no hubo ninguna muerte por diarrea en Medellín.

H. A. Las diarreas de los niños era una de las obsesiones de mi papá.

D. A. Casi el 100% de las casas ya tiene agua potable. Hay otras cifras horribles, pero algunas buenas. Son 30 años luchando por lo mismo, por ese concepto de salud pública.

P. ¿Cómo es su relación con la violencia?

H. A. Para mí es fundamental. Las tasas de homicidios son un dato que estoy buscando constantemente. Uribe [Álvaro, expresidente y senador] dice que no importa que hayan bajado las tasas de homicidios. Es ridículo. Vale, no ha bajado el número de atracos. Pero lo primero es que no te maten.

D. A. Eso se reduce a una cosa muy tenaz y es que aquí vivimos muy asustados. No podemos sacar el celular porque pensamos que nos van a matar.

H. A. Yo me acuerdo que una vez paseando en Madrid por El Retiro a la manera colombiana, mirando para todos los lados, un hombre me dijo: “Si tienes miedo, no salgas”.

P. ¿Cuándo se quita ese miedo?

H. A. Paulatinamente. Aunque con mis hijos aún lo tengo.

D. A. Hasta que un día tuvimos un problema, porque fui a coger un bus, ¡un bus! y me decía que no lo hiciese.

H. A. Yo siempre pensaba que a mí no me iba a pasar nada, pero que a mis hijos les iba a pasar lo peor.

P. Con El olvido que seremos dijo que quería pasar página; ahora llega esta película. ¿Queda algo más?

H. A. Francamente creo que todo está muy claro. Me gusta mucho que exista esta película aunque lo reviva todo. Añade muchas cosas al libro. El cine es maravilloso. Yo pasé muchos años en silencio, como 15, tratando de no hablar del tema.

Quizás después de hacer el documental a uno le duele más, porque conozco al personaje más de cerca"

Daniela Abad

P. ¿Cómo fueron esos 15 años?

H. A. Yo me eché dos discursos y me amenazaron. Salí volando, primero a España y luego a Italia. Allá me invitaron a actos y dije que no, odio ir de víctima por el mundo. Decidí que me iba a volver italiano, que Colombia era una mierda de país que había matado al hombre más bueno. Pero como quería escribir en español, después de unos años, le dije a la mamá de Dani: “Yo aquí no puedo escribir, no soy capaz de hacerlo en italiano con la misma soltura. Volvamos a Colombia”. Y escribí muchos otros libros, aunque tenía en la cabeza El olvido que seremos. Yo creo que desde que estoy sentado al lado del cadáver de mi papá, estoy seguro que pensaba: “Algún día lo voy a contar”. Esto es mi venganza. Si lo que querían era jodernos del todo… No. Yo, literariamente, pude reemplazar a mi papá. Y siento que Dani también me reemplazará.

P. ¿De qué sirve el recuerdo permanente?

D. A. Hay imágenes que son más fuertes que la escritura. Recalcan no solamente el momento histórico. Carlos Gaviria fue un ejemplo claro de que va a perdurar y que lo hace más valioso.

H. A. Cuando iban a estrenar el documental en Cartagena, llamé a Carlos, que estaba entrando en cuidados intensivos: “Tienes que verla, tienes que verla”, le dije. De ahí ya no salió. Mi papa tenía, y yo lo he inculcado, algo muy español, que es esta sensación de caducidad, de muerte muy próxima. Aquello de Jorge Manrique de “recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte contemplando cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando…” Esa obsesión que es muy de tiempo de peste. Para nosotros la violencia fue una pura peste de que la vida es precaria, de que todo puede acabar en un instante. Esto aplaza el olvido.

P. Llegó a pensar que Colombia era un país de mierda. ¿Qué país es ahora?

H. A. Colombia puede ser eso. Pero Colombia también es el país que produce personas como mi papá y Carlos Gaviria. Es un país que amenazó a Carlos Gaviria y a Alberto Aguirre, las dos personas a las que está dedicado el libro y los dos murieron en la cama. Carlos Gaviria pudo ser magistrado, senador, candidato de la presidencia. Para mí es una sensación de que Colombia está mejor. Mi papá era muy optimista, hasta 10 días antes de que lo mataran, ahí empezó a derrumbarse y a pensar que igual lo podían matar. Yo heredé ese optimismo.

D. A. Yo también soy muy optimista.

H. A. Yo creo que se puede progresar, pero también se puede volver atrás, como es el caso de Venezuela, que va a necesitar 30 años para recuperarse de una utopía que salió mal.

P. El proceso de paz afronta unos meses decisivos. ¿Qué opinan?

H. A. Es un proceso de un país con un callo de dolor más fuerte, más escéptico, creo que eso es bueno. Sabemos que puede fracasar, pero el país no va a derrumbarse. En 1991 los niveles de violencia con la amenaza de Pablo Escobar llegaron a sus máximos. Esos años fueron de un espanto. Si fuimos capaces de recuperarnos de eso…

D. A. Yo nunca fui tan consciente. Tengo algún recuerdo de antes de que nos fuésemos para Italia, con 13 años, de de las bombas, que uno nunca sabía dónde iban a caer. Pero no tengo un recuerdo tan fuerte de qué es vivir en un país tan violento y tan peligroso.

H: Cuando volvías estabas muy protegida. Era inevitable, creábamos una burbuja. No quería que ellos, que ya se habían ido, pensaran que Colombia fuese horrible.

D: De hecho, siempre quisimos volver. Es un país que ha sufrido mucho, pero con muchas cosas por hacer.

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