viernes, 7 de agosto de 2015

La popularidad de la presidenta de Brasil cae al mínimo histórico

Dilma Rousseff, el 6 de agosto. / ERALDO PERES (AP)

El 71% de los brasileños rechaza la gestión de Dilma Rousseff

MARIA MARTIN São Paulo 7 AGO 2015 - 03:59 CEST


La presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, está un paso más cerca del precipicio. La crisis política que amenaza a su Gobierno avanza con rapidez desde que asumió por segunda vez al cargo en enero y ahora, además de maniobrar para neutralizar las estrategias de sus enemigos políticos para impugnar su mandato, tiene que enfrentar la rebeldía de sus propios correligionarios.

La fragilidad del Gobierno de Rousseff quedó expuesta una vez más la madrugada del jueves durante una prolongada sesión del Congreso, tomado por un espíritu de rebelión desde hace meses. Con una apabullante mayoría (445 votos a favor y 16 contra), los diputados, entre ellos miembros del Partido de los Trabajadores (PT) de Rousseff y de la base aliada, votaron a favor del aumento de los salarios de parte de la cúpula de los funcionarios públicos. La medida, si es finalmente aprobada, supone un gasto anual de 2.450 millones de reales (706 millones de dólares), un fuerte revés a la política de austeridad que había anunciado la presidenta, que lidia la mayor retracción económica de los últimos 25 años.

El PT, según Lula, no se curará de las heridas del caso Petrobras, ni con una posible recuperación de la economía liderada por Rousseff

Con esta derrota, Rousseff atestigua la disolución de su base política, sin estrategias conocidas y con el escándalo de Petrobras marcando la agenda pública del país. Hasta el propio expresidente Luiz Inácio Lula da Silva es pesimista. El PT, según Lula, no se curará de las heridas del caso Petrobras ni con una posible recuperación de la economía liderada por Rousseff.

Los socios de la mandataria dieron la espalda a las peticiones —casi de auxilio— de representantes del Gobierno y reforzaron, de nuevo, al principal enemigo de Rousseff: el presidente del Congreso, Eduardo Cunha, del aliado Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), investigado por el escándalo de corrupción de Petrobras.

Rousseff mantiene alto el mentón y afirma que no va a caer

De nada sirvió que el hasta ahora prudente vicepresidente Michel Temer, también del PMDB, abandonase un día antes su discurso moderado y arengase a los diputados por la unificación del país: “No vamos a ignorar que la situación es razonablemente grave. Hay una crisis política ensayándose, hay una crisis económica que necesita abordarse, pero para todo eso se necesita contar con el Congreso Nacional”. Tampoco surtió efecto la estrategia del ministro de la Casa Civil, Aloizio Mercadante, fiel escudero de Rousseff, que reconoció públicamente errores del Gobierno y elogió y pidió apoyo de la oposición.

Rousseff mantiene alto el mentón y afirma que no va a caer. En un anuncio electoral de su partido, en la radio y la televisión nacionales, la presidenta transmitió un mensaje: “Sé soportar presiones y hasta injusticias […] Estoy a vuestro lado. Este es mi camino, lo seguiré”.

La presidenta ha superado los peores índices de desaprobación alcanzados por el expresidente Fernando Collor (1990-1992)

Las protestas con sartenes y utensilios de cocina, acompañadas de insultos y gritos, durante la intervención de Rousseff, son un ejemplo de cómo la actitud desafiante del Congreso también se refleja en las calles. En la última encuesta de popularidad, elaborada por el Instituto Datafolha, la presidenta superó los peores índices de desaprobación alcanzados por el expresidente Fernando Collor (1990-1992), hoy diputado y también investigado por el escándalo de Petrobras, antes de abandonar el cargo por acusaciones de corrupción.

De todos los entrevistados, el 71% calificaron a la presidenta como mala o pésima, es un 6% más que hace poco más de un mes. El día 16 se esperan nuevas manifestaciones en todo el país encabezadas por autodenominados grupos anticorrupción y defensores de la impugnación de la presidenta que ya llevaron cientos de miles de personas a las calles en abril.

El desenlace de esta crisis es incierto, pero Rousseff nunca ha estado tan debilitada políticamente

El desenlace de esta crisis es incierto, pero Rousseff nunca ha estado tan debilitada políticamente. El Tribunal de Cuentas de la Unión investiga irregularidades en las cuentas del último ejercicio del Gobierno, lo que ya es una poderosa arma para los que piden la salida de la presidenta, aunque sea judicialmente cuestionable. El Congreso, liderado por un enfurecido Cunha por la supuesta implicación de la presidenta en el peor caso de corrupción de la historia del país, no va a dar tregua. En la agenda parlamentaria ya hay otras propuestas que pretenden aumentar el gasto público y complicar aún más la administración de la presidenta.

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